A veces me quedo perplejas con estas divorciadas de la modernidad, del ya no tan nuevo milenio. Una amiga que hace unos meses se separó de su marido y recientemente se divorció, está como nueva. Sencillo, ya no lo quería y realmente nunca lo había querido como pareja, la excusa de la gran mayoría de las divorciadas. Lo dejó con casa, muebles y hasta su perro de cuando era soltera, y a duras penas se llevó a su hija de apenas 3 años. Éste, para castigarla, le compró una casa y un carro de un cierto lujo, se comprometió en pagarle una manutención de $4,000 al mes y ocuparse de otros costos, como la escuela privada que ella aspira que su hija atienda hasta que se le terminen los estudios, clases de ballet, de piano, pasajes de viajes y cualquier otro fausto deseo de una madre moderna. Además le ha prometido una niñera hasta que la pequeña cumpla trece años, y compartir la custodia a tres días en su casa y cuatro en casa de ella. En fin, no me queda claro quién dejó a quién. Han pasado seis meses y Sol ahora tiene un novio que es un entrenador mulato tatuado de pies a cabeza, que la visita todas las noches y antes de que amanezca desaparece, para que la pequeña no se entere (eso me parece bien). La trata como una reina, le da lo que ella quiere, que aparentemente es un sexo complicado, no le exige absolutamente nada, no desea casarse ni tener hijos con ella, gesto que milagrosamente Sol agradece porque las madres solteras por lo general buscan padrastro desesperadamente.
Su madre en cambio se opone a la felicidad de su hija. Una felicidad que para ella es por completo incomprendida, pues durante su juventud y en realidad a lo largo de su vida, se ha dedicado a satisfacerse únicamente a sí misma sin el menor titubeo, sin plantearse por un segundo las consecuencias, si ese chico veinte años menor que ella, y hasta menor que sus dos hijos, sea un buen padrastro o una buena persona. O si hablar constantemente de sus hazañas durante los años sesenta y la libertad con la que se desenvolvía en todo momento, incomode a sus hijos cada vez que vuelve a contar esas gastadas historias. Las madres siempre quieren lo mejor para nosotras, una vida superior a la de ellas, el marido perfecto, si es judío mejor aún, a pesar de que ella le llevara la contraria a su familia casándose con un hombre católico. La historia se repite una y otra vez, las madres aprenden de sus errores, entonces nos imponen sus aprendizajes para que no suframos, para que no malgastemos el tiempo con un degenerado, para no ponernos en situaciones embarazosas como tantas veces ellas lo habrán hecho, pues de eso se trata la juventud. Pero no se puede olvidar que esos errores han sido la vida, y cada cual debe vivirla a su modo. La vida de principio a fin es un error constantemente, y después en la memoria uno va justificando, ajustando, editando los diferentes compartimientos y con eso basta, esas son nuestras lecciones, no las que nos imponen nuestras adorables madres, que pueden llegar a empujarnos a tomar decisiones que luego para zafarnos tenemos que cometer un montón de errores, a veces irreparables, y hacer sufrir en el proceso. ¡Oh Dios, lo que me espera con mis hijas!
En lo personal, no creo en el divorcio como primera instancia. Creo en las pruebas que nos impone la rutina, en el desamor como desafío a reconstruir lo perdido. En las ventajas del amor que renace con el tiempo, en la complicidad de los años. Pero si no te gusta tu pareja, ni en la cama ni en la mesa durante la cena, lo mejor es separar bienes de la manera más civil y tratar de elegir mejor la próxima vez, sin nunca olvidar que las que ya tenemos hijos no escogemos primero para nosotras, sino al revés, o como Sol, que prefiere ser una divorciada deseada y sin compromisos a partir de las 10 pm hasta las 6 am.