La lavadora II

noviembre 6th, 2017 § 0 comments § permalink


Seis semanas sin lavadora. Yunieski, el taxista que contrato a veces cuando tengo que dar muchas vueltas por La Habana, se ha enterado que hay lavadoras en una tienda que está al lado de El Bosque, en barrio de Almendares. Nos acercamos y en efecto, hay lavadoras. Me cuesta contener la intensidad de mis emociones e imagino la dicha de poder lavar en casa, suponiendo que el problema del tanque del agua se arregle. Detallo la lavadora en exhibición casi con lujuria, es una Daewoo (creo que coreana), y quedan unas seis o siete. Llamo a Hanoi, mi consejero práctico y emocional aquí en Cuba para consultar la compra e inmediato me da luz verde. Con aires de gran negociante le anuncio al dependiente que me llevo una lavadora. “No tan rápido” —me responde el señor— “hasta que no nos llegue el certificado de propiedad no se pueden vender las lavadoras”. “¿Y cuándo será eso?”, pregunto. “Desde ayer lo estamos esperando,” me replica, “pero no sé para cuándo llegará”.

Quiero llorar de solo pensar en cargar a pie un bulto más de ropa sucia hasta la casa de mi tía y regresar con ese mismo bulto mojado para luego tenderlo en la azotea. Esto me deshace por completo. Mantengo la calma y pienso positivo: “si la lavadora está para mí, mía será”. Le pido el número al señor para llamar antes de regresar en vano. Pasan dos días y por fin tienen el certificado de propiedad. Llamo a Yunieski pero ese día no tiene el carro (porque ni siquiera es su carro). Llamo a un camionero que alguien me recomienda pero necesita veinticuatro horas de antelación y claro, en la tienda no hacen entrega a domicilio. Pasa un día más y por fin viene Yunieski junto con Hanoi y vamos a por la lavadora. Pero claro, ya se han ido todas, excepto la que está en exhibición. La dependiente es una chica joven y se ríe mucho con como trato a la única lavadora restante como si fuese el amor de mi vida.

La otra lavadora que tanto pesar me dio y que nunca sirvió sigue en casa, así que en lugar de una ahora tengo dos lavadoras sin funcionar. Llamo a Walfredo para que me instale la nueva y al amigo que me regaló la rota para que la venga a recoger. Al cabo de los seis días —porque ha tenido un rollo con el juzgado para el cual ha debido prepararse toda la semana— Walfredo aparece con Berta, su novia/asistente de 85 años. Otra vez la misma película: descansan un rato en la sala luego de subir las escaleras, beben agua, café y jugo y de ahí trabajan con una lentitud sorprendente aunque por fin me instalan la nueva lavadora. Sin embargo, el problema del motor de agua sigue igual, así que debo ser cuidadosa y lavar lo menos posible.

Como diría Serrat: “Son aquellas pequeñas cosas”.

Varadero 2017

noviembre 2nd, 2017 § 1 comment § permalink


Las niñas tienen unos días libres y aprovechamos para darnos una escapada a Varadero a la casa de un amigo. Apenas llegamos cae un aguacero de esos que dicen que “se está casando la hija del diablo”. Minutos más tarde pasa el nubarrón y un sol que azota nos recibe con ímpetu. Reviso la lista de “paladares” recomendados y vamos andando desde 3ra y 19 hasta Nona Tina, en 1ra y 38, donde me han asegurado que se come la mejor comida italiana en toda Cuba. Está cerrado, y cuando marco el número nadie responde. Estamos muertas de sed y de hambre. Nos montamos en un Coco taxi que nos cobra demasiado para que nos regrese a donde estábamos pues cerca está Súper Machi y se comen ricos platos criollos por precios súper moderados. En camino la chofer nos confirma que ése también está cerrado: “Todos los restaurantes particulares están cerrados”, agrega. Le pregunto por qué y me responde que desde el paso del huracán Irma los cerraron hasta nuevo aviso o para siempre, no se sabe. Apiadada de nosotras, nos lleva a una casa donde se supone que podemos comer. Para llegar al sitio hay que primero atravesar la casa del frente y luego subir unas escaleras que te llevan a un patiecito con tres mesas. Ha de ser la única “paladar” clandestina en todo aquello y lo mismo hay turistas, choferes de guaguas o vecinos.

Mientras esperamos, detallo mis alrededores. Desde donde estoy sentada se ve el cuarto y la sala. Una viejita está viendo la tele. En la terraza, detrás de la mesa continua a la nuestra cuelgan en una tendedera dos ajustadores y varios pulóveres rotos. A un costado, hay un tanquecito con agua que espero sea hervida y de ahí van sacando en jarras para la que nos tomaremos los comensales. En la mesa más grande hay dos hombres que parecen ir a menudo y han de ser choferes de guaguas turísticas. Las otras tres personas son europeos que no hablan español. Una familia de cubanos espera a que les atiendan, otro grupo de seis personas aparece pero el dueño trata de disuadirlos insistiendo con que ése es un lugar de comida rápida pero ellos le aseguran que comerán con prisa. Un señor se mese en un sillón con un radio pequeño al oído en lo que espera por su “toper” —para llevar comida necesitas traer tu propio envase—. Nos sirven a cada una un plato gigante de moros, una posta de pollo asado, boniato hervido, ensalada de aguacate y jugo de mango. Ni rica ni mala. Por 6 CUCs y un pelo rubio que encontré en mi jugo, nos vamos satisfechas.

De camino al mar pasamos por una tienda a comprar champú y helado. Además, encuentro alcaparras. Cuando estoy pagando que miro hacia un costado y veo incrédula el objeto más buscado en La Habana ahora mismo: papel higiénico. Quedan dos paquetes de cuatro rollos y los compro los dos. Llegamos al mar. Está inquieto, caprichoso. Alquilamos tres tumbonas por 2 CUCs cada una en el único hotel cercano. Nadamos, jugamos, somos muy dichosas en ese instante. El mar tiene un efecto sanador y todos los males reflejados en mi piel en estas últimas semanas reaccionan al toque. “¿Dónde comienza, dónde termina la anchura del océano?” me pregunto mientras veo a mis niñas flotar y las olas se remontan sobre sí mismas. Es todo un infinito, mi amor por ellas, la masa salada que las mece, el cielo que nos acurruca.

Indago más sobre el tema de “las paladares cerradas”. Me explica el señor que lleva la casa donde nos estamos hospedando que es temporal, por causa de las nuevas regulaciones gubernamentales, que al parecer nadie sabe de qué se tratan o cuándo se ejercerán. Luego alguien me comenta que es algo relacionado a las dunas, tampoco entiendo. Así, esa noche terminamos como unas turistas más sentadas en La Be de la M. La comida es pésima y no hay la mitad del menú pero no nos lo dicen hasta que ordenamos. La banda en vivo, en cambio, es regular tirando a buena, para ser un punto tan turístico. Al día siguiente nos tumbamos frente al mar gran parte del día. Hablamos de todo un poco: la escuela, cuán distinto y confianzudos son tanto los profesores como los estudiantes en Cuba, qué vendrá en el “paquete” esta semana, cuándo podremos tener wifi en casa…

Más tarde nos llegamos hasta el policlínico para que me vean un uñero en un dedo. Llevo días con latigazos, echándome cera caliente y yodo. Enseguida me ve la doctora, me da un par de recetas y varias recomendaciones. Cruzo la calle y en la farmacia sólo tienen una de las dos recetas. Pero no deja de sorprenderme lo sencillo y gratuito que es que te vea un médico.

La noche siguiente que ya es la última, vamos en busca de “La vaca rosa” que es una de las únicas “paladares” que se mantiene abiertas, según me entero. Entramos a un mercado en camino a ver si hay papel higiénico y en efecto, hay. No nos queda mucho dinero y sólo puedo comprar tres paquetes: uno para la casa de mi tía, otro para la de mi prima y el tercero para nosotras porque ya tengo los otros dos que compre el día anterior. Pagamos y nos vamos con los rollos en las manos porque no tienen bolsitas. Como estamos más cerca de “La vaca rosa” que de la casa, decidimos ir a comer con el papel higiénico a la vista. Sentadas en el restaurante, ordenamos una ensalada de vegetales que a pesar de que no hay nada en el agro —ni siquiera huevos para hacer el flan— nos sorprende la frescura de las verduras.

Nadie se fija en los rollos de papel higiénicos. Será que ya estamos todos inmunes.