Cuaderno de la cuarentena en La Habana, 02

abril 27th, 2020 § 0 comments § permalink

Una buena y una mala noticia. La mala es que el paquete dejó de hacer sus rutas la semana pasada y nos hemos quedado en blanco. Adiós al binging de series y películas. Los contenidos que ya estaban en el disco duro nos acompañarán hasta nuevo aviso. ¡Maldición!

La buena noticia es que por fin entró el agua. ¡Aleluya! Como si no tuviésemos suficientes situaciones anormales, hemos estado en ascuas varios días porque el motor de la cisterna se dañó y encontrar la pieza y quien lo arreglara fue un dilema lleno de elementos mágicos y engorrosos.

Estamos tensas, como el resto del mundo, a esperas de noticias concretas y alentadoras. Pero no podemos seguir engañándonos, nos queda por lo menos el resto de este año o más, y la pregunta ya no puede ser, ¿cuándo va a acabar esto?, sino ¿cómo proceder?

Entre la pandemia y la lucha básica del diario, nos estamos desesperando. Bastante gente se queja de haberse quedado sin corriente más de una vez esta semana. Algo con el sistema soterrado, cables recalentados, explosión, un accidente de carro; las razones que ha dado la compañía eléctrica no son pocas. El calor que ha hecho también es de armas tomar, y para colmo anuncian unos cuantos ciclones para este verano. Menos no se podía esperar de este 2020. El gancho está en encontrar un balance entre acumular provisiones anticipando que el distanciamiento social pica y se extiende y, no congelar demasiado para que no se malogre la carne durante los apagones. Cuando la amenaza es tan grave, no queda de otra que resignarse y mantenerse presente en el momento, en el hoy.

El hoy mío fue, digamos que el punto bajo de la cuarentena hasta el momento. Si no me infesté con el Covid-19 esta mañana en la cola de La Copa es porque debo ser inmune. Llegué temprano, pedí el último y me acerqué a Agua y Jabón, otra tienda donde también ahí pedí el último porque necesitamos pasta de dientes y champú. El arte de comprar durante estos días consiste en lo siguiente: marcar en varias colas a la vez y cruzar los dedos para que los turnos se sincronicen en un perfecto itinerario. Regresé agitada a La Copa porque desde el agrito de 44 donde había cebolla y unas piñas hermosas, se notaba ajetreo en la cola que por cierto daba la vuelta a la manzana y donde se mantenía un metro de distancia entre las personas. Hasta ese punto mi plan pintaba bien. Cuando anunciaron que iban a dar los tickets con números, la gente en vez de quedarse en el mismo orden que ya habíamos conformado, se aglomeró alrededor del guardia. El guardia se alteró sobremanera y ordenó al tumulto a que regresara a su sitio. Pero ya la gente no guardó la distancia física requerida y unos encima de otros recibimos nuestro número. A mí me tocó el 74.

Ya llevaba dos horas ahí, pero con número en mano el pollo congelado prometía ser horneado y degustado para la cena. Una empleada del mercado salió a explicar lo que había disponible, cuánto tocaba por persona, etc. Son tiempos de guerra, nos anunció, y debemos ser pacientes y pensar en el que tenemos atrás y en los que damos el servicio. Habló casi media hora sobre las vicisitudes que afrontan los trabajadores y todo cuanto decía me parecía razonable. En efecto, son tiempos de guerra, qué horror. De golpe me bajó el azúcar y como no había sitio abierto para comprar un refresco, le regalé mi ticket dorado al hombre que tenía delante para que al menos él pudiera comprar más pollo y papel higiénico que el que le tocaba, asumiendo que había suficiente para abastecer al menos hasta el número 74. Me fui a casa derrotada, con las manos vacías.

Por suerte existe otro punto de encuentro aquí en La Habana que es esencial: WhatsApp. Ahí pertenezco a más de veinte grupos informativos sobre las nuevas medidas y las de toda la vida, qué hay y dónde. Y puedes encontrar desde fresas salvajes y comida a domicilio, hasta colchones y butifarras. Havanamix, K hay en tiendas, Ultra-Copy 17 y L, Ropita chula, son algunos. Los mensajes a veces son para reírse o para llorar. ¿Alguien ha visto culeros para la primera etapa? / Hay Carne de res y queso de cabra en 98 y 5ta, no hay cola / En 3ra y 12 Miramar, detergente y agua / Hoy sacaron carne de puerco en 46 y 29 a 60 pesos la libra, cola kilométrica / Papel sanitario y café en la Panamericana de 12 y 25 / Tanqueta de yogur en 5ta y 43 pero un millón de gente / ¿Alguien ha visto mantequilla o detergente de fregar? / Necesito hígado para mi perrita / ¿Me pueden decir dónde encontrar cerveza barata?

En la licorería de Dos Gardenias a veces hay cerveza, pero esas sí que son las peores colas según me explica la dependiente que además la pobre tiene un uñero infestado y le palpita desde el dedo gordo hasta la rodilla. Sube el pie a una silla que tiene enfrente (destinada a marcar distanciamiento) y no me puedo escapar de ver lo feo que lo tiene. La compadezco, una vez tuve algo parecido, y juro que eso y un dolor de muela es todo uno. Se desahoga detallando la cantidad y lo que es peor, el tipo de personas que compran cerveza. De cada cinco, uno es irrespetuoso y hasta le han gritado. Y yo que pensaba que el trago por excelencia era el ron, qué va, el ron está solo y muerto de risa en todos los anaqueles de la ciudad.

Cuento mis bendiciones; las más básicas ya son muchas. La familia y los amigos, estamos todos vivitos y coleando. Cada atardecer en La Habana es un regalo. Ya casi tengo perfeccionada la receta del arroz con leche de mi bisabuela. El rey mango y la reina aguacate están a punto de hacernos muy felices. De alguna manera se siente más seguro estar aquí ahora mismo que en cualquier otro lugar. Los que te quieren se preocupan y te brindan de lo poco que tienen porque esta sociedad vive en el presente. Y si hay una sola cosa que tenemos ahora mismo y es lo único real y valioso, es el presente.

*POLLO UPDATED: Hace un ratico un amigo me dejó una caja al lado de la escalera con cositas muy ricas incluyendo un pollito entero y una nota que lee: ¿Quién dice que hoy no vas a comer pollo?

Cuaderno de la cuarentena en La Habana, 01

abril 11th, 2020 § 2 comments § permalink

Al final T, K y yo nos quedamos en La Habana a pasar la cuarentena. Cuarentena indefinida. Son tiempos extraordinarios, de total confusión, de gran conexión emocional, en especial con el Yo. Ese Yo esencial que se esconde en las entrañas y pasa la mayor parte de su existencia en automático, es ahora mismo el protagonista de esta historia. Se cuestiona en plural qué hacemos aquí, cómo vamos a salir de estas, cuál es la lección, el mensaje del universo. Tal vez una mejor pregunta sería, ¿cómo llegamos aquí?

Amigos en distintos puntos geográficos se han infectado con el virus, aunque por suerte parecen recuperarse. Estamos en un punto en el que se habla un mismo idioma, y todos compartimos prioridades y preocupaciones, y a eso hay que sacarle partido, creo. Me imagino a la madre naturaleza, como buena madre cuando ya está hasta la coronilla y tiene que castigar a sus cachorros en contra de su voluntad, pero qué va, es demasiado el desparpajo, castigados todos. Llegó el momento de reflexionar, de tomar responsabilidad, de ver este momento como una oportunidad de crecimiento y de contemplación. Si de algo podemos aprender es de la contemplación, como mismo se comportan las plantas y los animales. Porque cuando esto termine, o se convierta en otra cosa, quiero imaginar que también algo en mí se ha transformado.

Los días pasan sin orden alguno. Mis hijas intentan cumplir con los deberes escolares, aunque el calor y la falta de guía o de internet no ayudan. Nadie tiene la verdad, nadie sabe lo que va a pasar, ni cuándo, ni en qué etapa realmente estamos. Nadie tiene claro si seguiremos confinados unas semanas más o unos meses, o para siempre. Mucho se habla de cuando regresemos a la normalidad. ¿Pero qué es exactamente la normalidad? El otro día leí que el virus es tan potente que incluso hablando a un metro uno se puede contagiar. O que cuando aplaudimos a la hora del cañonazo para demostrarle respeto a los médicos, enfermeras, paqueteros, y a cualquiera que a diario se arriesga a brindarnos servicio, el virus viaja de piso en piso. Que dura activo en superficies como el metal tres días, o diecisiete leí en otro informe, y que hasta las suelas de los zapatos hay que desinfectarlas con cloro porque tal parece que el contén de las calles está también cundido de la plaga. Las medidas que se deben tomar son extremas, por si acaso.

La Habana me sorprende. Las calles están vacías. Y casi todo el que sale de casa mantiene distancia y usa el nasobuco. Supongo que ayuda que en la mesa redonda el conductor y los panelistas lo usan. Me parece una buena iniciativa para promover el distanciamiento social.

He salido poco. Una semana antes de que se anunciara la cuarentena, en cuanto cobré mi cheque me metí en 3ra y 70 (que por cierto, ya lo cerraron junto con todos los mercados grandes) y compré cuanto pude. La gente, distraída por la cola del pollo perdió delantera con las pastas y los frijoles que ahora mismo no se encuentran en ningún lugar, tampoco el pollo. Hace meses que en Cuba el tema del pollo es sensible. El cubano siempre está harto de comer pollo, pero nada más desaparece y entramos en crisis. Las pocas veces que he salido en estos días ha sido en vano. Si bien la mayoría de la gente mantiene su distancia, los anaqueles están vacíos.

La solidaridad de los vecinos no me sorprende, pero me recuerda que el cubano es especial en ese sentido. En mi edificio y en el de al lado conozco los pormenores de cada familia. Y ellos los míos. Detalle no del todo atractivo, pero conveniente y necesario en estos tiempos donde una comunidad unida es lo único que nos puede salvar. Sé que mis hijas y yo no estamos solas y que, en el peor de los casos, vamos a resolver de alguna manera porque si algo tiene el cubano es que en tiempos de crisis nos sabemos unir sin entrar en estado de pánico.

La vecina del segundo piso, presidente del CDR, es espectacular. Me ha regalado papas dos veces porque yo no tengo libreta de abastecimiento así que perdí mi chance cuando llegaron a la bodega hace unos días. El que no ha vivido en Cuba desconoce que aquí las papas son el caviar de la gastronomía local. A cambio le regalé un cartón de jugo de mango para su mamá y dos pescados congelados porque sé que no hay pollo ni hay nada. En una cadena interminable, me trajo croquetas y unos nasobucos cosidos por ella misma. Con la vecina de arriba y la de enfrente intercambié lechugas, limones, pan y también nos regalaron nasobucos. Esta es nuestra nueva realidad, abrir la puerta de la casa con una máscara, listas para el combate.

Casi a diario pasan por casa unas estudiantes de medicina. Nos preguntan cuántos somos, si tenemos síntomas, cuántas veces salimos de casa, etc. Ayer por la mañana ofrecieron unas gotas homeopáticas para ayudar a fortalecer el sistema inmunológico a aquellos que sufren de alergia o son mayores de 60 años. Más tarde en la mesa redonda anunciaron que van a repartir para toda la población. Ahora mismo nada está de más.

Mi amor se encuentra lejos, y aunque la distancia es casi insoportable, también nos ha tomado por sorpresa un redescubrimiento excesivamente romántico. Pero mi vida está aquí, y también mi realidad que seguramente ha de ser menos tétrica que muchas otras realidades. Hoy de hecho conseguimos dos cartones de huevos. Estamos bien. Y en Canarias floreció por primera vez la orquídea de Darwin. Esa es la normalidad a la que aspiro volver.