Cocinando y dando

julio 27th, 2009 § 0 comments

Un buen flan une más que la goma de pegar más potente. Y uno piensa, cómo es que cuatro huevos, un tilín de vainilla, unas lechitas y un poco de azúcar puedan convertirse en algo tan delicioso. Desde aquella tarde que serví flan por primera vez a los vecinos de aquí de Merrymount, en la casa del lago, he notado que la gente se ha sumado, porque la comida tiene ese poder de unificar tanto a extraños como a conocidos que se hacían pasar por extraños. Después vinieron los mojitos, los frijoles negros, la pastica de jamón y queso, las croqueticas, las masitas de puerco, por lo menos diez flanes más, los sonidos del son y, poquito a poco toda esta gente que considera que los cubanos somos exóticos y que mediante la comida logramos romper el hielo, han retomado los antiguos hábitos de sus antepasados de festejar en grupo todos los días de la semana en estos meses de verano que vienen a disfrutar del lago y sus rusticas cabañas.

De pequeña me frustraba cada vez que escuchaba a las mujeres decir: en la cocina mando yo. Un dicho que indicaba que las mujeres teníamos poco que aportar fuera de ese recinto, y que me mantuvo alejada varios años por fobia a ser ése el único lugar que podía aclamar como mío. Pero como diría un queridísimo amigo: todos los hombres saben que en la cocina no sólo sino también mandan las mujeres, y el que no lo sepa es porque no ha vivido con una. Además, ya a mis años no me interesa clamar mucho, pero una vocación tan hermosa y tan simbólica como es la gastronomía no se le puede dar la espalda por un complejo insano, y llegó un momento en que me agoté de abortar los deseos de entregarme a la faena de los cuchillos y las calderas.

Mi placer en la cocina no se desarrolló hasta que nacieron mis hijas. Primero fue con el pecho. Las miraba ahí pegadas como sanguijuelas que succionaban sin descanso a penas para cambiar de derecha a izquierda, y sin otro propósito más que aliviar el deseo de succionar. Y pensaba fascinada, mientras sostenía esos cuerpecitos delicados, todo esto lo hice yo, primero desde mi barriga y luego con mis mamas, cada onza y cada centímetro me lo habían chupado. Cuando fueron creciendo fui introduciendo alimentos que yo misma les preparaba de acuerdo a las instrucciones de otras madres más expertas: frutas y verduras cocinadas al vapor para que no perdieran sus nutrientes, cereales y más adelante proteínas de carnes y productos lácteos. Casi todo hecho en mi cocina, para ellas, mis reinas. De repente esclavizarme frente a una meseta tomó otro sentido para mí, evolucionando en un orgullo y estado idóneo que hasta entonces había rechazado rotundamente.

Las escalas se fueron agrandando y las recetas complicando. A partir de ese momento me di cuenta que preparar la comida se había convertido en un acto de múltiples funciones. Servir un plato aromático de algo que minutos antes habían sido simples objetos sin destinos y luego de que unos vegetales crudos, tres dientes de ajo, media cebolla, dos cucharadas de aceite de oliva y un trozo de carne con sal aún sangrienta pasaran por mi cocina, consiguiera que alguien salivara con los resultados y se nutriera como es debido, era como ver un mago actuar. Por eso en ocasiones me quejo, pero no resisto estar lejos de mi cocina mucho tiempo porque allí, bajo el hechizo de mis ocurrencias, la gente se une y se solidariza, las barrigas se llenan, el cuerpo se contenta y el vino corre sin hostigarnos demasiado.

Las mujeres que entendemos la cocina y los misterios que allí se almacenan, que optamos por movernos entre la tabla de cortar y la hornilla, sabemos que hemos sido premiada y que tenemos una cierta ventaja a la hora de repartir placer. Con los años he descubierto que cocinar es un don, una gracia que compensa la falta de todos los otros dones que carezco. Después de miles de platillos, algunos suculentos y otros no tanto, elaborados desde el principio y sin la ayuda de falsos y procesados ingredientes, he asumido mi papel de cocinera sin complejo alguno. Secretamente tengo mis reglas claro, para no sentirme abusada. Por ejemplo, normalmente cocino menos en vez de más. Esto parecerá injusto y malintencionado, pero no es lo mismo picar un sofrito para cuatro que para diez, y para mí es importante que ellos a quienes alimento con tanta dedicación lo tengan claro. Estoy convencida que esa mezquindad contribuye a que mi comida sea más apreciada por la falta que por el exceso y aunque parezca extraño mi familia depende menos de la cocinera, creo. Aunque alguna vez escuché a un familiar decir detrás de mis espaldas que en mi casa se comía bien pero siempre se quedaba con hambre. Por otro lado, siempre dejo que sean otros los que frieguen y bajo ningún concepto participo en las funciones de la cocina luego de servir, aunque a la mañana o a la semana siguiente se derrumbe una pirámide de platos sucios, ya que para mí cocinar es dar placer, pero ocuparse de todos los quehaceres de la cocina es como ser el único jugador en un partido de pelota.

Comer en soledad es perfectamente aguantable y a veces apetecible si la compañía nos es insoportable, pero rodeados de esa camaradería que se produce en una mesa llena de olores de uno de los más grandes placeres es el deleite en su máximo exponente. Las semanas que permanecí aquí en el lago nos reuníamos con los vecinos para comer y beber a menudo. Algunas de las casas habían ya perdido el contacto en los últimos años y apenas se saludaban si se encontraban durante algún paseo por el bosque, mientras pescaban o cuando se soleaban en el muelle, pero con las tandas de comelatas las familias se unieron y se conocieron un poco más. Y siempre llego a la misma conclusión, que los seres humanos somos de cierta forma iguales en todos lados del mundo, y que para pasar unos momentos amenos basta con un buen plato de comida.

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