A Case of a Growing Vagina

abril 15th, 2015 § 0 comments § permalink

Screen Shot

“Las flores son un mal negocio, te duran un día y hay que agradecerlas un mes”

abril 10th, 2014 § 0 comments § permalink

Heroes And Sinners

Magia potente

enero 23rd, 2013 § 3 comments § permalink

La otra noche V. se animó a ir a ver una demostración de la danza, sus técnicas y en especial las coreografías atemporales de la escuela del gran José Limón que ofrecían en el Americas Society. Fuera de su trabajo y la visita mensual que le hace a su madre, V. rara vez sale de casa. Desde pequeña quiso ser bailarina, dejar que su cuerpo cediera a las señales de los movimientos que enviaba su cerebro de manera intuitiva, y que aún hoy, ya toda una mujer, sigue considerando fundamentales para su bienestar. Su padre no permitió que asistiera a la escuela de ballet. A pesar de que poseía aptitudes sobresalientes para el baile y la habían aceptado, consideraba que era una carrera o más bien una forma de vida inadecuada; el toqueteo constante por parte de los hombres era su argumento principal.

Al cumplir los 30 años se decidió a tomar clases en un estudio de ballet clásico, aunque sin ninguna intención de saldar cuentas con aquella inquietud de antaño, tan solo se dejó llevar por un intento fallido que aludía a aquello del dicho: nunca es tarde. Se compró las zapatillas indicadas, la talla más estrecha de la tabla, para ser exacta. La dependiente, maravillada, le aseguró que nunca en sus años de vendedora de accesorios de danza había conocido a alguien con pies tan delgados, y mira que había vendido zapatillas de ballet, agregó. En efecto, sus pies son menudos y por lo general los zapatos le bailan. Además, son planos y con el empeine alto en desproporción. Por consiguiente, le molesta casi cualquier tipo de calzado y suele padecer de dolores si ha tenido un día ajetreado. Curiosamente, algo similar le comentó una empleada de Victoria’s Secret hace algún tiempo cuando le tomó las medidas del busto explicándole lo improbable de la dimensión (en dado caso) exuberante según su peso y altura, aunque las fotos lo desmientan. Era una buena noticia, naturalmente, casi ninguna mujer que no se ha aumentado los senos tiene la suerte de utilizar un sostén que mida 32C, aunque sean tetas que han amamantado a varios niños y a un puñado de hombres.

Volviendo al tema de los pies, V. comenzó a tomar clases de ballet en aquel momento, aunque obstáculos fue con lo que se tropezó, y un alto nivel de frustración tanto en lo personal como aquel manifestado por la instructora. Demasiadas normas y restricciones, por no hablar de la disciplina que se exigía aún cuando la clase era para principiantes y que ella fracasaba sin un mínimo de moderación. Demasiado francés, demasiado tarde, supuso entonces. Para V. el baile era algo que le venía natural cuando se encontraba a solas, pero frente a un público su talento se desvanecía por completo.

La danza, de cualquier estilo, clásica, moderna, contemporánea, había sido y seguía siendo para ella el puente que unía las matemáticas y las emociones. De hecho, consideraba desde niña que la danza era la matemática  de las artes. Es increíble lo que le sucede al cuerpo de una bailarina, uno los reconoce de inmediato, se decía mientras se cepillaba los dientes y luego se pasaba el hilo dental intentando no fijar la vista en un nuevo grano que se le estaba formando en la misma punta de la nariz. La elegancia, la delicadeza, la postura, la seguridad de poder transmitir las alegrías, las penas, los temores, el desasosiego, la desavenencia, los conflictos humanos más profundos, es el secreto más guardado que V. atesora y su arma invencible para combatir con lo predecible que suelen ser sus días. Su cuerpo desarrollando un argumento o a veces sencillamente llevando a cabo demostraciones impresionistas mediante gestos es y había sido para V. de una pureza incomparable que le proporcionaba una suerte de escape, una manera de ser libre, absolutamente libre. Un lenguaje que habría de ser el más antiguo y legítimo del resto, la magia desplazada a través de un organismo en función de un sentimiento tan abstracto que de otra forma sería imposible exteriorizar.

Esa noche V. había llegado a casa inspirada, con ganas de crear alguna coreografía. Luego de las muestras que vio en la presentación, deseó fundirse en el baile, tallar o más bien esculpir el espacio diminuto que es ahora su casa. Como la masa que es y el grueso que lo compone, fue sacando y moldeando, puliendo con gestos y movimientos, fue obrando sobre el material invisible y formando una escultura, una pieza movible que trasportaba de un lugar a otro los estados de ánimos más intensos y extraordinarios al cual su cuerpo podía someterse de la manera más natural y sutil. La tristeza suele provocar ese comportamiento en V., el malhumor también, y el vino, ni hablar. Necesita, en principio, padecer de algún estado tóxico o melancólico, que al exorcizarlo se convierte en una especie de felicidad impetuosa y rara para quien no conoce esa faceta suya que hasta a ella misma le asombra cada vez que la usurpa.

Es lo suficiente talentosa. Es decir, posee facultades inexplicables para el baile, aunque nadie lo sabe, porque en efecto, nadie la ha visto bailar de ese modo y con semejante capacidad. Pero sí que puede, y ella lo sabe, le consta que hace de su danza una exposición noble de ritmos equilibrados cuyo resultado es un testimonio inmaculado, como una instalación en constate movimiento que va relatando un suceso imprescindible cada vez que gira. Cuando V. baila, se suspende en el aire; sus intrincados pasos y majestuosos saltos son de gran fuerza y resistencia. El cabriole, el échappé sauté, el entrechat son altos y lentos, es decir, mágicos. ¡Ay, verla bailar es un regalo de los dioses! Como toda bailarina, cuando ejerce está en busca de algo, esa constante exploración que va formando al compás de un ritmo se vuelven anécdotas, países, continentes, mientras sus brazos delgados y piernas fibrosas se extienden, se aflojan y se contraen en el espacio marcado.

V. respira profundo y deja que sus músculos se relajen en lo que espera a que el mundo se desprenda de ella. Hace sonar las mazurcas de Chopin y cae en un trance hasta la madrugada. La energía, la euforia que se impone es tal que le parece estar en un escenario frente a un público inmenso. Incorpora en su danza una rumbita y hasta unos pasos de chachachá, imaginando seguir las técnicas innovadoras de José Limón. Le habría encantado ser una de sus estudiantes. Isadora Duncan, por ejemplo, sin la afinidad por el comunismo, las tragedias personales o su horrible muerte, naturalmente, aunque elegante, sin duda. Esa sí que era una bailarina de primera, con un final de primera también.

En la danza V. encuentra una definición del silencio como en ningún otro ejercicio. Lo que sucede a su alrededor cuando es poseída es algo maravilloso. Cada gesto que va componiendo una coreografía es como el texto de una página que le va dando estructura, forma y volumen a un libro, a veces predecible y a veces experimental, pero siempre con una narración detrás que es tan real como imposible. V. esconde esa pasión y sólo la comparte con sí misma. Pero sí, en efecto, V., la simple contadora de una pequeña firma, que pocas veces se le ha escuchado hablar es además una bailarina aficionada, aunque bien podría ser una profesional de alguna compañía de baile importante.

V. se mira al espejo para estudiar ese cuerpo que va dejando el legado de su propia vida en escena sin saber cómo o por qué, guiada por el deseo habitual y sin ninguna esperanza de reconocimiento más que su propia necesidad de corresponderse y de entregarse a una misión que es vital únicamente en su mundo. Y claro, termina por reventar con sus delicadas yemitas ese grano impostor.

Por Grettel J. Singer

De Camagüey a New Hampshire

enero 9th, 2013 § 2 comments § permalink

Durante mi vida de casada pasaba los veranos en New Hampshire, a la altura del lago Winnipesaukee, en un bosque a dos horas y media de la ciudad de Boston. Cada vez que se me presentaba la oportunidad de escapar de Miami durante el mes de julio, lo hacía sin dudar con tal de permanecer lo menos posible dentro del infierno en esos meses de sauna obligatoria al aire libre. Ya los últimos días antes de partir me parecía que no iba a poder resistir el vapor y el solazo que castiga a la ciudad y sus habitantes durante esta época. Luego me iba lejos y esos días nublados y lluviosos, de vientos huracanados me obligaban a extrañar, como de costumbre, aquel sol que había dejado atrás.  Allí la vida transcurre con la misma timidez con que crecen los pinos que cubren gran parte del paisaje. Los días se desplazan de un modo suave y se apodera de mí una tranquilidad especial, con rachas recurrentes de estados placenteros, casi felices. Pero los placeres los fui descubriendo a buchitos y más bien en los últimos años. El frío húmedo, el agua dulce y la mera posibilidad de la presencia de un oso negro y hambriento cuando menos me lo imagino, no es precisamente mi idea de unas vacaciones de verano.

La casa, que es una especie de cabaña y ya cumplió los cien años, está situada justo frente al lago, en una comunidad de más o menos diez casas que han pertenecido a las mismas diez familias por más de ochenta años. El patio de la casa es un bosque que sólo en libros imaginé posible, y no me habría sorprendido toparme con algún duende refunfuñón recogiendo semillas por los senderos en los cuales paseo a menudo.

En algún momento decidí tomarle fotos a los diversos tipos de hongos que crecen alrededor de la casa y no miento si digo que descubrí por lo menos veinticinco y hasta encontré, lo que para mí parecía increíble, una familia con el sombrero rojo y ampollas en blanco como sacados de un cuento de hadas. En agosto el bosque se inunda de muchas otras variedades. Aprendí a querer ese lugar y esa casa modesta, anticuada e incómoda que fue primero de la familia de los abuelos del padre de mis hijas, ahora de su madre, en un futuro cercano será suya y más adelante pasará a nuestras hijas. Esa ha sido la intención del proyecto, construir una pequeña comunidad que conecte las generaciones de varias familias de manera indefinida por los siglos de los siglos. Es un plan ambicioso, pero debo reconocer que me habría gustado tener un tatarabuelo con ideas igual de fijas con respecto a la trayectoria de una familia.

Me siento incapaz de creer en ese tipo de empresas, me cuesta ima­ginar esa tradición familiar que en mi país natal ya se ha perdido por completo. Allí domina la urgencia cotidiana de subsistir de la manera más básica y se están perdiendo los valores más básicos de una familia y sus antepasados. No siempre fue así, cuando yo era una niña recuerdo que también me movía en una tradición parecida y durante una parte del verano nos mudábamos al campo, a la casa de mis bisabuelos que quedaba en Punta San Juan, Camagüey. Allí mi bisabuelo era el adminis­trador de una granja y había elegido un caballo que durante mi estadía era mi caballo, y durante el año escolar yo le escribía al animal cartas prometiéndole nuevas aventuras para nuestro próximo encuentro, cartas que mi bisabuelo le leía y luego me contestaba religiosamente.

En ese lugar mágico corríamos en el campo, jugábamos con los cerdos, apabullábamos a las gallinas y a los conejos, ordeñábamos las vacas, torturábamos ranas, bueno, yo sólo espiaba resignada entre las rendijas de los dedos de mis manos. Cuando llegaba el gran día de asar el puerco o desnucar una gallina, todos nos levantábamos a las cinco de la mañana para la gran ocasión que nos aguardaba. Mi bisabuela, que era el retrato de un ángel, hacía en su cocina almidón de yuca rallada para planchar. También hacía el pan, la mantequilla, el queso crema, las comidas y los postres más deliciosos que he probado. Cuidaba de su jardín, las horta­lizas del huerto, las flores. Sabía de múltiples tipos de tejidos, horneaba, le daba de comer a los animales. Sus labores no conocían fin, y los meses del año que pasaba en La Habana, se quejaba constantemente de no poder atenderlos.

Íbamos a caballo al pueblo más cercano, Punta Alegre, a buscar los mandados o a hacer alguna visita, pues éramos de la gran ciudad y de cierta forma los vecinos de mis parientes se maravillaban al vernos como si fuéramos extranjeros o seres del más allá, como mismo se maravillaba la gente de New Hampshire al conocer por primera vez una cubana (me consideraban una mujer exótica, y esperaban de mí algún arrebato de cha cha chá cada vez que me movía de un lugar a otro).

Recuerdo con inmensa dicha esas semanas de mi infancia en que hacía­mos la gran travesía para llegar a la casa de mis bisabuelos. Guaguas, más guaguas, trenes, carricoches, mareos, vómitos y una incomodidad incom­parable con lo que suele ser el viaje a la casa del lago. Luego mis bisabue­los venían a pasar el resto del verano en nuestra casa en La Habana, cerca del mar, y mi bisabuela nos contaba anécdotas de su alocada juventud y nos mimaba con riquísimos merenguitos, raspaduras y melcochas, mientras se quejaba de los dolores de la artritis durante aquellas tardes calientes de agosto. Mi bisabuelo, en cambio, contaba los días para regre­sar a su casa y a sus costumbres. Todo eso se ha perdido: los caballos, los puercos, la leche, la crema, las casitas de campo, mis bisabuelos… Las familias cubanas están regadas por el mundo, y esas casas de verano se encuentran en New Hampshire y en otros lugares muy lejos de nuestra tierra. Y ahora mis olores son los de las mantas de lana, la leña que arde en las chimeneas, bolas de naftalina, perros calientes y mazorcas de maíz a la barbacoa, en vez del olor de los cañaverales, el melao de los centrales azucareros vecinos, la hierba fresca, los excrementos de los corrales y establos, las especias y los chicharrones de puerco.

Al amparo de la nocturnidad, en vez de una guitarra guajira nos acompañaba un ukelele, o como le diría mi hija menor cuando era más pequeña, yucalady. No puedo menos que pensar en tantas noches que pasé en aquel otro campo camagüeyano, y que ahora no puedo ofrecer a mis hijas porque gran parte de los hechos, los elementos y los lugares que tejen mi tradición se han perdido de manera irrecuperable, convertidos en melancólicos testimonios que nadie sabe si podrán pasar de generación en generación.

Este cuento, publicado en Revista Conexos, pertenece al libro Mujerongas.

A propósito de las fiestas y el consumismo

diciembre 12th, 2012 § 1 comment § permalink

Durante la época de los Reyes Magos, a principio de enero, el mercado cobraba vida y se convertía en una especie de juguetería, aunque claro con ciertas restricciones. Los días previos a esas fiestas eran los más esperados y angustiosos para un niño en todo el año. Dos semanas antes todos los niños del barrio elegían en un sorteo un trozo de papel con un número entre el uno y el seis; no sin antes hacer una cola infinita, porque La Habana era sin duda la ciudad de las colas. Si en el sorteo de Reyes a un niño le tocaba el número uno, se había sacado el premio gordo o algo parecido. Eso quería decir que el primer día que abrían la juguetería podía ir a elegir sus juguetes que eran sólo tres por niño: un básico, un no básico y un dirigido (es decir uno malo y dos peores). Si le salía el dos iría a escoger juguetes el segundo día, cuando la oferta ya había mermado. Y así sucesivamente.

Durante los años que vivió bajo ese sistema, el mejor número que le tocó fue el tres. A su hermano Julio el dos. Ese año Ofelia le advirtió a Julio que podía elegir sólo dos juguetes y exigió que el tercero (por supuesto no básico) le tocaría a Amalia, a quien ese año le había tocado el número cinco. Gracias a ese intercambio Amalia consiguió un juego de tacitas de lata, todo una belleza.

Era un sistema aparentemente justo y organizado, que en el caso de Amalia no funcionaba porque jamás le tocó ir a comprar el primer día. Sólo ese día y en el turno de la mañana, era cuando se encontraban los mejores juguetes: las muñecas más lindas (si es que habían llegado muñecas), las bicicletas, las coquetas, etc. Ya al segundo día no quedaba nada que diera la misma ilusión; y el resto tocaba elegir una pelota de goma en dos colores y una suiza para saltar o un juego de yaquis. Después hasta el año entrante. Era algo devastador porque además de sacar el mejor número, también había que hacer cola, otra diferente, y esta comenzaba días antes de la apertura de la tienda. Era común encontrarse dos y hasta tres colas bifurcadas bajo aquel sol devastador. El número uno no garantizaba mucho tampoco; había, además, que ser el primero en la cola de la mañana si se quería, por ejemplo, conseguir una bicicleta.

Amalia no se quejaba, siempre tuvo juguetes y muñecas, muchas heredadas, casi siempre calvas o mancas o tuertas. Se sentía privilegiada porque algunas de sus amigas no tenían tantos juguetes como ella y su hermano Julio. Lo que nunca logró tener y siempre anheló fue un cochecito para pasear sus muñecas por la cuadra. Se moría por uno. A veces se inventaba algo parecido a un coche con una caja de cartón que su padre había tirado en el depósito, y le ataba una soga y lo arrastraba por el barrio con alguna muñeca dentro; y era feliz e infeliz al mismo tiempo, porque con tal de llenar esa satisfacción se ponía en una situación embarazosa, aunque nadie más que ella veía la situación tan tétrica como en realidad era. De niña el único cochecito de muñecas real que pudo ver fue el que unas vecina se habían traído del extranjero: no las dejaban sacarlo a la calle para que no se les estropeara, y sólo lo había visto de lejos.

De todos modos de niña no sufría demasiado por esas carencias. Recordaba su niñez como una época feliz, y a pesar de su padre, de sus modales pedantes y sus crisis de furia y malhumor, pese a las necesidades que luego hasta le causaban risa, no fue una época mala del todo. Eran más los recuerdos lindos que tenía de aquellos tiempos, o tal vez prefería bloquear los incidentes indecorosos o transformar los negativos en positivos, sólo para protegerse.

Por Grettel J. Singer
Fragmento de Tempestades solares, novela inédita

Imagen de Sally Mann

A propósito de Sandy

diciembre 9th, 2012 § 8 comments § permalink

Te trasladas a Nueva York a principios del verano. De este horrible y desafiante verano del 2012, rectificas. Un nuevo comienzo, un makeover, por decirlo así, o un reencuentro con el destino, ¿por qué no? Apenas llegas a Manhattan debes regresar a Miami de repente para ver a tu padre, que ha estado muy mal y empeora cada vez más. El cáncer es así, la única enfermedad superior a los celos. Vas a verlo varias veces, le aguantas la mano, sus dedos se entrelazan, se agarran a los tuyos cada vez que procuras alejarte de la cama. Te despides —lentamente— del hombre convaleciente y ni siquiera lo sabes. Las despedidas nunca son lo que serán luego.

De vuelta a esta ciudad, en la cual aún tienes maletas y cajas a medio abrir, regadas, imponiendo el desorden y el caos de quien no está ni aquí ni allá, tal y como te sientes por dentro, desubicada. También lentamente, en interminables episodios propios de culebrón mexicano, pierdes a un amigo, que pensabas era, además,  “ese” gran amor, tal vez ahora el peor de los amores, a decir verdad, a la altura del cáncer y de los celos, de las mentiras excepcionales e innecesarias. Como todas las mentiras, supones. Mujeres lindas y no tan lindas, o más bien las que te producen celos y envidia y desconsuelo, que son más o menos todas. Te desarma que alguien ocupe tu lugar, aunque sepas que no tiene que ver con ellas sino contigo, con la pérdida de lo que ingenuamente imaginabas que era esencial y por tanto único. Lo que creías el valor supremo de una conexión real, intensa, auténtica entre dos personas opuestas amarradas de golpe por un giro del destino. Y ahora sólo te queda contemplar ese concepto reducido a una falsedad absoluta e irremediable. Y si fuera sólo eso. Es también aquello que configura todo lo demás: la premeditación de otros es una fatalidad que contradice la constante espontaneidad en la que vives. Te enfadas. Ya a estas alturas el amor no debería ser un padecimiento sino un complemento. Oh, well!

Fallece tu padre de pronto, aunque del modo más predecible. Acompañado por el dolor, escoltado, además, por el mal de los males que es la certeza de una muerte segura. La noche firme se asentaba y tú asistías a un concierto de Beethoven en el Youth Center del bajo Manhattan, el que queda frente al Whole Foods de la calle Chambers que luego se ha inundado —a propósito de Sandy— y ha quedado destruido, como todo lo que está a punto de ocurrir en esta historia. Apenas la mañana anterior habías visto a tu padre antes de irte al aeropuerto, y aunque se había levantado distinto, pensaste, jamás se te ocurrió que sería la última vez.

A tu lado, tus hijas escuchan la música con atención y disfrutan los instrumentos. Dos violines, una viola y un violonchelo, especifica la mayor. Entre un movimiento y el otro, uno de los músicos relata anécdotas de la infancia de Beethoven, la lucha y las calamidades que le tocó afrontar, y sobre su talento, persistente y singular, que tú amas y amaste esa noche atosigada por la nostalgia y la confusión. Tus hijas te cuestionan, extrañadas por esas brutalidades de las que se ha hablado durante el concierto en su presencia y que tú esclareces en un breve susurro repitiendo lo que ha dicho el músico: que en efecto, el origen de la sordera del niño tuvo lugar a partir de una paliza que le dio su padre, aunque a ti te parecía que se debía a una otosclerosis. Haces una nota mental para investigarlo más tarde. Entretanto, lees los textos que está enviando tu madre en ese momento, en los que dice que tu padre no pasará de esa semana, cuando en realidad no pasará de ese lunes. Observas a las personas a tu alrededor, en su mayoría familias con niños pequeños y sí, algo malcriados, al estilo neoyorquino, en el que un niño jamás se puede estar quieto bajo ninguna circunstancia por más de cinco minutos. Pero eso no lo piensas en ese momento, al contrario, te quedas estupefacta y reflexionas sobre lo perfecto que es el ambiente justo entonces, mientras recibes la información acerca del grave estado de tu padre, y nada a tu alrededor parece tan grave como lo que te sucede en ese instante, aunque sabes que la muerte está presente ahora y siempre, en cualquier rincón. El mundo exterior es en ese sentido engañoso: ves a las personas, sus rostros anunciando algo que no tiene nada que ver con el contenido real y lo que se anticipa a tu vista o a tus sentidos es un mero reflejo de algo muy distante de la realidad. Hablando de conflictos…

Marcas el número del padre de tus hijas, que también se ha mudado a la Gran Manzana y lleva varias semanas en tu departamento hasta que resuelva el suyo, y con quien por fortuna mantienes una relación extraordinaria. Necesitas del apoyo de alguien que no haga tantas preguntas y que sepa cómo ayudar mediante códigos previamente establecidos, alentar con audacia sin ser desmedido, que se ocupe de las niñas para que puedas hacer llamadas a tu madre, a la aerolínea. Debes pensar con claridad lo que vas a hacer en las próximas 24 horas mientras caminas de vuelta a casa. Los dejas cenando y corres inapetente: a hacer tus maletas, a comprar un pasaje. La enfermera te ha asegurado por teléfono que tu padre durará de tres días a una semana, pero tú insistes en estar ahí lo antes posible, lo presientes. El último vuelo de la noche ya ha despegado, y más o menos a esa misma hora él también levanta vuelo tras vomitar un líquido oscuro.

Sangras un poco, de amor, de rabia, de alguna enfermedad que está a punto de manifestarse. Pasas días en Miami, días largos que no parecen concluir ni abarcar nada en particular. En casa de tu madre las atrapa una “leve” tempestad que las deja sin luz el día entero. Las cenizas que pesan tanto o más que un recién nacido te recuerdan lo insólito que ha sido ese día y los anteriores. La caja que las contiene es negra, rectangular y sencilla. Es la mejor caja en muchos sentidos, la adecuada para viajar, les asegura el encargado de la oficina de los servicios de cremación de Cremations of America; vaya nombre que sugiere una fiesta más que otra cosa. En caso de que ella se decida a llevarlas a Cuba, que es donde estima que tu padre debe descansar en paz, esa es la caja ideal según la reglamentación de los aeropuertos; sin embargo se siente mezquina por no haber elegido una más elegante y costosa. Ella, tu madre, habla de lo que hará con las pertenencias del difunto; huele su ropa, toca sus zapatos, llora en silencio y luego solloza y te hace llorar a ti también. Miras la caja e intentas imaginar un cuerpo allí dentro y ni en el envase más fino logras insertarlo. Buscan un sitio adecuado para colocar las cenizas: en el mueble del televisor, en el closet, en la ventana, en la sala…, concluyendo que no hay un lugar lo suficiente especial para él, ni es adorno para exhibir ni trasto que hay que esconder, y cada circunstancia resulta nueva para ustedes.

*

Viajas en la cabina de primera clase y bebes una amplia variedad de cócteles con tu compañero de asiento, un desconocido que atraviesa pérdidas similares y como tú se abandona al alivio del alcohol y la charla irrelevante sobre el caos de la aerolínea en el aeropuerto de Miami, que les ha gestionado la suerte de estar allí en primera clase y sobre todo, estar allí, a pesar de que Sandy comienza a acercarse. Necesitas ver a tus hijas lo antes posible; por ese motivo adelantaste tu vuelo la mañana anterior y has tenido suerte porque ese de las 4PM ha sido el último, los demás se cancelaron. De vuelta en Nueva York, con tremendo “Cuban State of Mind”, por la falta de electricidad, te encoges de hombros. Apenas aterrizas en La Guardia te enteras de que no puedes volver a tu edificio por causa de la evacuación obligatoria de la zona. Te reúnes con las niñas y se dirigen a casa de una amiga, un lugar pequeño, diseñado para una sola persona, cuando mucho. Ahí comienza una especie de peregrinaje urbano ya que en tu edificio se ha estropeado el sistema eléctrico y no tienen idea de cuándo los inquilinos podrán retornar a sus hogares; además la gasolina del garaje del edificio vecino se ha infiltrado en el sótano haciendo de tu hogar un lugar “inhabitable”. Los rumores te asustan, podrían ser tres o cuatro meses… es decir, el próximo año.

Deseas llevar luto. Analizas lo que es un luto tradicional, el color y el estado de ánimo, e incluso eso parece un lujo. A pesar de lo que dicen de ti, realmente no eres una gitana. Nada más reconfortante que la cotidianidad serena que organiza tus días y que durante este desastre se ha disuelto por completo. Empacas y se mudan de nuevo a casa de otra amiga unos días y más adelante a la de un amigo. Lloras por algún motivo, o todos. Tus hijas se comportan lo mejor posible, también están rebasadas.

Son las 11:11 de la mañana. Últimamente has descubierto que ese número es persistente y que a menudo cuando miras el reloj es lo que apuntan las manecillas sea AM o PM. En la nueva casa de tu ex, tu más reciente traslado temporal, desde la que fue tu cama matrimonial, miras exasperada tu edifico oscuro y abandonado al otro lado de la calle West. Piensas lo raro que todavía se siente que él sea tu ex después de llevar separados casi tres años y medio, por no hablar del otro ex, el más reciente. Es inevitable llegar a esa ridícula conclusión que adoptas cuando no encuentras la lógica: ¿cuál es el propósito de las uniones si van a terminar en separaciones? Hoy has recibido un correo electrónico en el que prometen que la electricidad está a punto de volver al edificio. Ya ha pasado más de un mes y sin embargo la noticia te produce un estado de pánico. Mientras todo estaba mal era más fácil. Oír a la gente quejarse de situaciones menos complicadas que las tuyas te confortaba, te daba una medida de lo básico y elemental de tus propias necesidades. Y ahí sigue tu edificio, la ventana de tu casa, la única ventana en todo ese espacio, frente al edificio del padre de tus hijas. Detrás de ella hay algo de lo que es tuyo, o por lo menos lo que te gusta, y se despierta el miedo otra vez, debatiéndose entre la suerte y la duda.

Admites las ventajas que has descubierto al verte perdida, husmeando en lo que es fundamental, en la carencia absoluta de aquello que llamabas hogar. Cobras la ligereza de los verdaderos propósitos, más allá de la comodidad y la seguridad ideológica o emocional que te sostiene desde hace algún tiempo. Vuelves a valerte por ti misma y la suerte no es más que un atributo inoportuno e inclemente que se aprovecha de ciertas debilidades que de otra forma permanecerían ocultas. Acechas la ciudad y su ritmo, tu edificio —que sigue pareciendo un fantasma—, y te empeñas en recordar el paseo por la rampa helicoidal del Guggenheim, y su presencia que ya no era la misma, apenas el halo de un ser extraño, muerto para ti, aunque no del todo, como tu padre. Tiene que existir alguna analogía entre esas dos pérdidas, entre todas las pérdidas, de hecho. Él entonces se zafó de tu brazo y se fue a curiosear a una de las galerías que se desvían de un pasillo del museo. Se alejó, como es habitual, y eran las 11:11, como es habitual también. Te recostaste sobre el muro cilíndrico de uno de los niveles, el más alto, crees recordar ahora. Precisabas detallar lo que te sucedía por dentro, que tenía mucho que ver con lo que sucedía por fuera. La gente era como un relleno. Es lo malo de ver el panorama desde arriba, una especie de maqueta en la que se repite una y otra persona, acción y emoción, y recuerdas por la enésima vez que lo más importante, lo indispensable podría acabarse allí mismo en ese instante, sobre esa maqueta que representa la espiral en la que estás metida, aunque más perfecta imposible, al menos desde el punto de vista visual y arquitectónico.

La cola para comprar las entradas se consume y se vuelve a formar. Las mujeres entran y salen del baño, los hombres acuden con menos frecuencia. Un niño corre hacia su madre y otro se aleja con picardía. Una pareja se besa y otra discute; también aparece en escena la pareja que ha dejado de ser pareja hace ya varios años. Las viejitas se sostienen de sus bastones y los jóvenes hablan demasiado alto, el típico artista frustrado comenta su punto de vista entre un cuadro y el otro, los asiáticos toman fotos con enormes lentes, y muchas otras personas lo hacen con sus teléfonos, para colgarlas en Facebook, Twitter, Pinterest, Instagram y cualquier otro medio posible, indagando en la prioridad del día cuando hay tanta gente en la ciudad que aún está viviendo en refugios. En cierta medida, es la única manera de seguir, junto a las condiciones precarias ha de coexistir ese otro universo paralelo que no se detiene ante la desgracia o en este caso, esa magnífica exposición de Picasso que tanto te ha hecho pensar en lo egoísta que es el hombre, en especial él, y el propio Picasso, a pesar de su impresionante obra y de lo poco que sabes de su vida. Prosigues con tu Armagedón interno, mientras él mantiene la farsa y permanece metido en un cuarto, con la cabeza en otro lugar y cuando regresa, con sus típicos planes turbios y dañinos, sabes que es hora de renunciar de una buena vez.

*

Has comenzado a nadar 5 y hasta 6 veces por semana, 850 yardas por día. Has encontrado que nadar es una manera de olvidar, de arrastrar el agua hasta un punto infinito, mental. Piensas en las yardas que se acumulan cada día, no son tantas, pero al menos estás siendo consistente. Las imaginas como un material más tangible que el agua, como una especie de tela, que es exactamente la referencia que te da la palabra “yarda”. Esta tela es una exquisitez, no existe en ningún otro lugar y aunque existiese, nadie sabría manejarla excepto tú. Se extiende con increíble flexibilidad y en apenas dos semanas de nado acumularías suficiente para cubrir el camino desde esa piscina hasta la puerta del Guggenheim. De hecho, con el agua de esas yardas podrías cubrir la ciudad entera en menos de un mes si continúas siendo disciplinada con la natación. La imagen que se te presenta es hermosa y sofisticada, el propio Christo sucumbiría a los ingenios de esa instalación espectacular, si fuera factible. Te empeñas en crear un mundo que no está al alcance de tus dominios, y eso está bien, mientras haya belleza hay esperanza; uf, detestas esa última palabra, te recuerda a algún líder indecoroso. Pero esperanza es lo que necesitas ahora mismo, y es incierta, ya se sabía, pero también lo ha sido el mundo desde el comienzo y nada lo ha detenido. Entonces regresas a tu casa, a tu hogar y le das una limpieza profunda con bastante cascarilla, alistas a tus hijas y las dejas en el colegio, cocinas, bailas, te mimas, te hablas y te recomiendas a ti misma tenerte paciencia, te tumbas en la cama y haces un buen ejercicio de llanto, sin rabieta ni ira, un ejercicio simple en el que te desprendes del malestar acumulado de los últimos meses, y todo vuelve a caer en su lugar: lo bueno con lo malo, lo lindo con lo feo, y encuentras de nuevo un equilibrio estimulante que te llena de fuerza e ilusión.

Por Grettel J. Singer

El hombre y el miedo

abril 29th, 2012 § 8 comments § permalink

Le preparas un café y se lo llevas a la cama. Te tumbas a su lado y le pasas la mano por la espalda, le das un suave masaje próximo a los riñones, donde insiste el filo de una punzada clavada desde hace ya meses. Lo mimas, le demuestras un camión del sosiego que tanto le urge a ese hombre marchito, a punto de expirar, que ha sido a veces un ser mezquino pero también tu padre. Dejas que te hable de todo lo que le falta, ni siquiera se le ocurre enumerar lo que le gustaría tener, sino lo que ya nunca más tendrá. Perder a veces es más necesario que ganar. Y tú ahí, tan llena de vida, de planes, de amor. Pero qué descompensada te sientes, qué tristeza tan profunda ver la derrota definitiva de un ser humano, la suya en particular, porque aunque con desfachatez e irremediable desquicie, ha sido la pura encarnación de la vitalidad, la plenitud, la pasión y la devoción, y a causa de esas inclinaciones, aunque afligida, le guardas respeto.

Su piel verdosa y reseca se deja comer por heridas y grietas. Le untas aceite de almendra y con las yemas de tus dedos das pequeños toques mientras diseminas la grasa, casi la estiras como una piel líquida e invisible que cubrirá la otra tan maltratada. Más bien son casi caricias, ya hoy en día cualquier acercamiento es doloroso. Le peinas el cabello, que no es mucho y lo que queda está estropeado, requemado por la cantidad de terapias y tratamientos químicos, venenosos, a los que milagrosamente ha sobrevivido durante todos estos años sin el menor esfuerzo, convirtiéndose en un caso para ser estudiado, aseguran los médicos. Es lo único que se atreven a asegurar en esta etapa final.

Nada de lo que digas o pienses podría interesarle, importarle o al menos motivarlo, que es a fin de cuentas tu propósito. Él se ha convertido en una especie de válvula de escape: salida sin entrada. Suelta códigos y quejidos. Aborrece tu intelecto intacto y sólo le interesa recibir tu energía y tu serenidad, aunque se te escapa la nostalgia, que no puedes evitar y que es como un mecanismo para no enloquecer, para poder seguir sirviendo de muleta que acompaña a un moribundo hasta el borde del abismo que cada vez está más cerca. ¿Y qué harás cuando le tengas que dar frente?

Lleva en las malas casi una década y en las últimas un par de años, pero ahora definitivamente se encuentra en las últimas-últimas. El dolor agudo cuando es ajeno sólo se puede comprender mediante la compasión, y aun así es una compresión que se constata a ciegas, calculada a través de un sentimiento fuera de nuestro alcance y de nuestra realidad, pero cuyas normas nos han pasado de generación en generación como herramienta que nos permite ofrecer atención y cuidados a quien perece lentamente de una enfermedad tan brutal. No existen las referencias sino una especie de misericordia que reúne y ubica con una cierta prioridad aquellos elementos innatos de supervivencia con los cuales podemos contar para no desplomarnos del todo en vista de la adversidad que se aproxima… y, cuando él te mira con esos ojos llenos de miedo.

Los días se resumen de una forma muy parecida. Llenas la botella de agua del tiempo —la fría le quema la lengua y el cielo de la boca—, cuelas un café, preparas una taza de leche con chocolate, calientas una sopa que seguramente dejará a medias. El aseo personal, las citas médicas, los tratamientos casi inútiles, los traslados de un lugar de la casa al otro, la lucha perenne con los olores. Ya la cocina ha dejado de cumplir funciones, y más bien los alimentos se preparan y se cuecen en una hornilla ubicada en el patio lejos de las puertas y las ventanas para controlar los malditos olores, los que en otro momento lo hacían salivar, porque además de enfermo también ha sido un goloso y un gozador.

Siempre pensaste que los finales estaban llenos de intervalos fundamentales, de conversaciones decisivas, de despedidas inolvidables, pero en fin, has comprobado que los finales son abruptos e inconsistentes, y por naturaleza imperfectos. Deberías aclarar las cuentas, cuadrar la caja. Supones que ese es el consejo de quien no cuadró su caja o de quien nunca ha atravesado una situación similar. ¿Qué podrías decirle a un hombre que cada bocanada de aire que intenta aspirar es como un azote? Lo sensato es escuchar, asimilar su desdicha con resignación ya que él no lo consigue.

Te mira con detenimiento y titubea sobre un asunto. Hay cosas que debe decirte, aunque no sean las que tú quieres oír o las que necesites saber. Abre los ojos casi en un estado de demencia y habla en términos de meses y de semanas; a más no se atreve, ya los años han dejado de contar, de ser relevantes en su vida. Las observaciones y reflexiones de los enfermos terminales son muy parecidas a las de los niños, inspiradas en fantasías y en lo imposible, descartando el factor más importante: el tiempo, que va y viene como una suerte de viento caprichoso.

Lo invade nuevamente una fatiga y descansa unos minutos. Luego te explica cómo ocuparte de algunos asuntos referentes a tu madre. Quisieras, si pudieras, llevarle la contraria, aclararle que lo que no se hizo en vida ya no vale la pena gestionarlo en medio de apuros, que el momento para resolverlos fue otro. Tal vez algunas cosas se podrían aclarar, solventar, pero a él sólo le preocupan las que no tienen solución, las que de hecho se necesita una vida entera para reparar. Maldita arbitrariedad. Te desgarra su cobardía y al mismo tiempo sabes que no tendrías la fuerza que desde tus adentros le exiges a él para obrar de otra forma si estuvieses en su lugar. El miedo ahora es un monstruo gigante, es como un demonio que se ha apoderado de él por dentro y por fuera.

Enojo es lo que te sobra estando ahí. Teniendo en cuenta que él es el moribundo, intentas controlarte. Lo conoces y sabes que ahora, precisamente en el último instante prefiere tomar un atajo, poner orden, arreglar en un segundo las décadas que han transcurrido y que para ti han sido como una eternidad. No se trata de un gavetero desordenado que con desmontarlo y volver a montarlo las piezas caen en su lugar sin el más mínimo reparo a la última vez que abriste esa gaveta. Juzgarlo de esta manera te abochorna. ¿Te atreverías a ser honesta y enfrentarlo, a desviar sus ideas enloquecidas hoy mismo y a llamar cada cosa por su nombre ahora que lo tienes frente a ti? Permaneces absorta en la paciencia y especialmente en el momento. Lo que más te irrita es la forma en que te trata, como si fueras una extraña o una compañera de trabajo, y nada de lo que diga podría afectarte, pero te afecta, porque aquella preocupación del desenlace que está a punto de ocurrirle a tu madre, también te ocurrirá a ti. Tú, al igual que ella, estás a punto de perderlo, y él continúa ignorando el efecto de esta pérdida, como tantas otras cosas a través de tu vida.

Es demasiado, tu cuerpo no sabe qué hacer, aguantas un poco más. Se te llenan los ojos de lágrimas y las enjugas discretamente. También el sudor que te corre por la sien y el cuello. Allí en su habitación hay mucho calor, pero él siente frío; es comprensible.

Mientes y vuelves a mentir. ¿Qué sentido tiene llevarle la contraria? Sonríes con ternura, enderezas el cuello de ese pijama que lleva algún tiempo siendo su más preciada indumentaria, y desvías el tema de conversación a uno no menos desagradable pero en todo caso más habitual. De vuelta a los quejidos, a las anécdotas de otros enfermos en peores condiciones que la suya, al círculo vicioso de un dolor tras otro, la falta de aire, los escalofríos, las fatigas y los decaimientos, la inapetencia, y sobre todo, la impotencia, el malestar en cada zona de su cuerpo, el tormento en la cabeza, el desafío de cada mañana y cada día que debe enfrentar lleno de dolencias, porque por más insólito que parezca ése es el tema que a él más lo consuela, y de esa misión nadie puede librarte.

Reflexiones cotidianas I

abril 24th, 2012 § 7 comments § permalink

Día de Jury Duty. En otras ocasiones me he encontrado embarazada o de viaje, pero esta vez no me quedó más remedio que presentarme para cumplir con las obligaciones que se me exigen como ciudadana de este país que me ha acogido con cariño, como dicen por ahí. El sistema está diseñado con un orden impecable, y cientos de personas se amontonan a esperar a que les toque su turno sin saber cuándo los llamarán o si los llamarán siquiera. Es nuestro deber, ya lo sé, pero estando ahí uno percibe muchas ironías de esta vida, y de lo intangible que suele ser la libertad absoluta, puro alarde. Presumo que algunos en el salón, como yo, han ido con intenciones de fallar, de desacreditar ante un juez su propia inteligencia y coherencia, y en cambio hemos ensayando en casa opiniones tontas y personales que colocarán el caso en una situación comprometida. Como resultado, es probable que nos manden a casa lo antes posible y tal vez hasta nos tachen de esa la lista para siempre.

Entro a una habitación que está acomodada para la gente que desea trabajar o conectarse a la internet, aunque la señal es bastante lenta y desaparece de manera súbita e intempestiva. Cada cual está en lo suyo y hay un silencio que me reconforta, en medio de esa sala helada y rodeada de concreto tan indeseable cuando el día está tan hermoso allá afuera. Me pongo a corregir el manuscrito por la milésima vez, aunque con frecuencia miro en derredor y suelo distraerme confabulando a través de observaciones nimias. De hecho, son pocas las distracciones y ése parece un sitio ideal para reparar mis erratas, o errores, porque en realidad son grandes y algunos llegan a ser irreparables. Un hombre ya mayor entra y se sienta en mi mesa y comienza a conversar por teléfono con una amiga, al parecer. Se concretan varios asuntos, en su mayoría personales. Me irrito ya que he perdido toda concentración y ahora me interesa más la vida del extraño y su interlocutora que el trabajo retrasado que me dispongo a terminar antes de que acabe la semana, o el mes, o el año, quién sabe a estas alturas. Un sonido aislado es casi peor que el vocerío unánime de un grupo de personas, como he podido comprobar una y mil veces.

El señor cuelga e inmediatamente comienza a marcar otro número. Una muchacha sentada en otra mesa lo interrumpe y le pide que salga al otro salón más amplio donde aguarda el resto de las personas que no necesitan conectarse o trabajar en silencio y disfrutan de la película que pasan en los televisores, y desde donde se puede hablar por teléfono todo lo que se desee. Otros apoyan a la muchacha que exige discreción. El señor sale indignado con su teléfono en mano y busca por todas partes el cartel que supuestamente indica que en ése cuarto no está permitido hacer llamadas. Minutos más tarde vuelve a entrar con cara de ingenuo y nos aclara que no sólo el cartel no existe, sino que afuera no se puede hablar porque es imposible escuchar por encima del cotilleo espantoso de la gente y la risotada impredecible de Sandra Bullock en The Proposal. Alguien le explica que para nosotros es imposible trabajar por esos mismos motivos que él acaba de exponer. Éste, más indignado aún, se da la vuelta y tira la puerta resuelto a no volver, y no vuelve. La mayoría de la gente es así, indiferente al mundo y sus regulaciones cuando de su comodidad se trata.

Me levanto y abandono mis cosas personales brevemente confiándoselas al señor sentado en la mesa de al lado y con quien he tenido un fugaz intercambio de palabras acerca del maleducado e imprudente que nos concierne a todos aquellos que presenciamos su malcriadez, que si no fuera por los demás, a mí hasta me habría resultado graciosa.

Me dirijo a la pequeña cafetería y pido un cortadito. Tenía ganas de beber un café americano, bien aguadito, pero teniendo en cuenta lo oscuro que se ve y cuán obvio es que lleva un buen rato requemándose, decido aventurarme. La dependiente que se encuentra entretenida mirando algún programa matutino en el televisor pequeñísimo que está en la esquina izquierda del mostrador, me pide que espere a que salga la otra señora del baño, la que sabe hacer el cortadito. Debo estar equivocada pero hasta yo que nunca antes había visto la máquina podría preparar un cortadito sin lugar a dudas. Cuando por fin la señora sale del baño, al cabo de un rato considerable, me distrae una sospecha inmediata porque no todo el mundo se lava las manos antes de abandonar el cuarto de aseo, pero me parece que la mujer es haitiana, y siempre he pensado que los haitianos son gente limpia y de fiar en la cocina. Apenas su compañera le informa sobre mi pedido, se las lava, eso sí, en muy pocos segundos, ni siquiera ha hecho espuma el jabón. Enseguida agarra un jarrito lleno de café y comienza a prepararme el cortadito. Le pido con un tono amable aunque impaciente que vuelva a colar otro jarrito, sin embargo insiste y me confirma algo enardecida que ese que tiene es fresco, acabadito de colar, como si le acabara de pedir que obrara un milagro sobre la cafetera. Insisto, y con mala cara la haitiana cuela de nuevo. Pienso en aclararle que el café hecho luego de veinte minutos se oxida, y además, no sabe igual, pero no se lo digo, con pensarlo basta. Sirve el cortadito de mala gana en una taza frágil, casi de papel, al parecer. Aun así tiene mala pinta porque sé que la leche que usó no es la primera vez que la calienta, ni es la mejor leche. Cuando lo pruebo, sabe raro, a detergente o algún producto parecido; $1.35 en la basura.

Regreso al mismo salón muerta de frío. ¿Por qué siento tanto frío? Llevo puesto mi abrigo de lana que compré en Umbría hace unos años. Es un abrigo que abriga, pero en estas oficinas pareciera estar desnuda, mientras que hay mujeres desabrigadas, y hasta con sandalias, y el termostato indicando 60 grados no parece molestarles en lo más mínimo. Detesto el frío interior al cual uno está normalmente sometido en esta ciudad el año entero.

Me puse a conversar bajito con otro hombre que se sentó en mi mesa reemplazando al del teléfono. Poco a poco fueron llamando a todos y a media mañana ya apenas quedábamos él y yo. Un ingeniero colombiano que vive de sus ideas. Soy un inventor, me asegura con dotes de excelencia. ¿Qué es un inventor?, pregunto intrigada, con la imagen de Robert Fulton o Graham Bell divagada en mi cabeza. Alguien que ejecuta sus ideas, que las realiza, las materializa. Claro, eso lo sabía, pero por alguna razón escucharlo es refrescante, especialmente si en efecto, tengo frente a mí a un inventor. Me cuenta sobre algunas de sus creaciones, realmente es ingenioso el hombre. Ha creado un calzado femenino que se dobla por la mitad para ahorrar espacio y además el talón adquiere altura según los gustos. La parte de la suela es flexible y el tacón se puede colocar en tres posiciones diferentes, desde lo plano hasta unas cinco pulgadas. Me parece innecesario, la verdad, y sospecho que la mayoría de las mujeres preferimos tener tres tipos de zapatos con tres tipos de tacones, en vez de invertir tanto dinero en un solo par, porque además, la gracia vale por tres pares de zapatos, como mínimo. Sin embargo, no revelo mi opinión y por el contrario, estimo su voluntad.

Como buen inventor, de mujeres sabe poco. En cambio, le comento mis ideas, los inventos que yo he soñado efectuar antes de morir. Por ejemplo, una máquina de hacer cosquillas que reemplace la mano humana, y que se le pueda cambiar las herramientas a diferentes velocidades, tactos y temperaturas. El diseño sería parecido a los equipos que utilizan en el dentista, con silla incluida. También le hablo de la máquina del tiempo que tengo pensada, para movernos de un lado a otro con más rapidez y menos costo desde nuestra propia casa. Ahí no he sido nada creativa y la cabina que he imaginado sería muy parecida a la de un ascensor, pero es cierto que la fabricación de dicho aparato presenta problemas más que grandes, digamos, en el contexto de nuestra realidad, y se nota en la cara del inventor. Hablo, además, de un lugar idílico para tomar siestas a cualquier hora del día, lleno de literas y sonidos de delfines, situado en Lincoln Road, en el que uno pueda pagar por descansar unos minutos o un par de horas a lo máximo. También le comento sobre una píldora especial que todavía no existe, la del mal de amores, como una especie de Xanax para apasionados en recuperación. Ah, eso sí sería un invento, nos haríamos millonarios, exclama el inventor siguiéndome la corriente. ¿Por qué ha de existir una pastilla para absolutamente todo en esta vida y cuando de desdichas amorosas se trata persiste el mismo modo a la antigua? Tiempo es lo único que nos cura, es cierto, y no la duración normal, no, es un tiempo especial, más duradero que cualquier otro tiempo. Porque en efecto, las horas son larguísimas en esos estados emocionales. ¿Por qué ya no se ha inventado un químico que apacigüe esas calamidades, que borre las referencias y los olores de nuestro disco duro? Porque el amor es como la muerte, un misterio, concluye el inventor, sin mucho ánimo para respaldar mi proyecto emocional ante lo irremediable y descorazonado que resulta ese asunto.

A ninguno de los dos nos llaman, ni antes ni después del almuerzo, que no ha sido corto y no sólo hemos bebido más de la cuenta, sino que hemos llegado con retraso a la corte para el turno de la tarde. Nos despedimos como dos grandes amigos y no nos volvemos a ver, luego de habernos pasado lucubrando casi ocho horas, y de intercambiar señas personales e ideas maravillosas.

Sorpresusto

octubre 12th, 2009 § 0 comments § permalink

Hace un par de mañanas se me hizo casi imposible salir de casa. De esos días que a uno todo se le desliza de las manos, los problemas se potencian entre sí, se extravía la llave del carro y se derrama el café recién colado en un vestido blanco de hilo que me priva y sobre los huevos que acababa de freír, mientras el inodoro está tupido y las frazadas para limpiar el agua desaparecieron. Llovía a cántaros, me tropecé con una mesa que me tronchó las pistolas, y eran apenas las 7:30am y ya llevaba horas despierta. ¡Maldición!

Eso me pasa por no irme a la cama más temprano la noche anterior.

Cada vez que me levanto con el moño virado y el mundo conspira desde tan temprano, temo a la condición maléfica que el resto del día me pueda deparar. Y siempre me urge comprender cómo esa cadena de sucesos insólitos e inexplicables se trenzará con las horas de mi larga jornada que con certeza estará abastecida de infortunio tras infortunio.

Decidí salir a trotar. Hacía días que no ejercitaba los músculos y sin dudas me hacía mucha falta. Ya había despachado a mis hijas en sus respectivos colegios y había cesado la lluvia. Así que con Ipod en mano y media dormida aún, abrí la puerta de la casa cuando para mi sorpresa y gran susto tenía delante un suntuoso dragón negro que me miraba seria y profundamente, con hambre tal vez. Quedé muy impactada por esa visita inesperada, realmente inesperada.

Un dragón negro, inmenso, con la panza violeta, las orejas y los ojos azul tornasolado, los faroles de la nariz dilatados, y hasta pueda que haya reconocido humo y alas moverse en mi dirección. La boca amarilla abierta a todo dar, la lengua larga y abultada y los dientes negros y afiladitos. A pesar de la escena tétrica no quedaba claro si sus intenciones eran bondadosas o malvadas. Era uno de esos dragones que su presencia te confunden y lo mismo pueden comerte de un bocado como convertirse en la mascota que te mima con privilegios y te pasea sobre su lomo de ciudad en ciudad, te rescata de las torres embrujadas y quema por ti a cualquiera que te eche una miradita un pelo menos que circunspecta.

Por su puesto, era un dragón buenazo y relleno de algodón. Pero por momentos lo dudé y hasta pensé que me iba a desayunar. Como que olvidé que los dragones no existían, al menos en este mundillo mío. Así era de grandote y severo, y prepotente también. Además, no sería la primera vez que veo una cosa que en realidad es otra. Total, a veces me pregunto si lo que entra en escena es realmente lo que hay, ¿pero para qué ponerse a metafisiquear a estas altura?…

Ya por la tarde, con peluche en mano y todas las otras bolsas que yacían cerca del umbral de la puerta de mi casa desde la noche anterior, decidí acercarme a la tienda del refugio a ayudar a reorganizar el desmadre que no hemos logrado superar gracias a las generosas donaciones recibidas durante estas semanas. Sí, el portal de mi casa es como un altar público que recauda y agradece las sobras de los demás. Porque en realidad nada es exactamente lo que es, y lo que para una persona se ha convertido en basura, se vuelve útil y necesario para otra. Es que eso del reciclaje es genial.

Sacar al dragón de casa no fue empresa fácil. En cuanto mis hijas lo vieron propusieron adoptarlo, pero una debe seguir los buenos caminos de la ética y la moral, y el dragón estaba destinado a encontrar el futuro que alguien planificó para él. Fue una pena porque realmente le habíamos tomado cariño.

La cuestión es la siguiente. Me llevé el dragón para la tienda y como había anticipado se vendió inmediatamente. Lo otro que pasó inmediatamente fue que mi suerte cambió, ni para bien ni para mal, sólo que a veces me parece que hay días que a uno no le queda de otra que estar atento en todo momento observando el entrono y aprendiendo a aceptarlo. Nada, de esas cosas incrédulas que suceden en fila y por orden y uno como testigo no se puede escapar.

El dragón se fue contento, con una chica que lo estaba buscando. Así, tal cual, entró a la tienda y cuando lo vio nos dijo que llevaba meses buscando a ese mismo dragón. Luego una señora entró a comprar algo que se encontraba entre las cosas que su hija había donado semanas atrás, pero que no debió donarlo porque se trataba de una reliquia que había pertenecido a sus antepasados. Reliquia que yo sostenía en mis manos en ese preciso instante pensando algo parecido y tratando de adivinar el precio correcto para ponerla a la venta.

Varios otros sucesos más o menos anormales acontecieron durante las horas que prosiguieron. Pero para no aburrir mejor voy directo a los más inusuales. Tres arco iris desplayados en el cielo como si se tratara de la cosa más normal del mundo. Luego leo que se pueden producir hasta trece arco iris de una vez, pero casi imposible ver más de dos a simple vista. Un árbol cayó en la autopista con raíz y todo, sin la ayuda de un viento ni otras fuerzas, al parecer. El carro que tenía delante se quedó atónito con la caída inesperada y no respondió a los bocinazos del carro que yo tenía atrás. Entonces la mujer (porque sólo una mujer se desquicia de ese modo) salió de su carro y se dirigió al carro del hombre atónito y le dio una bofetada y con la misma regresó a su carro con cara de satisfacción. El hombre increíblemente le dio las gracias y siguió su camino.

Llegué a la cena muerta de hambre. Hacía tiempo que no veía a las chicas de mi juventud. Un gusanito chulísimo se daba a la fuga con cierta pereza, y luego otro mucho más apurado, seguido por unos tres más pequeños que huían con prisa también, mientras mis amigas miraban mi ensalada alucinando y casi arrojan los tragos que habían consumido al ver aquél movimiento de cuerpos en la mesa. En mi celular tenía un mensaje importantísimo, otra amiga a quien le habían diagnosticado leucemia resultó sana. Ya no te vas a morir. ¡Qué suerte!

Al llegar a casa, exhausta con el resultado de mi día, besé a mis hijas que dormían serenas como dos hadas, excepto que desnudas las dos de pie a cabeza, cosa que mi esposo no pudo explicar ni esa noche ni las niñas a la mañana siguiente.

Y para colmo esa misma noche salí a caminar a Domingo y escuché, y no miento, palabras en su ladrido. Quiero casarme, me ladró Domingo. Pero es que los perros no se casan, le dije anonadada, justo en lo que pisaba la segunda caca del paseo, y ya no ladró más pero se quedó triste. Sentí de repente el cambio más inusual que se puede sentir en esta ciudad: la llegada del otoño. Otoño tardío, leve, mezquino, casi inadvertido, pero sin duda llegaba como aquel olorcito lejano de un pastel de manzanas que se escapa de alguna ventana.

Y me pregunto si son los cambios atmosféricos los que tienen algo que ver con esas situaciones tan inverosímiles que a veces me apabullan en conjunto en un mismo día, o si acaso es posible que en ocasiones nos volvamos temporalmente locos cuando vemos demasiadas noticias, no dormimos lo suficiente y trabajamos más de la cuenta, y de golpe se pierden todas las perspectivas, se confunden las visiones y se hace más fácil caer de soslayo en otras dimensiones, menos corruptas y más tolerantes que la maldita realidad.

Ilustración: Eduardo Sarmiento

3/4 de cama

agosto 3rd, 2009 § 0 comments § permalink

No siempre es fácil compartir la cama por más amada que sea la persona en compañía. En un mundo ideal, que es más o menos en el único en el que puedo yo habitar -aunque sea puro cuento mío- para quedarme dormida como es debido necesito como mínimo un setenta y cinco por ciento de mi cama tamaño king. Ya durante el resto de la noche las exigencias disminuyen. En esa distancia que nos separa a mi pareja y a mí, quedan atrapado los ronquidos -en todos sus variantes- que produce su bellísimo cuerpo. Aunque no estoy tan lejos, el eco es en realidad el sonido en vivo y directo de algo así como una locomotora que no se intimida con la quietud de la noche ni con mis pellizcos. La verdad que esa idea de Frida Kahlo de dormir en distintas propiedades con un puente de por medio no está nada mal. Cada cual en su casa y en su cama.

Si mi esposo y yo durmiéramos en diferentes espacios construiría una habitación secreta y la mantendría bajo llave: the love shack. La decoración sería oscura y acogedora para contrastar el modernismo y la blancura del resto de la casa. Me gustaría una onda francesa-holliwoodesca en tonos vino, morado y azul violeta. Iluminación mínima, sábanas satinadas de algodón egipcio, manipulado en turquía, 600 hebras de plegado simple por pulgada y calidad en grosor. Las almohadas y las fundas serían de seda cultivada. Me gustaría cambiar el fresco olor de los aceites de Aveda por otros menos naturales y más sensuales, y tal vez hasta me animaría a quemar inciensos de amor, aunque en estos últimos años cada vez que lo he intentado termino con una náusea más fuerte que un muro de piedras. Cuando era más joven me encerraba en mi cuarto y quemaba incienso continuamente con las ventanas bien cerradas, hasta que un día repugnada y aletargada, al borde de un desmayo por causa de la sobredosis de esos humos, determiné sacarlo de mi vida, pero es hasta posible que en el love shack me vuelva más flexible. En vez de persianas colgaría cortinas blackout. Prohibiría la música de Hannah Montana y sus familiares para escuchar esos ritmos africanos que embobecen y detienen el tiempo. Un minibar sería de muy buen uso, cancelando cualquier motivo o intento de alejarse de nuestra madriguera. Con este plan me imagino que se evitarían las costumbres del diario en las altas horas de la noche.

Los siniestros ronquidos, las temperaturas ardientes que provienen del otro lado de la cama y se enfrentan a duelo con la temperatura perfecta que he creado en mi lado. La falta de planificación en cuanto al edredón es una incongruencia más. El hecho de que la noche comience tibia y luego refresque no justifica que alguien pueda tirar de la colcha a cualquier hora de la madrugada sin fijarse en que ha dejado a la otra persona a la intemperie. También persiste el pie rebelde que constantemente tiene que salir y entrar trancando las salidas de emergencias, envolviéndome en un tamal que no me da libertad de moverme plenamente en mi propia cama. Y esa testarudez de meter la sábana y la colcha debajo del colchón como un burrito, ¡qué claustrofobia! O cuando se despierta irritado y desorientado luego de una pesadilla de persecución. Oye, qué yo no soy un saco de boxeo. Mientras el aire acondicionado disparado a todo dar. La luz de la mesita de noche se quedó encendida y un libro abierto sin marcar la página está al cerrarse, los espejuelos en el aire buscando piso me ponen tan nerviosa que normalmente termino acomodando las malas costumbres de los demás. El despertador disparado con la alarma de pánico para dócilmente despertar al más perezoso y relajado dormilón y groseramente arrancarle el sueño a la más malhumorada y peligrosa bestia durmiente. Y claro, no hay que olvidar las segundas y terceras personas que se lanzan con el fin de adueñarse de mi cama huyendo de los monstruos malvados que bajo sus camas se esconden cada vez que me doy la vuelta.

No sería lo peor para un matrimonio vivir en casas aparte y que por un puente o pasillo se conectaran. Cada cual en su espacio. Pero eso también podría ser un arma de doble filo, además, ya con hijos sería mucho más injusto. Afortunadamente hace unas noches me sentí dichosa nuevamente de compartir la cama. Digo, siempre he sentido esa dicha pero en ocasiones me dejo llevar por la rutina. Golpeaba tanto frío que ni el edredón ayudaba a disminuir la pena que me aturdía mientras mis dientes tiritaban como rumberos sin rumbo. Porque para mí el frío es sinónimo de sufrimiento. Entonces busqué las piernas que yacían allí cerquita, las grandotas plantas de los pies prendidas como dos hornillas me masajearon ligeramente, y como soy débil para la carne recapacité de nuevo, recordando o aceptando por qué la gente duerme junta. Con frecuencia he pensado que dormir en pareja por lapsos de tiempo relativamente prolongados es un invento antinatural y anticonceptivo, pero quién sabe, tal vez ya no podría dormir sola porque es verdad que cuando me falta ese veinticinco por ciento por varias noches seguidas, la cama me resulta un lugar inhóspito y trabajoso a la hora de hallar el sueño. Además, casi todo se compensa con una taza de café y un besito tibio lleno de olores matutinos que indican que para mí ha sido una noche más que no me encuentro tratando de llenar la cama.

Marita

julio 29th, 2009 § 0 comments § permalink

Marita salió una mañana hace ya siete años y nunca más regresó. Iba camino a una cita con el doctor, pero su suerte estaba comprometida con delincuentes sin compasión y no llegó más lejos que a la esquina de su casa. ¿Dónde estarás Marita, dónde? Se pregunta una madre desesperada.

La vida se ha partido en mil pedazos para esta familia. Y la niña pequeña que ha quedado al cuidado de su abuela porque a su madre se la han llevado a un lugar improbable, en contra de su voluntad, se pregunta si algún día la volverá a ver. ¿Mala suerte? Es posible que nunca lo sepamos, pero sabemos por ejemplo que según los informes el tráfico sexual de mujeres y niñas es el cuarto negocio clandestino en el mundo por su rentabilidad.

El dolor ajeno duele menos y si se percibe es de manera mínima, más bien como la referencia de un abismo incierto y muy lejano. Si uno intenta figurarlo en su propio pellejo tal vez logre rociarse ligeramente de esa desgracia desconocida, pero nunca empaparse pues es sólo cuando nos atrapa que somos capaces de realmente comprenderlo del todo. Tal vez por este motivo a veces es difícil entender por qué algunos individuos se apasionan por causas extrañas. Y es que en nuestra vida no concebimos la posibilidad de que nos sucedan cosas tan anormales como las que ocurren a diario en el mundo. Pero basta con que uno se encuentre en el lugar preciso para que ese porcentaje de uno entre cientos de miles se convierta en un cien por ciento de yo en esos cientos de miles.

Días después de la tragedia de la desaparición se supo que alguien dijo que alguien vio a alguien montar a la fuerza a Marita en el asiento trasero de un carro. Con el tiempo también se ha sabido por terceras y cuartas personas que Marita lleva años martirizada, violada, forzada a permanecer en prostíbulos y hasta hay ciertas evidencias que indican que Marita fue vendida y revendida en tierras extranjeras y continúa siendo sexualmente esclavizada, bajo una nueva identidad, pasaporte, y todas esas cosas que requieren ayuda de personas de algún rango en el gobierno.

Ya han pasado más de siete años y las pistas han conseguido frustrar al más riguroso explorador, pero en aquel momento cuando apenas habían transcurrido un par de semanas, cuando el crimen era fresco y Marita aún rondaba por áreas más cercanas, perdieron una pista importante, tal vez reveladora. Marita estaba en un prostíbulo a unas horas de Tucumán, Argentina, donde vivía con su familia. Por razones más bien turbias decidieron esperar a la mañana siguiente. Cuando por fin llegó la policía ya Marita no estaba en el recinto. Los agentes habían ido a otro lugar primero, para hacer tiempo o porque aparecieron pistas más concretas aún, tampoco lo sabremos en este insensato rompecabezas.

Más adelante se supo que esa misma noche que Susana llamó a la policía para informarles sobre el posible paradero de su hija, a Marita la habían sacado por la puerta de atrás. Sólo un juez sabía lo que estaba a punto de ocurrir y Susana está segura que fue él quien les avisó a los del local de prostitución. Luego Susana, al rescatar a varias chicas en la misma situación de su hija, supo que esa noche alguien vio a Marita, que en efecto, la habían sacado por la puerta de atrás.

En la incesable búsqueda de Marita, Susana Verón ha logrado realizar más de setenta allanamientos que han conseguido apaciguar los crímenes de estos horribles captores, ha liberando a casi trescientas mujeres y jóvenes menores de edad que se encontraban esclavizadas y en condiciones semejantes a las de Marita. Sin embargo, Marita sigue en manos de gente impune, crueles violadores, depravados que por dinero o por placer raptan, venden, golpean, drogan y violan sin clemencia esos cuerpos ya casi sin vida, desaparecidos y en su mayoría olvidados, de mujeres que caen en estas redes infernales.

Algunas mujeres son el blanco perfecto, vienen de familias pobres que no tienen los recursos para reclamarlas y buscarlas exaustivamente, otras como Marita tal vez por puro azar. Marita, dondequiera que estés, la búsqueda continúa. La gente te espera tanto en Argentina como en el recoveco más enrevesado del mundo porque sobre ti cae la esperanza de mermar y en un futuro exterminar este siniestro monopolio.
Las estadísticas son aterradoras. Además, el tráfico de mujeres y niñas para la explotación sexual genera más de $7 billones al año.

Para más información acerca del caso de Marita Verón oprima en el enlace:
http://www.casoveron.org.ar/

Para más información sobre el tráfico sexual de mujeres y niñas oprima en los enlaces a continuación:
http://www.sagesf.org/
http://www.mnadvocates.org/Women_s_Human_Rights_Speaker_Series_Sex_Trafficking_and_Human_Rights_in_Minnesota.html
http://www.womankind.org.uk/statistics.html

Cita de Susana Verón sobre el caso de su hija Marita:
“esto no se trata de negligencia judicial o policial, sino de un engranaje de complicidades y encubrimientos que involucra a la Justicia, a la policía y al poder político riojano, que no pueden ni quieren descubrir una red de trata y tráfico de mujeres y niñas que desde hace años funciona aquí con contactos fluidos en provincias vecinas, aunque algunos cabecillas estén presos. Son negocios mafiosos que mueven muchísimo dinero y no pueden dejar de funcionar (…) haciendo crecer esa mina de oro construida en base a vejaciones, sometimientos, tormentos, esclavitud y hasta muertes”.

Cocinando y dando

julio 27th, 2009 § 0 comments § permalink

Un buen flan une más que la goma de pegar más potente. Y uno piensa, cómo es que cuatro huevos, un tilín de vainilla, unas lechitas y un poco de azúcar puedan convertirse en algo tan delicioso. Desde aquella tarde que serví flan por primera vez a los vecinos de aquí de Merrymount, en la casa del lago, he notado que la gente se ha sumado, porque la comida tiene ese poder de unificar tanto a extraños como a conocidos que se hacían pasar por extraños. Después vinieron los mojitos, los frijoles negros, la pastica de jamón y queso, las croqueticas, las masitas de puerco, por lo menos diez flanes más, los sonidos del son y, poquito a poco toda esta gente que considera que los cubanos somos exóticos y que mediante la comida logramos romper el hielo, han retomado los antiguos hábitos de sus antepasados de festejar en grupo todos los días de la semana en estos meses de verano que vienen a disfrutar del lago y sus rusticas cabañas.

De pequeña me frustraba cada vez que escuchaba a las mujeres decir: en la cocina mando yo. Un dicho que indicaba que las mujeres teníamos poco que aportar fuera de ese recinto, y que me mantuvo alejada varios años por fobia a ser ése el único lugar que podía aclamar como mío. Pero como diría un queridísimo amigo: todos los hombres saben que en la cocina no sólo sino también mandan las mujeres, y el que no lo sepa es porque no ha vivido con una. Además, ya a mis años no me interesa clamar mucho, pero una vocación tan hermosa y tan simbólica como es la gastronomía no se le puede dar la espalda por un complejo insano, y llegó un momento en que me agoté de abortar los deseos de entregarme a la faena de los cuchillos y las calderas.

Mi placer en la cocina no se desarrolló hasta que nacieron mis hijas. Primero fue con el pecho. Las miraba ahí pegadas como sanguijuelas que succionaban sin descanso a penas para cambiar de derecha a izquierda, y sin otro propósito más que aliviar el deseo de succionar. Y pensaba fascinada, mientras sostenía esos cuerpecitos delicados, todo esto lo hice yo, primero desde mi barriga y luego con mis mamas, cada onza y cada centímetro me lo habían chupado. Cuando fueron creciendo fui introduciendo alimentos que yo misma les preparaba de acuerdo a las instrucciones de otras madres más expertas: frutas y verduras cocinadas al vapor para que no perdieran sus nutrientes, cereales y más adelante proteínas de carnes y productos lácteos. Casi todo hecho en mi cocina, para ellas, mis reinas. De repente esclavizarme frente a una meseta tomó otro sentido para mí, evolucionando en un orgullo y estado idóneo que hasta entonces había rechazado rotundamente.

Las escalas se fueron agrandando y las recetas complicando. A partir de ese momento me di cuenta que preparar la comida se había convertido en un acto de múltiples funciones. Servir un plato aromático de algo que minutos antes habían sido simples objetos sin destinos y luego de que unos vegetales crudos, tres dientes de ajo, media cebolla, dos cucharadas de aceite de oliva y un trozo de carne con sal aún sangrienta pasaran por mi cocina, consiguiera que alguien salivara con los resultados y se nutriera como es debido, era como ver un mago actuar. Por eso en ocasiones me quejo, pero no resisto estar lejos de mi cocina mucho tiempo porque allí, bajo el hechizo de mis ocurrencias, la gente se une y se solidariza, las barrigas se llenan, el cuerpo se contenta y el vino corre sin hostigarnos demasiado.

Las mujeres que entendemos la cocina y los misterios que allí se almacenan, que optamos por movernos entre la tabla de cortar y la hornilla, sabemos que hemos sido premiada y que tenemos una cierta ventaja a la hora de repartir placer. Con los años he descubierto que cocinar es un don, una gracia que compensa la falta de todos los otros dones que carezco. Después de miles de platillos, algunos suculentos y otros no tanto, elaborados desde el principio y sin la ayuda de falsos y procesados ingredientes, he asumido mi papel de cocinera sin complejo alguno. Secretamente tengo mis reglas claro, para no sentirme abusada. Por ejemplo, normalmente cocino menos en vez de más. Esto parecerá injusto y malintencionado, pero no es lo mismo picar un sofrito para cuatro que para diez, y para mí es importante que ellos a quienes alimento con tanta dedicación lo tengan claro. Estoy convencida que esa mezquindad contribuye a que mi comida sea más apreciada por la falta que por el exceso y aunque parezca extraño mi familia depende menos de la cocinera, creo. Aunque alguna vez escuché a un familiar decir detrás de mis espaldas que en mi casa se comía bien pero siempre se quedaba con hambre. Por otro lado, siempre dejo que sean otros los que frieguen y bajo ningún concepto participo en las funciones de la cocina luego de servir, aunque a la mañana o a la semana siguiente se derrumbe una pirámide de platos sucios, ya que para mí cocinar es dar placer, pero ocuparse de todos los quehaceres de la cocina es como ser el único jugador en un partido de pelota.

Comer en soledad es perfectamente aguantable y a veces apetecible si la compañía nos es insoportable, pero rodeados de esa camaradería que se produce en una mesa llena de olores de uno de los más grandes placeres es el deleite en su máximo exponente. Las semanas que permanecí aquí en el lago nos reuníamos con los vecinos para comer y beber a menudo. Algunas de las casas habían ya perdido el contacto en los últimos años y apenas se saludaban si se encontraban durante algún paseo por el bosque, mientras pescaban o cuando se soleaban en el muelle, pero con las tandas de comelatas las familias se unieron y se conocieron un poco más. Y siempre llego a la misma conclusión, que los seres humanos somos de cierta forma iguales en todos lados del mundo, y que para pasar unos momentos amenos basta con un buen plato de comida.

La mujer justa

julio 20th, 2009 § 0 comments § permalink

Se acaban de marchar unos amigos que vinieron a pasar unos días aquí en el lago. Ella está a punto de cumplir los cuarenta en unas semanas y él, amigo de juventud de mi esposo, tiene cincuenta y algo y hacen una lindísima pareja. Se conocieron el año pasado en un grupo de corredores y desde entonces no se han separado, y ambos aseguran que son dos mitades que por fin se han unido.

Me parece curioso que dos personas adultas, perseguidas por pasados intensos y atosigados -y me consta que ambos están desbordados de derrotas y desilusiones- se sientan así de felices y que además se hayan enamorado desde el primer encuentro, como dos adolescentes. ¡Qué torpeza la mía!, asumir que el amor no es para todos. Entre copas y más copas escuchaba atentamente la historia que ambos contaban de cómo se flecharon. Los dos mostraban al hablar un desaforo infantil, con la inocencia del inexperto y un optimismo difícil de contrariar. Perfectos uno para el otro, sentenció la pareja, e inmediatamente me transporté a esa novela del escritor húngaro Sándor Márai, La Mujer Justa. Cuando la leí quedé muy impresionada tanto por la prosa como por la narrativa impecable de principio a fin. Una lectura de esas que uno agradece por las frases geniales, los personajes construidos de una forma inmejorable y el gran enfoque social y emocional que propone la obra con un lenguaje elaborado e impetuoso y a su vez simple y reflexivo. Recuerdo haber especulado acerca del sentido de aquello que nos define emocionalmente, cuestionándome brevemente si de verdad existe esa persona diseñada a nuestra medida o simplemente uno toma una decisión racional a la hora de involucrarse con alguien. O lo que podría ser peor aún, cuando son los padres los que toman esa decisión tan fríamente calculada, hasta que la muerte los separe.

La novela está compuesta por tres monólogos que cuentan un triangulo enmarañado que marca la vida de sus protagonistas y en el que a partir de su ruptura los destruye a los tres por completo. Cada monólogo es la historia de quien ha sido la persona justa en la vida de cada personaje que cuenta su historia desde el punto de vista del rango social al cual pertenece.

¿Reconocemos los grandes encuentros? ¿Podemos ser realmente conscientes de estar viviendo momentos decisivos aunque den una apariencia insignificante? ¿Es posible que cuando entra ese alguien a un lugar que uno piense al instante: esa la persona justa, la verdadera, la que se diseñó para mí? Esa es la gran pregunta que plantea la novela, y supongo que algunos, como nuestros amigos, dirían que sí, claro. ¿Y quién so y yo para dudar? A fin de cuentas poco o nada sé con certeza en esta vida.

El primer monólogo comienza con Maritka, mujer de sociedad que se ve amenazada por la presencia invisible de un obstáculo misterioso entre ella y su esposo Péter, hombre a quien ama exageradamente y continúa amando a pesar de que más adelante llega a descubrir que éste ha vivido obsesionado de manera platónica con la criada de la casa de su madre, con quien apenas ha cruzado un par de vocablos en las últimas dos décadas. Después entramos en el monólogo del Péter, burgués que considera que la mujer justa es Judit la criada, sin embargo, reconoce lo contrario cuando pierde definitivamente a su esposa Maritka, la mujer que lo amó profundamente. Pero Péter no puede menos que fracasar porque todas sus decisiones emocionales se determinan a partir del miedo, la cobardía y primordialmente el orgullo distorsionado causado por su posición social.

Finalmente entra en escena el monologo de Judit, un personaje que sale de la nada y se convierte en la centrífuga del mundo de los dos personajes restantes. Judit demuestra un sentido profundo en la manera en que cuenta su pasado marcado por el amor y tronchado por la ambición. Esta mujer -observadora incansable- entra a la casa de la madre del burgués desde que era una adolescente y a través de los años, al sentirse atraída por el joven rico, se motiva con el objetivo descalabrado de igualarlo y obviamente fracasa al tratar de superarlo en su clase social. Cada personaje espera cosas diferentes de la relación, de la vida en sí, y la gente que los rodea, pero todos buscan lo mismo, la persona justa, o por lo menos identificar que en algún momento del transcurso se cruzaron con esa persona, como si por esa causa la vida tomara un valor sagrado y el mero hecho de haber existido fuera superior al del resto de los mortales.

Pues así mismo son nuestros amigos -la pareja sumamente enamorada- que han anunciado haber encontrado a ese ser justo, ni más ni menos, sino justo. Digo, después de diez años felizmente casada me inclino más a pensar que no existen seres justos sino bien justificados.

De lo rápido que nos pudrimos y otras incertidumbres efímeras

julio 13th, 2009 § 0 comments § permalink

Mi madre es una mujer preciosa. Hay algo especial y sumamente fino en su mirada ligeramente extraviada y tremendamente dulce. Tiene un rostro exótico y tierno a la misma vez. Es pura finura y delicadeza, y en todas las etapas de su vida ha sido desmedidamente bella. Posee además un aspecto delicado, frágil y sin embargo, a través de los años me ha demostrado que la fuerza, la verdadera fuerza, no se puede adquirir sino en nosotras mismas.

Ahora que ya hemos crecido nos llevamos de maravilla. Hemos aprendido a respetarnos a pesar de nuestras diferencias y preferencias. Hablamos de los hombres con complicidad, compartimos anécdotas, consejos para combatir las arrugas y los pellejos que cada vez más nos imponen ese cambio de dirección que tanto nos disgusta a nosotras las mujeres. Pero no siempre fue así, y a veces su sola presencia me sacaba de quicio. Recuerdo que una vez en camino a casa, después de que yo la fuera a recoger a la oficina para evitarle el interminable viaje en el transporte público, ella venía repitiéndome la misma cantaleta acerca de mi futuro, como si de esa forma sus consejos llegaran a perforarme el cerebro para instalarse en mi manera de pensar y ella poder obrar a sus anchas. Entonces, harta de aquella persecución vi una señal en el camino. Un sistema de irrigación roto, una manguera que echaba agua con más presión que un sifón reventado, a doscientos metros del semáforo en el que me encontraba asintiendo con la cabeza a la típica descarga del pomeriggio, cuando macabramente abrí su ventana y no le avisé de lo que venía y ella por supuesto atrapada en otros asuntos ni se lo imaginó. Cuando le pasamos por al lado al chorro de agua, toda empapadadita y malhumorada, mi madre se me quedó mirando con las cejas tiesas y sumamente contraídas, y al ver que no me podía controlar de la risa, se dejó llevar por el momento, aunque luego en casa me echó tremenda reprimenda y hasta trató de castigarme, pero ya yo estaba muy vieja para esas salidas fáciles, entonces dejó de hablarme unos días hasta que se le pasó. Porque es muy cierto eso que dicen, todo pasa.

Mi madre siempre fue joven, en parte debido a la corta edad con la que comenzó a dar a luz. Aunque los buenos genes tampoco se pueden pasar por alto. Ha gozado de todas las bendiciones que una mujer puede desear: buena piel, envidiable tez, cuerpo y cara de diosa, además es inteligente, encantadora, ágil para desempeñar cualquier empresa por más descabellada que sea, con un espíritu virtuoso y principalmente armónico. Es una incansable trabajadora de la vida, y a veces despliega una sonrisa capaz de conquistar lo inconquistable. Es una mujer deseable, aún en estos días en los cuales su salud ha desmejorado notoriamente.

Fue entonces cuando detecté en ella por primera vez una especie de transfiguración, el cambio de una etapa a la otra. No me había dado cuenta, pero de repente me fijé en sus brazos sutilmente arrugados, la piel de sus pómulos, el cuello y el busto ahora se ajan al toque, su pelo levemente estropeado auque mantiene mayormente ese negro azabache que la distingue. Su cuerpo, aunque se mantiene firme y delicioso, se está convirtiendo en su nuevo cuerpo, el de una persona que comienza a envejecer. Cuando mi madre llegue a la tercera edad será una vieja preciosa, elegante, sabrosa, pero será una vieja, y en eso no había pensado nunca.

Desde ese día he comenzado a sentir el peso de los años como síntoma de una epidemia que deambula en todos los círculos. La veo escabullirse de los rincones, para reaparecer por agujeros secretos, lenta y despiadada, en busca de un ser más, de un objeto más, de un cualquier cosa más, y por lo visto no se conmueve con nadie, y sólo una fatalidad es capaz de tomarle la delantera.

Cuando era más joven y pensaba en el futuro veía la ancianidad como un estado optimo, el gran pago de la vida, el éxito y la suerte de llegar a la edad provecta, pero ahora que la juventud se escapa con insospechada rapidez, he comenzado a temerle al proceso, que para colmo es injustamente el más largo de las diferentes etapas de la vida. Porque con esta especie de pudrición se va todo río abajo con una corriente infatigable e incierta, y la belleza y sus derivados se transforman en conceptos quiméricos, en memorias y en la intención que seamos capaces de poner en este complejo sumario. Pero luego veo a las viejitas adorables, llenas de historias, de partos y de grandes amores, con sus baticas holgadas, dormilonas en las orejas y un suéter de algodón así se les derrita la nuca apenas salen al jardín, y me sorprende un ligero bienestar, esperanzado y complaciente, y aunque en su mayoría tengo esa sensación de transición en todo momento, un estado de aceptación se deja olfatear brevemente.

Horrorizada, le cuento a mi madre sobre mis descubrimientos, sobre lo triste que es dejar de ser joven y hermosa -porque cuando una comienza a madurar cae en cuenta que la gente joven es bella en intocable- y ella preciosísima, con sus ojos grandes e inquisitivos me mira y me pellizca los cachetes como cuando yo era niña, y tan optimista, con un tono muy elegante y refinado, y hasta un poco burlón, me dice que no me preocupe, que las mujeres son bellas en todas las edades, que lo que yo tengo es un estado tóxico que se alivia con una crema hidratante de esas tan buenas que existen hoy en día. Es la ley de la vida y nadie puede cambiarla, dice mi madre, y nosotras las mujeres no debemos perder la gracia ni la tolerancia, eso va muy bien con las canas y las arrugas.

28 días de amor y frenesí

febrero 1st, 2009 § 0 comments § permalink

Celebrar el día de los enamorados me parece una tontería. En especial si sólo se celebra ese día en todo el año; único en ser marketizado como representación del afecto y la pasión entre parejas. El amor no es cuestión de un día, pero claro, todos necesitamos un recordatorio de vez en cuando. Sin embargo, podría resultar mucho más atractivo si en cambio se festejaran diversos días de sostenida veneración, semanas y meses, temporadas completas de ilimitada adoración.

Por ser tan cínica, práctica, poco romántica y nada creyente, este año voy a cambiar mis propias reglas, voy a desafiar el sistema calculador y aburrido que representa el día de San Valentín donde el hombre es el sujeto responsable de infestar el destinado día de acciones románticas, y la mujer es quien se encarga de destapar la pasión erótica en las horas nocturnas. Mis actos serán en respuesta y por protesta a algo que leí el otro día acerca de el amor y el enamoramiento. El artículo decía que el enamoramiento era realizable debido a la ausencia del amor, y el amor era la etapa posterior al enamoramiento, pero que era improbable que ambos coincidieran. También decía que los seres humanos estamos predispuestos químicamente a salivar por alguien por un tiempo determinado y de ahí en adelante el hechizo se disfuma por completo. No puedo con esos asuntos mundanos de profunda ordinariez. Propongo desmantelar el turbio resultado que predomina sobre ese tema. ¿Quién dice que no se puede amar estando aún enamorado?

Propongo que febrero esté desbordado de amor y más amor, hasta empalagarnos, porque de alguna manera hay que justificar esos meses de ineludible cotidianidad, que digan lo que digan ninguna pareja se escapa.

Con máximo ímpetu elaboraré deliciosos platos afrodisíacos por lo menos una vez por semana. Me haré el propósito de servir las tres comidas del día en forma de corazón o en platos con forma de corazón porque ese es el signo del amor. Con esa misma forma hornearé galleticas y las decoraré y se las enviaré a mi marido de sorpresa. También le enviaré globos, flores y chocolates; no hay que ser mujer para sentirse especial cuando tu pareja te sorprende infraganti, aún cuando es de manera convencional. Colgaré luces rojas en nuestro dormitorio y en la cocina, siguiendo el formato de la Navidad que aunque es el día 25, la decoración comienza mucho antes, supongo que para mantener vivo el espíritu, que es lo que intento lograr.

Bajo la almohada y en el refrigerador esconderé notas cargadas de pasión, poesías de Neruda, versos de Rumi. Insistiré en un beso con lengua diario a las 8pm, con alarma y todo, que dure diez minutos, por lo menos. Eso lo aconseja una sexóloga que fue invitada al programa de Oprah hace unos meses y que no recuerdo su nombre (aunque no tiene que ser a las 8pm, puede ser a cualquier hora). Además voy a intentar, aunque esto va a costar un poco de trabajo, hacer cita con mi pareja bajo la ducha por lo menos dos veces por semana. Usaré creyón labial rojo todos los días, ropa más ajustada, inusitados escotes, sólo para él. Le enviaré cartas por correo, invitaciones privadas. Lo volveré loco, de amor o de atar, no lo sé. Pero lo que sé es que no habrá rutina que se imponga o que me aleje de estos actos de sincera y desproporcionada latría.

Me tomaré el tiempo para explicar las cosas sin verme en la necesidad de alzar el tono de la voz. Trataré por todos los medios de no asumir que el sentido común es garantizado en cada ser humano. Trataré por todos los medios de ni siquiera mencionar el tema del sentido común. Cuando me encuentre sus zapatos tirados al lado de la puerta de la entrada, no los botaré en la basura, sino que con cariño los regresaré al closet. Si el perro se escapa porque mágicamente alguien dejó la puerta del patio abierta, aprovecharé la ocasión para emprender una búsqueda amorosa y armoniosa bifurcándome por las calles del reparto donde vivo de la mano con mi hombre, y cada vez que pronuncie el nombre de mi perro le daré a ese hombre una mirada seductora, de fuego puro, que sea el inicio de lo que luego elaboraremos en un ambiente más privado. Beberé cerveza y miraré, para hacerle compañía, todos los partidos de cualquier deporte que se le antoje ver, y por este mes estaré del lado de su equipo, sin desearle fracturas a nadie, sólo victorias.

Pensaré que los inodoros con tapa subida son nuevas expresiones artísticas de mucho agrado. Borraré de mi mente cosas feas, como por ejemplo cuando me encuentro con una toalla que es de secarse el cuerpo siendo utilizada como alfombra de baño, o un paño de secar platos absorbiendo un líquido derramado en el piso de la cocina, cuando en realidad hay toallas para el cuerpo y toallas para apoyar los pies, paños para la meseta y paños para el piso. Remplazaré el rollo de papel higiénico sin papel cada vez que me toque sin decírselo a nadie. No pondré cara de monstruo cada vez que me encuentre el pomo de la leche vacío, o lo que es peor, con un tilín que no alcanzará ni para acompañar un té. Llenaré el tanque de gasolina que cada lunes me sorprende en cero. No diré ni esta boca es mía al descubrir unas galleticas zocatas porque nadie las cerró como es debido. Guardaré silencio cada vez que me azote una gaveta en la cadera porque en casa sólo se abren gavetas, nunca se cierran.

Desde las 9 pm en adelante me despojaré de toda la ropa, aunque tenga frío, para que me den calor. Prepararé brebajes capaces de causar vigorosos encantamientos a la hora de amar. Me tatuaré en las nalgas (de mentirita) esa forma del órgano del amor. Intoxicaré mi cuerpo entero de un perfume con propiedades mágicas cuya fragancia recurre en el subconsciente y desconcentra aún cuando se ausencia el ser amado.

Estoy determinada, voy a hacer todo lo que antes, al principio, cuando no existía una historia, una queja, un disgusto, las parejas no encontraban otra forma que la de adularse sin el menor reparo en la venganza que luego abarca la cotidianidad, cotidianidad que venceremos no sólo un día al año, sino como mínimo veintiocho.

Superwomen

enero 19th, 2009 § 0 comments § permalink

La otra noche, noche de chicas, fui a comer con unas amigas y me quedé boquieabierta cuando ambas me contaron la odisea en casa para llegar a nuestro encuentro. Una me dijo que su marido normalmente la deja salir aunque no es de su agrado, además se lo tiene que avisar con una o dos semanas de anticipación, y jamás de los jamases podría espontáneamente, por decir un martes a las 7pm, anunciarle que se va con sus amigas a un bar o a un cine. También nos contó que la razón por la cual estaba retrasada era porque cuando llegó a casa del trabajo, su esposo se encontró que las niñas aún no habían cenado porque ella, mi amiga, acababa de llegar del gimnasio, donde da clases. La comida ya estaba en la hornilla, sólo había que servirla. Sin embargo, él se enojó de que su mujer le dejara la responsabilidad y se fuera a divertir.

La historia que nos contó la otra amiga era más sorprendente aún. Su esposo se encontraba fuera de la ciudad, en un viaje de negocios, y ella había aprovechado la ocasión para escaparse. El enseguida la encontró en el celular y de ahí en adelante se pasó toda la noche llamándola e insistiéndole que regresara a casa, donde pertenece una mujer casada que deber guardar respeto. Además me imagino el sermón que le habrá dado más tarde y al otro día y al otro.

Por último, la tercera amiga que nunca llegó a nuestro encuentro, nos envió un texto que decía que su marido no la dejaba salir de casa esa noche “será para la próxima chicas…”

Ahora, estas tres mujeres, que creo que definen a una especie de Superwoman, trabajan incansablemente todo el día con el fin de mantener el orden y equilibrio en sus casas. Lavan, planchan, cocinan, limpian, llevan y recogen a los niños de la escuela, a las actividades y el deporte, hacen la tarea con ellos, y además muchas de ellas trabajan fuera de casa y hasta me he enterado que son las que llevan el manejo de las cuentas y los pagos.

No pude menos que pensar que estaban locas de remate, que pertenecían a otra época para mí desconocida. Pero qué va, son mis amigas de la escuela de mis hijas, mujeres modernas, que usan pantalones ajustados y hasta minifaldas, mujeres hechas y derechas, que le tienen que pedir permiso a su marido para salir una noche con las chicas.

Luego que no se quejen de que no tienen misterio, de dueña y señora que lo hace todo en casa y nadie las considera, de prácticamente darle la papita en la boca al señor y jefe del hogar. A mí las cosas si no son en equipo no me interesan, y no voy a juzgar cómo hacen las cosas las demás mujeres, si de verdad disfrutaran ese papel que ellas mismas se han impuesto. Pero esa noche, en vez de gozar, de hablar otros temas que nos alejen del cotidiano, se la pasaron echándole tierra a los maridos, esos desconsiderados a quienes resienten cantidad, y en un final regresaron a casa a continuar, sin siquiera proponerse cambiar las cosas.

Los anuncios en la tele y en revistas y en todos lados nos presentan a mujeres amas de casa, que cargan el peso de toda la responsabilidad del hogar, y a las seis o siete de la tarde, cuando llega el marido hay que atenderlo como si sólo él hubiese trabajado todo el día. Hay además otro problema mayor, que es cuando los dos cónyuges trabajan fuera del hogar y las mujeres se siguen viendo reflejadas en la publicidad como las únicas responsables de las tareas domésticas. Entonces es eso lo que se les trasmite a nuestras hijas: estudia, trabaja, ten éxito y además ten tu casa como un crisol y a tu marido contento. ¿Y quién nos ayuda? Bueno… bueno, no se puede, no es justo, no hay que tener dos dedos de frente, con todo el respeto pero no hay que limitar ni deshabilitar a los hombres de ese modo.

Está en nosotras cambiar las cosas. Como mismo ha estado siempre en los grupos de minorías, excepto que nosotras no somos la minoría, estamos a la par y lo sabemos. Es muy fácil, si ellas cocinan, que ellos frieguen los platos, si ellas lavan, que ellos guarden la ropa, y así sucesivamente. Es imperativo informar a esos maridos, a esos hombres sueltos en los bares y en el súper, que la mujercita perfecta que lo tiene todo listo, se acabó, que ese estereotipo que ha aparecido de la superwoman, la mujer incansable, que no desfallece jamás, que siempre cumple con todas las obligaciones de la casa y la familia, que mantiene la llama ardiente del matrimonio, y además es la mujer más deseable del planeta, a quien incluso se le adjudican superpoderes al demostrar que puede lograr lo imposible, mientras algunas llevan carreras profesionales, simplemente no existe. Y a quien no le guste que le eche azuquita.

Satanasa

enero 5th, 2009 § 0 comments § permalink

Qué feo es cuando nos cae la menstruación y algún hombre nos dice con el tono más condescendiente, de la manera más descarada, desinformada e insolente, que hemos estado actuando algo loca en los últimos días y seguro se debía precisamente a eso, a la menstruación, a esos días del mes que ni nosotras mismas nos resistimos y que si la malicia fuera medida durante esa semana, estaríamos todas bajo llave. ¡Qué ganas da de caerles a trompones en ese mismo momento! Si ellos supieran que la menstruación se trata de eso, es la señal mensual, el recado de los dioses, la forma más acertada de no dejarnos olvidar que en ellos -los hombres- no podemos confiar del todo. Ahí te das cuenta de lo equivocados que están cuando tratan de adivinarnos, cuando tratan de medir nuestros dilemas, nuestros dolores. Y ni hablar de las que hemos dado a luz.

Me reí cantidad con una amiga el otro día cuando me contaba que amaba su regla, y que al ducharse la contemplaba bajar con el mayor de los deleites, y que ahí ella veía la verificación concreta de la fecundación. Para mí ver sangre derramada que ha de desembocar de mis entrañas, directo al hoyo de la bañadera, es la prueba más ineludible de ese poder femenino que somos, en todos los contextos, pues sólo a nosotras nos pasan esas cosas tan a menudo. Cada mes, cuando una siente irritabilidad, malestar generales, dolores de cabeza, depresión, y a los días llega esa sustancia sanguínea, esos retorcijones en la tripa, esos deseos de aniquilar cuanto se nos ponga en el camino, es a mi entender lo que nos diferencia, lo que nos hace más fuertes y nos prepara de la forma más potente y varonil ante las eventualidades de la vida.

La pérdida de flujo menstrual es también una pérdida emocional que habitualmente dura entre 5 y 7 días, y se repite todos los meses con una frecuencia que oscila entre los 28 y 32 días. O sea que no hay escapatoria, y como dice mi amiga, hay que amarla, pues gracias a esa divina hemorragia llegamos todos aquí. Pero para amarla hay que conocerla y a nuestros hombres hay que enseñarlos a entendernos, como se les enseñan otras cosas, como por ejemplo a complacernos en la cama, a dividir los quehaceres de la casa, a freír un huevo sin que se cocine del todo la yema, también hay que explicarles cómo funcionamos cuando llega la visita de Satanasa. Es importante que ellos se enteren de que somos de dos maneras. De una forma durante esos días previos a la regla y de otra, seguramente más adorables, cuando por fin nos liberamos de ella. Y que esa loca en la que nos convertimos varios días cada mes, es un desajuste que nos sucede a nosotras también, y no es voluntad propia, sino las hormonas. Hay que imaginarse que es como si alguien nos oprimiera un botoncito e inmediatamente nos pusiéramos histéricas, hasta el punto que nosotras mismas no nos aguantamos, y más bien nos sentimos atrapadas en un cuerpo inflamado, amarillo y sangriento.

Las cosas son como son, y sin la menstruación adiós a la fecundidad, a la reproducción, a las salas de maternidad. Así que cuando nos vean que estamos a punto de volvernos locas, trátennos con cariño, con amor, ofrézcannos una compresa tibia y un caldito de pollo, que esa Satanasa representa la matriz de todos los que faltan por nacer. Aunque para los hombres lo ideal sería que nos metiéramos en un escaparte con una caja de chocolates, lo mejor es educarlos, explicarles el funcionamiento y de antemano cómo nos pueden ayudar, y cuales son los requerimientos para una recuperación rápida de esta expulsión periódica por vía vaginal que tiene gran significado, pero devastadoras consecuencias. Claro que como todo en esta vida hay un precio y precisamente es eso lo que muchas dejamos pasar por alto. Guía, reconocimiento y premio. A cambio de toda esa comprensión hay que dejarlos desparramarse un poco, emborracharse con sus amigos, ir a jugar golf, comprarse el último cablecito de la Apple, como mismo hacemos nosotras cuando ellos se enferman y luego de haber sido enfermeras una semana entera, al curarse necesitamos un reconocimiento y no dudamos en premiarnos, ya sea con unas cremitas o con un jean que nos haga lucir las nalgas de una quinceañera.

La pasión que ciega la razón

diciembre 15th, 2008 § 0 comments § permalink

Ya culminado con las últimas páginas de En Busca Del Tiempo Perdido, llego a una conclusión acerca de un tipo de mujer que abunda en el planeta, aunque en lo personal no conozco a suficientes como ellas; se trata de el caso de Odette, y la conclusión es que hay mucho que aprender de ella, en su medida claro. Odette es la enamorada del aristócrata Swann. Es una mujer que no es precisamente fina o hermosa, no tiene grandes calificaciones de inteligencia, no posee riquezas o una amplia educación, y para colmo es desastrosa al tocar el piano (un terrible defecto para los tiempos). Además se prostituye de una forma, digamos delicada. Pero hay algo en ella que hace que Swann la ame con todas sus fuerzas, aún a sabiendas de todo aquello que carece, y es que Odette se le resiste, no le corresponde del todo, o al menos como él desearía, no hace su voluntad, es misteriosa, da la impresión de interesarle otros hombres, convirtiéndose en el símbolo de la infinita conquista. Es su virulencia lo que la hace más atractiva de lo que realmente es.

De modo que Swann se va consumiendo por los celos, mientras ella, inteligentemente, se va alejando cada vez más, causando en él un aferro y una obsesión incontrolable. Me causa especial atención que él, al no saber lo que Odette hace durante las horas que no pasan juntos, y que ella no le permite bajo ningún concepto ser interrogada, sólo consiga pensar en ella de manera obsesiva, y hasta la justifique por los actos de infidelidad en los cuales él llega a imaginarla, y que ciertamente no se equivoca.

Según la historia va avanzado, comienzo a perder la paciencia con Swann, quien poco a poco va perdiendo su identidad y hasta su personalidad por causa de este amor que no le corresponde. A partir del momento en que él deja su vida a un lado para pertenecer a la vida de Odette, vida que a él no le llena ni se asemeja a la exquisitez a la cual está acostumbrado, para en cambio acudir a fiestas de poco prestigio y reuniones de los más allegados a Odette, gente definitivamente cuestionable, comienzo a sentir rabia por ambos, Swann y Odette, pero no puedo dejar de reconocer que la audacia de ella me desploma inesperadamente, de manera incurable, pues en algún momento todas hemos querido ser como Odette, y que esa persona que tanto estimamos nos considere como lo imposible, y que nos convirtamos en la búsqueda de lo inatrapable. Sin duda una propuesta llamativa.

Swann, como tantos otros hombres se obsesiona con la conquista, y es ahí donde está el secreto chicas, mantener la relación en una batalla no ganada del todo, sin resolución definitiva, así sea por apenas unos puntos. Privarlos un poco de nuestras atenciones, así cuando estemos en sus brazos sepan apreciarnos mejor y encontrar en nosotras un efímero momento que tal vez más tarde en el mismo día no se repetirá. Hay que probar estas medidas, y ver si con el tiempo nos sentimos como Odette, que segura de que Swann regresaría cariñoso y sumiso, se acostumbró a no temerle cada vez que se alejaba cuando ella le negaba algo que el deseaba. Otra buena lección. A veces hay que decir no, por pura inteligencia, para causar en ellos un cierto desbalance.

La otra conclusión a la que llego es que la mujer no ha de ser un trofeo en particular, ni la más bella, ni la más inteligente, ni la más talentosa. Todas, sin excluir a nadie somos hermosas a nuestra forma, lo que hay es que encontrar lo que nos hace interesantes, y el tipo de hombre que se sienta atraído con esos atributos. De manera que si somos nosotras las obsesivas, no podemos esperar a que un hombre se comporte como Swann.

Sin necesidad de llevar las cosas al extremo de Odette, se podrían aplicar algunas de sus técnicas: La más importante, un poco de misterio, un poco de intriga no vendría nada mal, pues a veces son las mujeres pérfidas las que saben conquistar la estima incondicional de un hombre.

Divorciadas: las solteras más felices

diciembre 8th, 2008 § 0 comments § permalink

A veces me quedo perplejas con estas divorciadas de la modernidad, del ya no tan nuevo milenio. Una amiga que hace unos meses se separó de su marido y recientemente se divorció, está como nueva. Sencillo, ya no lo quería y realmente nunca lo había querido como pareja, la excusa de la gran mayoría de las divorciadas. Lo dejó con casa, muebles y hasta su perro de cuando era soltera, y a duras penas se llevó a su hija de apenas 3 años. Éste, para castigarla, le compró una casa y un carro de un cierto lujo, se comprometió en pagarle una manutención de $4,000 al mes y ocuparse de otros costos, como la escuela privada que ella aspira que su hija atienda hasta que se le terminen los estudios, clases de ballet, de piano, pasajes de viajes y cualquier otro fausto deseo de una madre moderna. Además le ha prometido una niñera hasta que la pequeña cumpla trece años, y compartir la custodia a tres días en su casa y cuatro en casa de ella. En fin, no me queda claro quién dejó a quién. Han pasado seis meses y Sol ahora tiene un novio que es un entrenador mulato tatuado de pies a cabeza, que la visita todas las noches y antes de que amanezca desaparece, para que la pequeña no se entere (eso me parece bien). La trata como una reina, le da lo que ella quiere, que aparentemente es un sexo complicado, no le exige absolutamente nada, no desea casarse ni tener hijos con ella, gesto que milagrosamente Sol agradece porque las madres solteras por lo general buscan padrastro desesperadamente.

Su madre en cambio se opone a la felicidad de su hija. Una felicidad que para ella es por completo incomprendida, pues durante su juventud y en realidad a lo largo de su vida, se ha dedicado a satisfacerse únicamente a sí misma sin el menor titubeo, sin plantearse por un segundo las consecuencias, si ese chico veinte años menor que ella, y hasta menor que sus dos hijos, sea un buen padrastro o una buena persona. O si hablar constantemente de sus hazañas durante los años sesenta y la libertad con la que se desenvolvía en todo momento, incomode a sus hijos cada vez que vuelve a contar esas gastadas historias. Las madres siempre quieren lo mejor para nosotras, una vida superior a la de ellas, el marido perfecto, si es judío mejor aún, a pesar de que ella le llevara la contraria a su familia casándose con un hombre católico. La historia se repite una y otra vez, las madres aprenden de sus errores, entonces nos imponen sus aprendizajes para que no suframos, para que no malgastemos el tiempo con un degenerado, para no ponernos en situaciones embarazosas como tantas veces ellas lo habrán hecho, pues de eso se trata la juventud. Pero no se puede olvidar que esos errores han sido la vida, y cada cual debe vivirla a su modo. La vida de principio a fin es un error constantemente, y después en la memoria uno va justificando, ajustando, editando los diferentes compartimientos y con eso basta, esas son nuestras lecciones, no las que nos imponen nuestras adorables madres, que pueden llegar a empujarnos a tomar decisiones que luego para zafarnos tenemos que cometer un montón de errores, a veces irreparables, y hacer sufrir en el proceso. ¡Oh Dios, lo que me espera con mis hijas!

En lo personal, no creo en el divorcio como primera instancia. Creo en las pruebas que nos impone la rutina, en el desamor como desafío a reconstruir lo perdido. En las ventajas del amor que renace con el tiempo, en la complicidad de los años. Pero si no te gusta tu pareja, ni en la cama ni en la mesa durante la cena, lo mejor es separar bienes de la manera más civil y tratar de elegir mejor la próxima vez, sin nunca olvidar que las que ya tenemos hijos no escogemos primero para nosotras, sino al revés, o como Sol, que prefiere ser una divorciada deseada y sin compromisos a partir de las 10 pm hasta las 6 am.

Un sábado sin Domingo

noviembre 21st, 2008 § 3 comments § permalink

El pasado sábado por la tardecita estaba preparando a mis niñas para ir a dar un paseo en bicicleta. En tan sólo segundos y no sé cómo, puesto que todas las puertas ya estaban cerradas, nuestro perro Domingo se escapó. No es la primera vez, de hecho desde hace diez años lo viene haciendo. Pero a veces me parece que esta rutina es parte del cariño que nos une, y lo digo porque en mi vida han habido hombres así, que siempre quieren salir corriendo, total para luego regresar.

Cada vez que Domingo se escapa me crispo de la roña. ¿Cómo es posible?; cuando me lo encontré estaba raquítico, con enfermedades estomacal y de la piel, severos problemas emocionales; entonces le di un hogar, comida regia (lleva una dieta especial y se la compro por la internet y el envío cuesta un ojo de la cara), jugueticos que hacen sonidos, huesitos vegetarianos con sabor a pollo y puerco. Además le doy lo más importante, mi afecto y mi atención. ¿Y él qué hace? Se escapa cada vez que puede y luego regresa con la pesturria ambulante de todos los basureros del reparto donde vivimos.

Y bueno, la vida es así, como muchos hombres (y algunas mujeres que conozco), los perros también a veces necesitan perderse, ensuciarse un poco y luego regresar a casa. Me quedé pensando en eso el resto de la semana, y desde entonces constantemente me vienen a la cabeza numerosas similitudes entre estos dos mamíferos. Ya se sabe que comparten un gran porcentaje en la estructura básica del ADN. Pero también por ejemplo el hombre y el perro ambos se sienten amenazados por su propia naturaleza y marcan territorio aquí y allá y en donde puedan, sospechan del cartero y del lechero -¡como no, aún existen los lecheros!-. Además ocupan demasiado espacio en la cama, en especial si están los dos a la vez. Claro que a diferencia de un hombre –y ojo que esto no es una pulla, aunque seguro me van a tirar huevos- a un perro se le puede entrenar sin mucha discusión, se les puede obligar a bañarse, son incapaces de criticar las amigas o las suegras, les importa un pepino si estamos lindas, flacas o aún conservamos muslos firmes, y muy importante, son fáciles de comprar. Claro que un hombre no necesita ayuda para ponerse la correa, ni para abrir una lata de atún, o la puerta para largarse. Lo lindo en este asunto es que no hay que escoger, se pueden tener ambos a la vez, perro y hombre.