Cuarta semana

octubre 24th, 2017 § 0 comments

Los días en La Habana carecen de sentido si no transcurren bajo el encanto del realismo mágico. Cuelo el café mientras cavilo qué preparar para el desayuno de a las niñas. Un colibrí negro azabache y verde entra por la ventana de la cocina y sale por la puerta que da al balcón. Pasa tan rápido que primero no me percato y sólo percibo una sombra veloz. Vuelve a entrar y se detiene frente al fregadero aleteando con furia. Quiero llamar a gritos a las niñas para que lo puedan ver pero sé que eso lo ahuyentará. Me quedo quieta, observando la hermosura y agilidad de este pequeñín que parece susurrar algo a mis oídos que no alcanzo a escuchar. ¡Zaz! Desaparece.

Dejo a las niñas en la escuela y me encamino al parque Coyula para conectarme a Internet porque tengo correos pendientes. Frente está una sucursal de Sylvain: Dulces, Panes y Harinas. Me doy un brinco para comprar harina con la idea de hacerles crepes a las niñas en cuanto “aparezcan” los huevos. Sin embargo, cuando le pregunto a la dependiente por el preciado polvo, me mira confundida como si pidiese cola de zapato. Insisto y por fin me responde que no con cierta suspicacia aunque mi intención no ha sido tomarle el pelo. De ahí voy al agromercado y me entero que los lunes no abre pero como soy nueva aprendo a golpes. Sigo a casa por la calle 42 hacia abajo camino a casa en busca de papel higiénico, a ver qué encuentro pese a los rumores. Entro a una tienda a ver qué hay pues si algo he aprendido en estas semanas es que nunca se sabe con lo que te vas a topar ni dónde. No hay papel higiénico pero hay platos de cartón. Llamo a una de mis tías porque mi primo se casa en unas semanas y ella lleva rato detrás de unos platos de cartón para la fiesta. En medio de la llamada me quedo sin saldo en el celular y todavía no me ha entrado la recarga que puse desde el parque. Mi tía tampoco ha de tener saldo porque no me llama de vuelta. Los compro por si acaso porque lo que encuentras hoy mañana desaparece.

Suelto los bultos en casa y vuelvo a salir. La falta de papel higiénico ha creado un estado de desatino visceral en casa y es en vano sentarme a escribir consiente de que debería estar en la calle “resolviendo”. Llego al mercado de 42 y 20. Of course, no hay papel higiénico pero encuentro otras cositas como salsa brava para las patatas y leche condensada. Aunque no la necesito pero lleva perdida tanto tiempo, compro seis latas por si acaso. Hago una cola infinita para ello y además compro chocolate en polvo y dos Sneakers para darle la sorpresa a mis niñas cuando lleguen del cole. Noto que están sacando yogur y unas cajitas de Klenex. Pido el último en la fila y me llevo ocho cajitas a 2.15 CUCs por unidad para resolver lo del papel higiénico y el de las servilletas. Pero en la cola me dice una señora que en 42 y 39 hay otras más baratas. Dejo la mitad y pago el resto excepto el yogur que no se puede pagar en esa caja. Regreso a la caja anterior y pido el último otra vez. Diez minutos más tarde llego a la cajera y me informan que el yogur tampoco se puede pagar ahí. La señora que está detrás de mí me explica dónde es que debo pagar: en una registradora que está entre las carnes y los jabones de lavar pero está vacía. Pregunto y finalmente otra señora que me trata de “mimi” me dice que ella me lo cobra. En lo que pago por el yogur me entra ansiedad sobre el papel higiénico y decido comprar más cajitas de Kleenex porque quién tiene fuerzas para ir hasta 42 y 39 para ahorrarse unos quilos. Otra vez hago cola para pagar por otras cuatro cajitas de Kleenex. En la puerta del mercado enseño los cuatro recibos para que me revisen la mercancía.

 

Me llama mi hija menor. Suelto las bolsas y respondo asustada anticipando lo peor porque esa es la naturaleza que producen esas llamadas en horarios escolares. Está en receso y quiere infórmame algo agitada que la maestra de biología ha pedido a la clase que mañana deben traer un girasol, semillas de girasol y papel de cocina. Desconcertada le digo que no se preocupe que intentaré encontrarlo todo. Camino y entro a cuanto sitio se cruza en mi camino sin lograr mi objetivo. Me llego a otros dos sitios donde venden flores pero nadie tiene girasoles. Allí me explican las dependientes que el huracán Irma se los llevó todos. Tiene sentido pues es cierto que desde el día de la Caridad del Cobre que fue un día antes del ciclón, no he vuelto a ver girasoles. Aliviada —no por la desforestación sino porque sé que nadie va a llegar a la escuela al día siguiente con girasoles— regreso a casa con las manos vacías. Sin embargo sigo crispada con la osadía de la maestra que asume que de lunes para martes puede exigir hasta papel de cocina cuando ni siquiera tenemos papel higiénico.

 

 

 

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