Segunda semana

octubre 17th, 2017 § 0 comments

 

Primer día de escuela. Esperamos en el patio a que llamen a los diferentes grupos. Las niñas están nerviosas. K, la pequeña se agarra de mi brazo con fuerza y con discreción se enjuga las lágrimas de nervios escondiendo su carita en mi pecho para que no la vean sus futuros compañeros de clase. T, la mayor, me sorprende y, luego de haber expresado un alto grado de ansiedad durante las semanas próximas a nuestra mudanza, se comporta con soberano sosiego.

Saludo a sus maestras, las dejo en sus respectivas aulas y me voy con el corazón apretado. Llego a casa. Es el primer día que tengo para organizarme, para trabajar, pero cuando me siento frente al ordenador me es imposible concentrarme. Tanto ha ocurrido en tan pocos días que no sé ni por dónde comenzar. Me tumbo en la butaca y abro Esperando a los bárbaros de Coetzee, novela que no había leído a pesar de que lleva tiempo en mi lista y de que conozco gran parte de su obra. Me engancha enseguida. Han detenido a un viejo y a un niño y los guardias los acusan de haber estado involucrados en un robo de ganado. El viejo le explica al magistrado que ellos no han tenido nada que ver con el robo y que estaban de camino a verse con un doctor porque el niño tiene una úlcera en el brazo que no se le cura. Sigo leyendo y todo lo que viene es horripilante muy a pesar de que el magistral se apiada de la situación y de los llamados bárbaros. El pensamiento más espantoso es aquel donde un niño sufre y es física y emocionalmente maltratado, que es precisamente lo que le sucede al niño.

Cierro el libro y hago una lista priorizando proyectos pendientes, llamadas que debo hacer a mis editores, objetos que debo comprar para la casa, abastecer el refrigerador de nuevo, mandar a hacer una cama porque en el cuarto de las niñas sólo hay una, revisar un manuscrito. En fin, lo cotidiano y lo intelectual a partes iguales.

Pasan los días y se termina la semana. Las niñas están rebasadas con tantos deberes escolares y en una lengua académica que no es a la que están acostumbradas. Pero han hecho amigos y adoran a sus profesores. Diseño un plan para el fin de semana que incluya mar y diversión porque han trabajado demasiado tarde y noche cada día después de la escuela. También yo estoy exhausta y resentida porque sin mi ayuda constante no podrían con tanta tarea y no me resta tiempo para otra cosa que nos sea ellas.

El sábado vamos a la piscina natural del Copacabana. Es uno de nuestros sitios favoritos. Lleno de italianos y cubanos nos damos un chapuzón y con las máscaras vemos peses, erizos, cangrejos. En la noche vamos al Gran Teatro a ver a la compañía de danza de Carlos Acosa. Un espectáculo estupendo, fresco, cautivador. La cultura aquí es accesible y le sacamos provecho. A las semana siguiente volvemos al mismo teatro a ver a Rufus Wainwright con Carlos Varela de telonero. Es un momento mágico ver a Rufus en vivo. ¿Quién se iba a imaginar que fuera aquí en La Habana y tan cerca del escenario? Canta casi todas mis favoritas además una versión un tanto forzada pero igual emocionante de Drume Negrita. Le pudo haber quedado mejor y habría sido algo maravilloso porque lo menos que uno se imaginaría es su voz de lares tan lejanos profiriendo amenazas sobre un babalao que da paupau.

En su discurso, Rufus habla sobre el payaso naranja y su ilusión de que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos sigan estrechándose. Aunque todo parece indicar lo contrario. Ahora para colmo el incidente en la embajada americana. Rufus además hace hincapié sobre la falta de derechos para los homosexuales en Cuba y en varias ocasiones trae a colación a su marido que está sentado en el público. Mi hija mayor T queda hechizada.

Salimos del teatro y tomamos un taxi. Nos metemos por Neptuno y allí llegando a Galiano vemos a unas muchachas conversando que arrastran un cargamento de papel higiénico. Frenamos en seco y mi amigo les grita desde la ventana cuestionando dónde lo habían conseguido. Nos dicen que en La época, que está ahí mismo en la esquina. Cuando nos acercamos a la tienda ya ha cerrado.

Llegamos a casa cautivadas aún con Rufus pero sin papel higiénico.

 

 

 

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