La Habana: Semana 1

octubre 17th, 2017 § 0 comments

Aterrizamos en el aeropuerto José Martí un martes al mediodía. Corremos con suerte porque no hay colas para atravesar seguridad y las maletas salen rápido. No siempre es así y a veces hemos tardado hasta dos y tres horas.

El apartamento que sólo hemos visto en fotos y no estábamos seguras de qué esperar, nos agrada. Los muebles son anticuados y los aparatos eléctricos están viejos y poco a poco habrá que cambiarlos, pero el espacio es amplio, luminoso, con un balcón en la cocina y una azotea cuyas vistas son inmejorables.

Soltamos los bultos, almorzamos algo que mi tía nos ha cocinado y en silencio pasamos la tarde y la noche acomodando las pocas pertenencias que hemos traído. Las sensaciones son intermitentes. Risas, lágrimas, preocupaciones, dudas, inquietud, excitación.

De vez en cuando nos timbran las abuelas para darnos el parte sobre Irma que ya parece que su pasada por Cuba será inevitable. Al día siguiente nos vamos de compras pues no tenemos ni azúcar en casa. Los mercados son bastante distinto a lo que estamos acostumbradas, además ya la gente, alertada sobre la entrada del ciclón por oriente, forman colas de terror. No me sorprende pues he vivido otros sustos de huracanes en Miami y en Nueva York y sobre todo en Miami la gente entra en una especie de estado de pánico visceral como si fuese a acabarse el mundo. A mí me han tocado varios comenzando por Andrew cuando era una adolescente y que dejó mi casa sin corriente un mes y medio.

Mi suerte adversa con los huracanes es cabal y no me queda duda de que Irma aunque no pasase por La Habana actuará como tal. Viviendo en Miami varias veces una tormenta tropical me tumbó la corriente y el teléfono varios días. Con Vilma fueron dos semanas. Salí huyendo de Xcaret por gusto porque Katrina me siguió los pasos hasta Coconut Grove y con una niña de un año y medio y otra de cuatro meses estuve en la oscuridad un mes y medio. Por no hablar de la avalancha de mosquitos que se desató por esas fechas en los Everglades que para ir de la puerta de la casa al carro teníamos que cubrirnos con mantas y correr. En el otoño del 2012 Sandy peinó a la ciudad de Nueva York y el agua que inundó al túnel de Brooklyn se filtró en el edificio donde vivíamos destruyendo por completo el sistema eléctrico. Tomó dos meses reemplazarlo y ya cuando por fin recuperamos el apartamento había llegado el invierno.

Así pues, le damos frente a Irma sin dejar que el temor nos domine. Hiervo toda el agua que puedo y lleno cubos, pomos plásticos y calderos. Compro huevos, papas, leche en polvo, media docena de paquetes de pasta e igual cantidad de cajitas de salsa de tomate, pan, una barra de guayaba, Nutella, ajo y cebolla. Con eso y gas sé que puedo surtir un menú variado por un par de días. En víspera de Irma preparo una cena como si fuese la última y nos vamos a dormir con la barriga a punto de explotar y el aire a condicionado a todo dar especulando lo peor.

Al día siguiente ya han cortado la corriente. Por suerte el gas no lo han quitado y los tanques de agua están llenos hasta el tope. Las abuelas se han trasladado a la casa de mi tía la que vive cerca de mí. Mi otra tía vive en Santa Fe y ha decidido pasar el ciclón allí. La inundación ha sido de casi dos metros de altura y a causa de la platea en los siguientes días de luna llena se le vuelve a inundar la casa dos veces más esa misma semana. Todos ayudamos a sacar el agua con el haragán o la escoba y luego a limpiar y desinfectar los pisos, paredes y muebles pues el mar que ha entrado venía arrastrando además con todo lo que ha encontrado en su camino.

Las niñas, con una resiliencia y disposición admirables, no se quejan y asumen con naturalidad este nuevo capítulo. Pero hay cosas que comienzan a perturbarme. El papel higiénico es una de ellas. Se ha perdido, dicen en la calle y no lo abastecerán nuevamente hasta noviembre clarifican por la tele.

El calor es memorable. Las sábanas amanecen empapadas en sudor. El tanque de agua baja a pasos agigantados y eso que hemos conservado a conciencia pero ya lo que queda es un filito.

Ya vamos por cuatro días. Sentada en la sala miro fijo hacia el techo e intento valorar mis opciones en los próximos días sin agua y corriente. Todo en el refrigerador que tanto trabajo me costó conseguir se ha arruinado y el agua potable comienza a escasear. El tanque en casa de mi tía está vacío y ya varias veces les he subido cubos de agua desde la cisterna.

Dormito ya que con este calor no puedo ni leer. Las niñas juegan yaquis a mi lado y esas voces alegres en medio de tanta adversidad me mantienen fuerte. De golpe me fijo que la luz fría está encendida y al instante escucho una ola de gritos por todos lados celebrando que ha entrado la corriente. Dos horas más tarde la quitan pero luego regresa a la media noche y por fin restablecen la electricidad.

En apenas unas horas se cumplirá una semana de estar aquí en La Habana y ya parece una eternidad.

 

 

 

 

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