Cosas que suceden dentro de una cueva

marzo 5th, 2013 § 0 comments


—No era la que buscabas, pero ya estás atrapado.

—Era la que buscaba, pero no has impresionado a nadie.

—Sientes una repentina claustrofobia causada por aquellos apagones de otros tiempos e inmediatamente buscas luz.

—La humedad te empapa de la forma más cruel, tiemblas de tal modo que consigues que te expulsen. Una vez fuera ya no podrás regresar. ¡Qué dilema!

—Estilo hotel California, una vez dentro ya jamás podrás salir (entrada sin salida: no seas miedoso, tú puedes).

—Entras, te sientes a gusto, hasta podrías decir que feliz, cuando de golpe algo insospechado ocurre, algo que te va a costar caro.

—Pensabas que sólo ibas de pasada, pero no, la invitación se extiende.

—Te pierdes ahí dentro como un ratoncito a media noche.

—Te resbalas y no consigues volverte a colar. Sigue esforzándote porque afuera la cosa está que arde.

—Te dan ganas de explorar otras cuevas unos minutos, o unos segundos, sólo para investigar, por pura curiosidad. Que no se te ocurra porque no podrás regresar a la de antes nunca más.

—Anhelas ser el único, pero sabes que otros también buscan guarida en ese mismo lugar.

—Una vez dentro te encaras con otros amigos y enemigos; alguien tiene que salir.

—Tienes grandes planes, ingresas con ilusión, pero ahí ya nadie te espera.

—Lo habitual, entras, te despojas de todo lo que llevabas y aún así no es suficiente… ¡hay cuevas exigentes!

—La apertura es pequeña y descubres que como único lograrás tu objetivo es forzando una entrada. El riesgo es tuyo, atente a las consecuencias.

—La apertura es normal, aunque la sequía es tremenda. Lo mejor será que traigas tu propia cantimplora.

—Cada vez que entras aseguras que vas a regresar más a menudo, y luego resulta que nunca cumples tu promesa.

—Te cuelas asustado porque sabes que últimamente has visitado otras cuevas anónimas y podrían descubrirte si te descuidas.

—El horno no está para galleticas, así que métete ya de una buena vez por todas y lleva a cabo la transacción antes de que se arrepienta la cueva. No olvides que cueva rabiosa es cueva peligrosa.

—Introduces a alguien más (tal vez hombre, tal vez mujer), bien sabes que eso no va a resultar y tal vez termines perdiendo tu cueva.

—No te agrada su aspecto enajenado ni su tacto áspero; quisieras, si pudieras, hacerle unos retoques… Pero cuando inspeccionas su interior descubres que has llegado a un sitio tibio, placentero, cómodo como la casa de la abuelita, claro que sin la abuelita.

—Tenía buen presencia por fuera, sin embargo, una vez dentro la acogida ha sido poco hospitalaria. Te sientes maltratado, humillado, abandonado, solo solito.

—Persiste un olorcito que no te convence, pero la naturaleza no se pueden cambiar… ¡tápate la nariz!

—Descubres la cueva de tu vida por pura casualidad, hecha a tu medida, con buen clima, mala iluminación (como siempre la soñaste), para ti solito, para siempre. Te enamoras a primera vista, por fin te decides, la visitas y te sorprende cuando te das cuenta de que todo allí es perfecto y que esa es la mejor cueva de la historia de las cuevas. Te instalas de manera permanente y vives tu gran final feliz.

Por Grettel J. Singer
Texto previamente publicado en Tumiamiblog, extraído del libro Mujerongas.

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