Magia potente

enero 23rd, 2013 § 3 comments

La otra noche V. se animó a ir a ver una demostración de la danza, sus técnicas y en especial las coreografías atemporales de la escuela del gran José Limón que ofrecían en el Americas Society. Fuera de su trabajo y la visita mensual que le hace a su madre, V. rara vez sale de casa. Desde pequeña quiso ser bailarina, dejar que su cuerpo cediera a las señales de los movimientos que enviaba su cerebro de manera intuitiva, y que aún hoy, ya toda una mujer, sigue considerando fundamentales para su bienestar. Su padre no permitió que asistiera a la escuela de ballet. A pesar de que poseía aptitudes sobresalientes para el baile y la habían aceptado, consideraba que era una carrera o más bien una forma de vida inadecuada; el toqueteo constante por parte de los hombres era su argumento principal.

Al cumplir los 30 años se decidió a tomar clases en un estudio de ballet clásico, aunque sin ninguna intención de saldar cuentas con aquella inquietud de antaño, tan solo se dejó llevar por un intento fallido que aludía a aquello del dicho: nunca es tarde. Se compró las zapatillas indicadas, la talla más estrecha de la tabla, para ser exacta. La dependiente, maravillada, le aseguró que nunca en sus años de vendedora de accesorios de danza había conocido a alguien con pies tan delgados, y mira que había vendido zapatillas de ballet, agregó. En efecto, sus pies son menudos y por lo general los zapatos le bailan. Además, son planos y con el empeine alto en desproporción. Por consiguiente, le molesta casi cualquier tipo de calzado y suele padecer de dolores si ha tenido un día ajetreado. Curiosamente, algo similar le comentó una empleada de Victoria’s Secret hace algún tiempo cuando le tomó las medidas del busto explicándole lo improbable de la dimensión (en dado caso) exuberante según su peso y altura, aunque las fotos lo desmientan. Era una buena noticia, naturalmente, casi ninguna mujer que no se ha aumentado los senos tiene la suerte de utilizar un sostén que mida 32C, aunque sean tetas que han amamantado a varios niños y a un puñado de hombres.

Volviendo al tema de los pies, V. comenzó a tomar clases de ballet en aquel momento, aunque obstáculos fue con lo que se tropezó, y un alto nivel de frustración tanto en lo personal como aquel manifestado por la instructora. Demasiadas normas y restricciones, por no hablar de la disciplina que se exigía aún cuando la clase era para principiantes y que ella fracasaba sin un mínimo de moderación. Demasiado francés, demasiado tarde, supuso entonces. Para V. el baile era algo que le venía natural cuando se encontraba a solas, pero frente a un público su talento se desvanecía por completo.

La danza, de cualquier estilo, clásica, moderna, contemporánea, había sido y seguía siendo para ella el puente que unía las matemáticas y las emociones. De hecho, consideraba desde niña que la danza era la matemática  de las artes. Es increíble lo que le sucede al cuerpo de una bailarina, uno los reconoce de inmediato, se decía mientras se cepillaba los dientes y luego se pasaba el hilo dental intentando no fijar la vista en un nuevo grano que se le estaba formando en la misma punta de la nariz. La elegancia, la delicadeza, la postura, la seguridad de poder transmitir las alegrías, las penas, los temores, el desasosiego, la desavenencia, los conflictos humanos más profundos, es el secreto más guardado que V. atesora y su arma invencible para combatir con lo predecible que suelen ser sus días. Su cuerpo desarrollando un argumento o a veces sencillamente llevando a cabo demostraciones impresionistas mediante gestos es y había sido para V. de una pureza incomparable que le proporcionaba una suerte de escape, una manera de ser libre, absolutamente libre. Un lenguaje que habría de ser el más antiguo y legítimo del resto, la magia desplazada a través de un organismo en función de un sentimiento tan abstracto que de otra forma sería imposible exteriorizar.

Esa noche V. había llegado a casa inspirada, con ganas de crear alguna coreografía. Luego de las muestras que vio en la presentación, deseó fundirse en el baile, tallar o más bien esculpir el espacio diminuto que es ahora su casa. Como la masa que es y el grueso que lo compone, fue sacando y moldeando, puliendo con gestos y movimientos, fue obrando sobre el material invisible y formando una escultura, una pieza movible que trasportaba de un lugar a otro los estados de ánimos más intensos y extraordinarios al cual su cuerpo podía someterse de la manera más natural y sutil. La tristeza suele provocar ese comportamiento en V., el malhumor también, y el vino, ni hablar. Necesita, en principio, padecer de algún estado tóxico o melancólico, que al exorcizarlo se convierte en una especie de felicidad impetuosa y rara para quien no conoce esa faceta suya que hasta a ella misma le asombra cada vez que la usurpa.

Es lo suficiente talentosa. Es decir, posee facultades inexplicables para el baile, aunque nadie lo sabe, porque en efecto, nadie la ha visto bailar de ese modo y con semejante capacidad. Pero sí que puede, y ella lo sabe, le consta que hace de su danza una exposición noble de ritmos equilibrados cuyo resultado es un testimonio inmaculado, como una instalación en constate movimiento que va relatando un suceso imprescindible cada vez que gira. Cuando V. baila, se suspende en el aire; sus intrincados pasos y majestuosos saltos son de gran fuerza y resistencia. El cabriole, el échappé sauté, el entrechat son altos y lentos, es decir, mágicos. ¡Ay, verla bailar es un regalo de los dioses! Como toda bailarina, cuando ejerce está en busca de algo, esa constante exploración que va formando al compás de un ritmo se vuelven anécdotas, países, continentes, mientras sus brazos delgados y piernas fibrosas se extienden, se aflojan y se contraen en el espacio marcado.

V. respira profundo y deja que sus músculos se relajen en lo que espera a que el mundo se desprenda de ella. Hace sonar las mazurcas de Chopin y cae en un trance hasta la madrugada. La energía, la euforia que se impone es tal que le parece estar en un escenario frente a un público inmenso. Incorpora en su danza una rumbita y hasta unos pasos de chachachá, imaginando seguir las técnicas innovadoras de José Limón. Le habría encantado ser una de sus estudiantes. Isadora Duncan, por ejemplo, sin la afinidad por el comunismo, las tragedias personales o su horrible muerte, naturalmente, aunque elegante, sin duda. Esa sí que era una bailarina de primera, con un final de primera también.

En la danza V. encuentra una definición del silencio como en ningún otro ejercicio. Lo que sucede a su alrededor cuando es poseída es algo maravilloso. Cada gesto que va componiendo una coreografía es como el texto de una página que le va dando estructura, forma y volumen a un libro, a veces predecible y a veces experimental, pero siempre con una narración detrás que es tan real como imposible. V. esconde esa pasión y sólo la comparte con sí misma. Pero sí, en efecto, V., la simple contadora de una pequeña firma, que pocas veces se le ha escuchado hablar es además una bailarina aficionada, aunque bien podría ser una profesional de alguna compañía de baile importante.

V. se mira al espejo para estudiar ese cuerpo que va dejando el legado de su propia vida en escena sin saber cómo o por qué, guiada por el deseo habitual y sin ninguna esperanza de reconocimiento más que su propia necesidad de corresponderse y de entregarse a una misión que es vital únicamente en su mundo. Y claro, termina por reventar con sus delicadas yemitas ese grano impostor.

Por Grettel J. Singer

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