A propósito de las fiestas y el consumismo

diciembre 12th, 2012 § 1 comment

Durante la época de los Reyes Magos, a principio de enero, el mercado cobraba vida y se convertía en una especie de juguetería, aunque claro con ciertas restricciones. Los días previos a esas fiestas eran los más esperados y angustiosos para un niño en todo el año. Dos semanas antes todos los niños del barrio elegían en un sorteo un trozo de papel con un número entre el uno y el seis; no sin antes hacer una cola infinita, porque La Habana era sin duda la ciudad de las colas. Si en el sorteo de Reyes a un niño le tocaba el número uno, se había sacado el premio gordo o algo parecido. Eso quería decir que el primer día que abrían la juguetería podía ir a elegir sus juguetes que eran sólo tres por niño: un básico, un no básico y un dirigido (es decir uno malo y dos peores). Si le salía el dos iría a escoger juguetes el segundo día, cuando la oferta ya había mermado. Y así sucesivamente.

Durante los años que vivió bajo ese sistema, el mejor número que le tocó fue el tres. A su hermano Julio el dos. Ese año Ofelia le advirtió a Julio que podía elegir sólo dos juguetes y exigió que el tercero (por supuesto no básico) le tocaría a Amalia, a quien ese año le había tocado el número cinco. Gracias a ese intercambio Amalia consiguió un juego de tacitas de lata, todo una belleza.

Era un sistema aparentemente justo y organizado, que en el caso de Amalia no funcionaba porque jamás le tocó ir a comprar el primer día. Sólo ese día y en el turno de la mañana, era cuando se encontraban los mejores juguetes: las muñecas más lindas (si es que habían llegado muñecas), las bicicletas, las coquetas, etc. Ya al segundo día no quedaba nada que diera la misma ilusión; y el resto tocaba elegir una pelota de goma en dos colores y una suiza para saltar o un juego de yaquis. Después hasta el año entrante. Era algo devastador porque además de sacar el mejor número, también había que hacer cola, otra diferente, y esta comenzaba días antes de la apertura de la tienda. Era común encontrarse dos y hasta tres colas bifurcadas bajo aquel sol devastador. El número uno no garantizaba mucho tampoco; había, además, que ser el primero en la cola de la mañana si se quería, por ejemplo, conseguir una bicicleta.

Amalia no se quejaba, siempre tuvo juguetes y muñecas, muchas heredadas, casi siempre calvas o mancas o tuertas. Se sentía privilegiada porque algunas de sus amigas no tenían tantos juguetes como ella y su hermano Julio. Lo que nunca logró tener y siempre anheló fue un cochecito para pasear sus muñecas por la cuadra. Se moría por uno. A veces se inventaba algo parecido a un coche con una caja de cartón que su padre había tirado en el depósito, y le ataba una soga y lo arrastraba por el barrio con alguna muñeca dentro; y era feliz e infeliz al mismo tiempo, porque con tal de llenar esa satisfacción se ponía en una situación embarazosa, aunque nadie más que ella veía la situación tan tétrica como en realidad era. De niña el único cochecito de muñecas real que pudo ver fue el que unas vecina se habían traído del extranjero: no las dejaban sacarlo a la calle para que no se les estropeara, y sólo lo había visto de lejos.

De todos modos de niña no sufría demasiado por esas carencias. Recordaba su niñez como una época feliz, y a pesar de su padre, de sus modales pedantes y sus crisis de furia y malhumor, pese a las necesidades que luego hasta le causaban risa, no fue una época mala del todo. Eran más los recuerdos lindos que tenía de aquellos tiempos, o tal vez prefería bloquear los incidentes indecorosos o transformar los negativos en positivos, sólo para protegerse.

Por Grettel J. Singer
Fragmento de Tempestades solares, novela inédita

Imagen de Sally Mann

§ One Response to A propósito de las fiestas y el consumismo

  • ketty mora dice:

    qué hermoso, grettel, como tienes el don de sublimar cualquier cosa. y el paseo por aquellos tiempos, priceless. yo nunca cogì muñeca, pero cierto año en el que mi mamà se sacrificò mucho y durmiò màs de una noche en la cola me pudo tocar un cochecito y un oso de peluche, al que por supuesto paseaba en el coche. lo que siempre quise pero nunca tuve fue un juego de té, asì es la vida, hubiéramos intercambiado.
    qué ganas de leer tempestades solares!

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