El hombre y el miedo

abril 29th, 2012 § 8 comments

Le preparas un café y se lo llevas a la cama. Te tumbas a su lado y le pasas la mano por la espalda, le das un suave masaje próximo a los riñones, donde insiste el filo de una punzada clavada desde hace ya meses. Lo mimas, le demuestras un camión del sosiego que tanto le urge a ese hombre marchito, a punto de expirar, que ha sido a veces un ser mezquino pero también tu padre. Dejas que te hable de todo lo que le falta, ni siquiera se le ocurre enumerar lo que le gustaría tener, sino lo que ya nunca más tendrá. Perder a veces es más necesario que ganar. Y tú ahí, tan llena de vida, de planes, de amor. Pero qué descompensada te sientes, qué tristeza tan profunda ver la derrota definitiva de un ser humano, la suya en particular, porque aunque con desfachatez e irremediable desquicie, ha sido la pura encarnación de la vitalidad, la plenitud, la pasión y la devoción, y a causa de esas inclinaciones, aunque afligida, le guardas respeto.

Su piel verdosa y reseca se deja comer por heridas y grietas. Le untas aceite de almendra y con las yemas de tus dedos das pequeños toques mientras diseminas la grasa, casi la estiras como una piel líquida e invisible que cubrirá la otra tan maltratada. Más bien son casi caricias, ya hoy en día cualquier acercamiento es doloroso. Le peinas el cabello, que no es mucho y lo que queda está estropeado, requemado por la cantidad de terapias y tratamientos químicos, venenosos, a los que milagrosamente ha sobrevivido durante todos estos años sin el menor esfuerzo, convirtiéndose en un caso para ser estudiado, aseguran los médicos. Es lo único que se atreven a asegurar en esta etapa final.

Nada de lo que digas o pienses podría interesarle, importarle o al menos motivarlo, que es a fin de cuentas tu propósito. Él se ha convertido en una especie de válvula de escape: salida sin entrada. Suelta códigos y quejidos. Aborrece tu intelecto intacto y sólo le interesa recibir tu energía y tu serenidad, aunque se te escapa la nostalgia, que no puedes evitar y que es como un mecanismo para no enloquecer, para poder seguir sirviendo de muleta que acompaña a un moribundo hasta el borde del abismo que cada vez está más cerca. ¿Y qué harás cuando le tengas que dar frente?

Lleva en las malas casi una década y en las últimas un par de años, pero ahora definitivamente se encuentra en las últimas-últimas. El dolor agudo cuando es ajeno sólo se puede comprender mediante la compasión, y aun así es una compresión que se constata a ciegas, calculada a través de un sentimiento fuera de nuestro alcance y de nuestra realidad, pero cuyas normas nos han pasado de generación en generación como herramienta que nos permite ofrecer atención y cuidados a quien perece lentamente de una enfermedad tan brutal. No existen las referencias sino una especie de misericordia que reúne y ubica con una cierta prioridad aquellos elementos innatos de supervivencia con los cuales podemos contar para no desplomarnos del todo en vista de la adversidad que se aproxima… y, cuando él te mira con esos ojos llenos de miedo.

Los días se resumen de una forma muy parecida. Llenas la botella de agua del tiempo —la fría le quema la lengua y el cielo de la boca—, cuelas un café, preparas una taza de leche con chocolate, calientas una sopa que seguramente dejará a medias. El aseo personal, las citas médicas, los tratamientos casi inútiles, los traslados de un lugar de la casa al otro, la lucha perenne con los olores. Ya la cocina ha dejado de cumplir funciones, y más bien los alimentos se preparan y se cuecen en una hornilla ubicada en el patio lejos de las puertas y las ventanas para controlar los malditos olores, los que en otro momento lo hacían salivar, porque además de enfermo también ha sido un goloso y un gozador.

Siempre pensaste que los finales estaban llenos de intervalos fundamentales, de conversaciones decisivas, de despedidas inolvidables, pero en fin, has comprobado que los finales son abruptos e inconsistentes, y por naturaleza imperfectos. Deberías aclarar las cuentas, cuadrar la caja. Supones que ese es el consejo de quien no cuadró su caja o de quien nunca ha atravesado una situación similar. ¿Qué podrías decirle a un hombre que cada bocanada de aire que intenta aspirar es como un azote? Lo sensato es escuchar, asimilar su desdicha con resignación ya que él no lo consigue.

Te mira con detenimiento y titubea sobre un asunto. Hay cosas que debe decirte, aunque no sean las que tú quieres oír o las que necesites saber. Abre los ojos casi en un estado de demencia y habla en términos de meses y de semanas; a más no se atreve, ya los años han dejado de contar, de ser relevantes en su vida. Las observaciones y reflexiones de los enfermos terminales son muy parecidas a las de los niños, inspiradas en fantasías y en lo imposible, descartando el factor más importante: el tiempo, que va y viene como una suerte de viento caprichoso.

Lo invade nuevamente una fatiga y descansa unos minutos. Luego te explica cómo ocuparte de algunos asuntos referentes a tu madre. Quisieras, si pudieras, llevarle la contraria, aclararle que lo que no se hizo en vida ya no vale la pena gestionarlo en medio de apuros, que el momento para resolverlos fue otro. Tal vez algunas cosas se podrían aclarar, solventar, pero a él sólo le preocupan las que no tienen solución, las que de hecho se necesita una vida entera para reparar. Maldita arbitrariedad. Te desgarra su cobardía y al mismo tiempo sabes que no tendrías la fuerza que desde tus adentros le exiges a él para obrar de otra forma si estuvieses en su lugar. El miedo ahora es un monstruo gigante, es como un demonio que se ha apoderado de él por dentro y por fuera.

Enojo es lo que te sobra estando ahí. Teniendo en cuenta que él es el moribundo, intentas controlarte. Lo conoces y sabes que ahora, precisamente en el último instante prefiere tomar un atajo, poner orden, arreglar en un segundo las décadas que han transcurrido y que para ti han sido como una eternidad. No se trata de un gavetero desordenado que con desmontarlo y volver a montarlo las piezas caen en su lugar sin el más mínimo reparo a la última vez que abriste esa gaveta. Juzgarlo de esta manera te abochorna. ¿Te atreverías a ser honesta y enfrentarlo, a desviar sus ideas enloquecidas hoy mismo y a llamar cada cosa por su nombre ahora que lo tienes frente a ti? Permaneces absorta en la paciencia y especialmente en el momento. Lo que más te irrita es la forma en que te trata, como si fueras una extraña o una compañera de trabajo, y nada de lo que diga podría afectarte, pero te afecta, porque aquella preocupación del desenlace que está a punto de ocurrirle a tu madre, también te ocurrirá a ti. Tú, al igual que ella, estás a punto de perderlo, y él continúa ignorando el efecto de esta pérdida, como tantas otras cosas a través de tu vida.

Es demasiado, tu cuerpo no sabe qué hacer, aguantas un poco más. Se te llenan los ojos de lágrimas y las enjugas discretamente. También el sudor que te corre por la sien y el cuello. Allí en su habitación hay mucho calor, pero él siente frío; es comprensible.

Mientes y vuelves a mentir. ¿Qué sentido tiene llevarle la contraria? Sonríes con ternura, enderezas el cuello de ese pijama que lleva algún tiempo siendo su más preciada indumentaria, y desvías el tema de conversación a uno no menos desagradable pero en todo caso más habitual. De vuelta a los quejidos, a las anécdotas de otros enfermos en peores condiciones que la suya, al círculo vicioso de un dolor tras otro, la falta de aire, los escalofríos, las fatigas y los decaimientos, la inapetencia, y sobre todo, la impotencia, el malestar en cada zona de su cuerpo, el tormento en la cabeza, el desafío de cada mañana y cada día que debe enfrentar lleno de dolencias, porque por más insólito que parezca ése es el tema que a él más lo consuela, y de esa misión nadie puede librarte.

§ 8 Responses to El hombre y el miedo"

  • Medea dice:

    Se lo que es eso, es una impotencia con rabia, con lastima con dolor, con rechazo incluso al amor que se siente. Es muy muy triste y vital a la vez y cuando pasa deja un consuelo desconsolado que dura por siempre. Despues con el tiempo se inventan razones y olvidos. Pero cuidado con escarbar en el sentimiento, vuelve a salir como el primer dia. Y una se pregunta por siempre hice todo lo que pude haber hecho? Pero asi es la vida y hay que seguir adelante con alegria y ganas de vivir.

  • Mariana dice:

    Yo, como siempre, derrumbándome con un detalle: el aceite de almendras me ha hecho perder el aliento.

  • angela valella dice:

    QUe mas puedes decir si estamos del otro lado. Cuando pasa el instante te queda la existencial soledad que se revive al leer este cuento.

  • angela valella dice:

    Y si que hay miedo! Muy buen titulo.

  • Adelina López dice:

    Amiga…eres especial…

  • raffaello dice:

    bella historia…life is suffering

  • gjs, lo he estado pensando unos días y creo que, lo más importante acá fue la decisión de separar al “hombre” del padre y utilizarlo como tal, en el título y el texto… de haberle puesto “el padre y el miedo”, y tener que usar esa palabra hasta agotarla, el muro de la objetividad que estás tratando de construir hubiera sido muy difícil de saltar. a mí me pasa mucho esto –ahora que mi viejo está también en las últimas–, que el hombre y su constante egoísmo hacen casi imposible que vea al padre que fue, cariñoso y generoso, alguna vez.

  • isabel dice:

    Nos toca como mujeres ese trabajo de ayudar a sentir mejor a alguien que ya no deberia de estar en la tierra pero te preguntas como lo haces claramente, y mis sentimientos que?

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