Sorpresusto

octubre 12th, 2009 § 0 comments

Hace un par de mañanas se me hizo casi imposible salir de casa. De esos días que a uno todo se le desliza de las manos, los problemas se potencian entre sí, se extravía la llave del carro y se derrama el café recién colado en un vestido blanco de hilo que me priva y sobre los huevos que acababa de freír, mientras el inodoro está tupido y las frazadas para limpiar el agua desaparecieron. Llovía a cántaros, me tropecé con una mesa que me tronchó las pistolas, y eran apenas las 7:30am y ya llevaba horas despierta. ¡Maldición!

Eso me pasa por no irme a la cama más temprano la noche anterior.

Cada vez que me levanto con el moño virado y el mundo conspira desde tan temprano, temo a la condición maléfica que el resto del día me pueda deparar. Y siempre me urge comprender cómo esa cadena de sucesos insólitos e inexplicables se trenzará con las horas de mi larga jornada que con certeza estará abastecida de infortunio tras infortunio.

Decidí salir a trotar. Hacía días que no ejercitaba los músculos y sin dudas me hacía mucha falta. Ya había despachado a mis hijas en sus respectivos colegios y había cesado la lluvia. Así que con Ipod en mano y media dormida aún, abrí la puerta de la casa cuando para mi sorpresa y gran susto tenía delante un suntuoso dragón negro que me miraba seria y profundamente, con hambre tal vez. Quedé muy impactada por esa visita inesperada, realmente inesperada.

Un dragón negro, inmenso, con la panza violeta, las orejas y los ojos azul tornasolado, los faroles de la nariz dilatados, y hasta pueda que haya reconocido humo y alas moverse en mi dirección. La boca amarilla abierta a todo dar, la lengua larga y abultada y los dientes negros y afiladitos. A pesar de la escena tétrica no quedaba claro si sus intenciones eran bondadosas o malvadas. Era uno de esos dragones que su presencia te confunden y lo mismo pueden comerte de un bocado como convertirse en la mascota que te mima con privilegios y te pasea sobre su lomo de ciudad en ciudad, te rescata de las torres embrujadas y quema por ti a cualquiera que te eche una miradita un pelo menos que circunspecta.

Por su puesto, era un dragón buenazo y relleno de algodón. Pero por momentos lo dudé y hasta pensé que me iba a desayunar. Como que olvidé que los dragones no existían, al menos en este mundillo mío. Así era de grandote y severo, y prepotente también. Además, no sería la primera vez que veo una cosa que en realidad es otra. Total, a veces me pregunto si lo que entra en escena es realmente lo que hay, ¿pero para qué ponerse a metafisiquear a estas altura?…

Ya por la tarde, con peluche en mano y todas las otras bolsas que yacían cerca del umbral de la puerta de mi casa desde la noche anterior, decidí acercarme a la tienda del refugio a ayudar a reorganizar el desmadre que no hemos logrado superar gracias a las generosas donaciones recibidas durante estas semanas. Sí, el portal de mi casa es como un altar público que recauda y agradece las sobras de los demás. Porque en realidad nada es exactamente lo que es, y lo que para una persona se ha convertido en basura, se vuelve útil y necesario para otra. Es que eso del reciclaje es genial.

Sacar al dragón de casa no fue empresa fácil. En cuanto mis hijas lo vieron propusieron adoptarlo, pero una debe seguir los buenos caminos de la ética y la moral, y el dragón estaba destinado a encontrar el futuro que alguien planificó para él. Fue una pena porque realmente le habíamos tomado cariño.

La cuestión es la siguiente. Me llevé el dragón para la tienda y como había anticipado se vendió inmediatamente. Lo otro que pasó inmediatamente fue que mi suerte cambió, ni para bien ni para mal, sólo que a veces me parece que hay días que a uno no le queda de otra que estar atento en todo momento observando el entrono y aprendiendo a aceptarlo. Nada, de esas cosas incrédulas que suceden en fila y por orden y uno como testigo no se puede escapar.

El dragón se fue contento, con una chica que lo estaba buscando. Así, tal cual, entró a la tienda y cuando lo vio nos dijo que llevaba meses buscando a ese mismo dragón. Luego una señora entró a comprar algo que se encontraba entre las cosas que su hija había donado semanas atrás, pero que no debió donarlo porque se trataba de una reliquia que había pertenecido a sus antepasados. Reliquia que yo sostenía en mis manos en ese preciso instante pensando algo parecido y tratando de adivinar el precio correcto para ponerla a la venta.

Varios otros sucesos más o menos anormales acontecieron durante las horas que prosiguieron. Pero para no aburrir mejor voy directo a los más inusuales. Tres arco iris desplayados en el cielo como si se tratara de la cosa más normal del mundo. Luego leo que se pueden producir hasta trece arco iris de una vez, pero casi imposible ver más de dos a simple vista. Un árbol cayó en la autopista con raíz y todo, sin la ayuda de un viento ni otras fuerzas, al parecer. El carro que tenía delante se quedó atónito con la caída inesperada y no respondió a los bocinazos del carro que yo tenía atrás. Entonces la mujer (porque sólo una mujer se desquicia de ese modo) salió de su carro y se dirigió al carro del hombre atónito y le dio una bofetada y con la misma regresó a su carro con cara de satisfacción. El hombre increíblemente le dio las gracias y siguió su camino.

Llegué a la cena muerta de hambre. Hacía tiempo que no veía a las chicas de mi juventud. Un gusanito chulísimo se daba a la fuga con cierta pereza, y luego otro mucho más apurado, seguido por unos tres más pequeños que huían con prisa también, mientras mis amigas miraban mi ensalada alucinando y casi arrojan los tragos que habían consumido al ver aquél movimiento de cuerpos en la mesa. En mi celular tenía un mensaje importantísimo, otra amiga a quien le habían diagnosticado leucemia resultó sana. Ya no te vas a morir. ¡Qué suerte!

Al llegar a casa, exhausta con el resultado de mi día, besé a mis hijas que dormían serenas como dos hadas, excepto que desnudas las dos de pie a cabeza, cosa que mi esposo no pudo explicar ni esa noche ni las niñas a la mañana siguiente.

Y para colmo esa misma noche salí a caminar a Domingo y escuché, y no miento, palabras en su ladrido. Quiero casarme, me ladró Domingo. Pero es que los perros no se casan, le dije anonadada, justo en lo que pisaba la segunda caca del paseo, y ya no ladró más pero se quedó triste. Sentí de repente el cambio más inusual que se puede sentir en esta ciudad: la llegada del otoño. Otoño tardío, leve, mezquino, casi inadvertido, pero sin duda llegaba como aquel olorcito lejano de un pastel de manzanas que se escapa de alguna ventana.

Y me pregunto si son los cambios atmosféricos los que tienen algo que ver con esas situaciones tan inverosímiles que a veces me apabullan en conjunto en un mismo día, o si acaso es posible que en ocasiones nos volvamos temporalmente locos cuando vemos demasiadas noticias, no dormimos lo suficiente y trabajamos más de la cuenta, y de golpe se pierden todas las perspectivas, se confunden las visiones y se hace más fácil caer de soslayo en otras dimensiones, menos corruptas y más tolerantes que la maldita realidad.

Ilustración: Eduardo Sarmiento

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