De lo rápido que nos pudrimos y otras incertidumbres efímeras

julio 13th, 2009 § 0 comments

Mi madre es una mujer preciosa. Hay algo especial y sumamente fino en su mirada ligeramente extraviada y tremendamente dulce. Tiene un rostro exótico y tierno a la misma vez. Es pura finura y delicadeza, y en todas las etapas de su vida ha sido desmedidamente bella. Posee además un aspecto delicado, frágil y sin embargo, a través de los años me ha demostrado que la fuerza, la verdadera fuerza, no se puede adquirir sino en nosotras mismas.

Ahora que ya hemos crecido nos llevamos de maravilla. Hemos aprendido a respetarnos a pesar de nuestras diferencias y preferencias. Hablamos de los hombres con complicidad, compartimos anécdotas, consejos para combatir las arrugas y los pellejos que cada vez más nos imponen ese cambio de dirección que tanto nos disgusta a nosotras las mujeres. Pero no siempre fue así, y a veces su sola presencia me sacaba de quicio. Recuerdo que una vez en camino a casa, después de que yo la fuera a recoger a la oficina para evitarle el interminable viaje en el transporte público, ella venía repitiéndome la misma cantaleta acerca de mi futuro, como si de esa forma sus consejos llegaran a perforarme el cerebro para instalarse en mi manera de pensar y ella poder obrar a sus anchas. Entonces, harta de aquella persecución vi una señal en el camino. Un sistema de irrigación roto, una manguera que echaba agua con más presión que un sifón reventado, a doscientos metros del semáforo en el que me encontraba asintiendo con la cabeza a la típica descarga del pomeriggio, cuando macabramente abrí su ventana y no le avisé de lo que venía y ella por supuesto atrapada en otros asuntos ni se lo imaginó. Cuando le pasamos por al lado al chorro de agua, toda empapadadita y malhumorada, mi madre se me quedó mirando con las cejas tiesas y sumamente contraídas, y al ver que no me podía controlar de la risa, se dejó llevar por el momento, aunque luego en casa me echó tremenda reprimenda y hasta trató de castigarme, pero ya yo estaba muy vieja para esas salidas fáciles, entonces dejó de hablarme unos días hasta que se le pasó. Porque es muy cierto eso que dicen, todo pasa.

Mi madre siempre fue joven, en parte debido a la corta edad con la que comenzó a dar a luz. Aunque los buenos genes tampoco se pueden pasar por alto. Ha gozado de todas las bendiciones que una mujer puede desear: buena piel, envidiable tez, cuerpo y cara de diosa, además es inteligente, encantadora, ágil para desempeñar cualquier empresa por más descabellada que sea, con un espíritu virtuoso y principalmente armónico. Es una incansable trabajadora de la vida, y a veces despliega una sonrisa capaz de conquistar lo inconquistable. Es una mujer deseable, aún en estos días en los cuales su salud ha desmejorado notoriamente.

Fue entonces cuando detecté en ella por primera vez una especie de transfiguración, el cambio de una etapa a la otra. No me había dado cuenta, pero de repente me fijé en sus brazos sutilmente arrugados, la piel de sus pómulos, el cuello y el busto ahora se ajan al toque, su pelo levemente estropeado auque mantiene mayormente ese negro azabache que la distingue. Su cuerpo, aunque se mantiene firme y delicioso, se está convirtiendo en su nuevo cuerpo, el de una persona que comienza a envejecer. Cuando mi madre llegue a la tercera edad será una vieja preciosa, elegante, sabrosa, pero será una vieja, y en eso no había pensado nunca.

Desde ese día he comenzado a sentir el peso de los años como síntoma de una epidemia que deambula en todos los círculos. La veo escabullirse de los rincones, para reaparecer por agujeros secretos, lenta y despiadada, en busca de un ser más, de un objeto más, de un cualquier cosa más, y por lo visto no se conmueve con nadie, y sólo una fatalidad es capaz de tomarle la delantera.

Cuando era más joven y pensaba en el futuro veía la ancianidad como un estado optimo, el gran pago de la vida, el éxito y la suerte de llegar a la edad provecta, pero ahora que la juventud se escapa con insospechada rapidez, he comenzado a temerle al proceso, que para colmo es injustamente el más largo de las diferentes etapas de la vida. Porque con esta especie de pudrición se va todo río abajo con una corriente infatigable e incierta, y la belleza y sus derivados se transforman en conceptos quiméricos, en memorias y en la intención que seamos capaces de poner en este complejo sumario. Pero luego veo a las viejitas adorables, llenas de historias, de partos y de grandes amores, con sus baticas holgadas, dormilonas en las orejas y un suéter de algodón así se les derrita la nuca apenas salen al jardín, y me sorprende un ligero bienestar, esperanzado y complaciente, y aunque en su mayoría tengo esa sensación de transición en todo momento, un estado de aceptación se deja olfatear brevemente.

Horrorizada, le cuento a mi madre sobre mis descubrimientos, sobre lo triste que es dejar de ser joven y hermosa -porque cuando una comienza a madurar cae en cuenta que la gente joven es bella en intocable- y ella preciosísima, con sus ojos grandes e inquisitivos me mira y me pellizca los cachetes como cuando yo era niña, y tan optimista, con un tono muy elegante y refinado, y hasta un poco burlón, me dice que no me preocupe, que las mujeres son bellas en todas las edades, que lo que yo tengo es un estado tóxico que se alivia con una crema hidratante de esas tan buenas que existen hoy en día. Es la ley de la vida y nadie puede cambiarla, dice mi madre, y nosotras las mujeres no debemos perder la gracia ni la tolerancia, eso va muy bien con las canas y las arrugas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *