Wiccadiana

abril 27th, 2009 § 0 comments

Las Dianas son esenciales. Como las propiedades de la naturaleza, como los árboles del bosque, y más importante aún los arbustos de la gran ciudad, los que le dan ese toque aguantable a tanto bloque de concreto. Todos necesitamos por lo menos una para llevar una vida balanceada. Y si alguien se pregunta qué es exactamente una Diana, bueno, es eso mismo, una mujer que se llama Diana, obviamente.

Las Dianas que he conocido tienen algo similar, así como los sujetos del mismo signo o las tonalidades de un mismo color, ellas son de la misma sangre, de la misma madre, pero con encantos que las distinguen entre ellas mismas. Tienen algo de diosas y de pícaras, de despistadas y de traviesas, de ingenuas sin ser tontas. Lo saben absolutamente todo, aunque no lo quieran reconocer. Son una especie de cajita diminuta que uno abre y lo que se encuentra dentro es un elemento enigmático que no se explica por si mismo y que primordialmente emite frases incongruentes y cortadas que se parecen más a un dialecto desconocido que a la lengua que estamos acostumbrados, y que sin embargo con el tiempo se descubre una profunda relación lógica a todos los sentidos. Conseguir descifrar ese código impostor, raro y silencioso es difícil y requiere constancia, entonces puede que se te permita indagar un poco más allá, y es cuando caes en cuenta que esa cajita no es pequeña sino vasta y desbordada de incontables cualidades que se motivan y se multiplican con tu sola presencia.

Pero antes de que eso suceda, antes de conocer el valor de la Diana, normalmente se presenta la opción de cerrar esa cajita y evitar la tentación de descubrir el objeto misterioso, eso sería una cobardía innecesaria, un error. Lo aconsejable es abrirla y dejarte atrapar.

Las Dianas son acechadoras con la mirada, con el cuerpo, y con el silencio mayormente. Ellas son cazadoras por naturaleza y saben cómo llegar silenciosamente, ocupar la menor cantidad de espacio y encapsularte en su encanto para siempre. Mientras analizan la situación, se recrean sin timidez pero con medida y discreción, lo suficiente como para no hacerse notar. Mientras el ciervito que anda comiendo margaritas cerca de un lago en cualquier campo alegre, desconoce que la cazadora nos está mirando, observando cada movimiento, cada mordisco que damos, y ellas en ese mutismo absoluto que las diferencia y las cataloga como seres prehistóricos, llegan a conocer perfectamente bien a su presa. Prestan atención a los detalles mínimos, al ambiente que nos rodea, a los amigos, a los gustos que tenemos, a los males que sentimos. Por eso es tan fácil pedirle un concejo a una Diana, porque en todo ese tiempo que te ha conocido, te ha prestado una atención que no reconoces hasta que ese momento llega.

Las Dianas pueden llegar a intimidar, como no. Son de las que dejan profunda huellas en aquellos que nos dejamos arrastrar por su misterio. Son amigas, pero también son musas y amuletos mágicos. Son inalcanzable, así lentas como son, cosa que también las diferencia, sus parsimoniosos movimientos. Y sin embargo, no hay quien las atrape porque no se trata de eso, sino de dejarte atrapar. Las Dianas poseen una inteligencia inusual, en las matemáticas y en el arte especialmente. Son medidas en sus palabras y precisas en sus acciones, los bocetos no existen para ellas y todo ha de hacerse sin cometer un error desde la primera vez, como lo han hacho ellas por los años de los años. Poseen un gusto exquisito por los placeres de la vida, por la música y la comida. Comen lentamente y saborean cada etapa y forma que va tomando el alimento dentro de la boca. Para comunicarse es lo mismo, se toman su tiempo, lo hacen bien, aunque enredado, a su forma. En ellas es imposible reconocer la tolerancia por la mediocridad. Y la filosofía y religión que practican es normalmente un invento individual que ha surgido en ellas.

Son coquetas sin serlos. Los adornos con los que se acicalan tienen explicaciones importantes y nunca un detalle está de más.

Cuando se expresan lo hacen con un tono compungido y solemne, como quien está preparado para responder cualquier pregunta. Además, saben terminar oraciones que uno no logra comunicar. Si algo te preocupa, ellas saben cómo hacer limpiezas mentales.

Son salvajes y a la vez elocuentes. Por eso la asociación con los animales y el bosque. Poseen una fuerza física insospechada, son atletas por naturaleza, son hermosas y se llenan de un brillo inusual cuando son necesitadas y amadas.

Diana es un símbolo de la imaginación, la sensibilidad, la creatividad de todo artista. Son musas rodantes, mujeres que inspiran, que hablan de forma desorganizada y sin molestarse en terminar un párrafo comienzan tres y cuatro a la vez, y luego aquel caos va tomando forma y uno aprende a descifrarlas y a conectar las palabras y los conceptos. Cuando te dan un consejo, éste es sistemáticamente agudo y meticuloso, además productivo, sin caer en redundancias ni críticas innecesarias. Iluminan el sendero de la frustración y el aburrimiento mediante un aletargado silencio de vitales conocimientos. Son simpáticas y sus ingenios no dejan de sorprenderme. Tienen un sentido del orden absoluto. Todo tiene un lugar, y ellas saben dónde se encuentra. En medio de ideas confusas, con un simple gesto señalan la frase correcta, la que determina el por qué de las cosas y las situaciones.

¿Y yo me pregunto cuántas Dianas no existirán desperdigadas por el mundo? Pero ésta, de la que hablo hoy es “mi Diana” y lo escribo entre comillas porque esa y todas las Dianas que he conocido realmente no nos pertenecen sino que nos acompañan. Entonces, quien no tenga una Diana en su vida, que se ponga para eso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *