Una orgía de besos

abril 13th, 2009 § 0 comments

Cuando yo tenía 16 años vivía en un mundo mucho más pequeño que el mundo de los adolescentes de hoy en día. Es cierto que cuando me interesaba por el más insignificante misterio del universo, las historias de nuestros antepasados o la dirección de los museos en Paris, la gestión no era realizable al toque de una teclita diminuta; y aunque toda información de una forma u otra se manifestaba disponible, carecía de las diversas posibilidades de esa maravillosa conexión global con la que en su ausencia el mundo actual sin duda sería obsoleto e inoperante.

Me deslumbra ver la tecnología apoderarse con el totalitarismo de un ingenioso dictador. Ya conversar en realidad es chatear, los correos electrónicos, que era la forma más informal de comunicarse hasta hace un tiempo, es ahora una formalidad utilizada en casos específicos con datos importantes o enlaces a gigantescos documentos, y en cambio nos enviamos mensajes de texto hasta para terminar con una relación amorosa. Si no tienes un perfil en Facebook o en Twitter, comienzas a perder oportunidades de trabajo, el contacto con las amistades, porque obvio, es mucho más conveniente mantener un diario de tu existencia y asumir que todo el que te conoce lo está leyendo. Así es el mundo virtual, si no tienes una identidad la gente que te rodea te va arrojando al abandono, te dejan de enviar fotos de sus bebés, de sus viajes, ya no te enteras de las fiestas sorpresas entre tus amigos, ni lo que sucede alrededor de la ciudad los viernes en la noche. Es agotante seguirle los pasos a la tecnología, y por su culpa dependo tanto de ella como de las personas que me facilitan desenvolverme en tanto adelanto, porque por desgracia pertenezco al grupo de ineptos que sin la tecnología se desploma, y sin embargo no tengo la más mínima capacidad de resolver los problemas básicos que surgen en mi computadora, en la pantalla de mi carro, en mi ipod, en mi celular, y la lista continúa…

Para los adolescentes este es el mundo real, y no conocen ni conciben otra forma de llevar a cabo un día de principio a fin sin ayuda robótica, y de sólo imaginarlo consiguen asociarse con la prehistoria. En cierta medida me considero afortunada de haber vivo antes y después de la explosión tecnológica, y aunque ya soy parte de este nuevo mundo, recuerdo con nostalgia aquella sencillez en la que se desenvolvían los sucesos de mi vida. Era una joven sobreprotegida por mis padres, encarcelada en una burbuja llena del inevitable pánico que produce el exilio. Mis aburridas rutinas consistían en ir a la escuela y después al trabajo, pues había que ayudar a la familia a salir adelante. Luego regresaba a casa de noche y me ponía a estudiar o acabar mis tareas o proyectos escolares o caseros. De vez en cuando llamaba a una amiga o zigzagueaba por los canales del televisor para distraerme. Fuera de eso, mi vida era simple y predecible e increíblemente manual. Me perdía en libros y cintas de casetes o inventando con hilos y estambres por las horas de las horas. Los fines de semana también trabajaba, mayormente los sábados, y mejor ni menciono lo que hacía para ganarme la vida, ahora que por fin lo he suprimido de mis memorias. A veces, luego de mucho rogar, mi padre me dejaba en el cine y a las tres horas, como un agente policial, me recogía en la entrada. Mis padres me concedían permiso para ir a muy pocas fiestas, y normalmente consistían en tomar el té de cuatro a ocho de la noche en casa de una amiga. A los conciertos sólo podía asistir en compañía de mi hermano, quien odiaba chaperonearme y me resentía cantidad cada vez que llegaba Bon Jovi o Mötley Crüe en concierto.

Seguramente los tiempos siguen siendo iguales y las modas recurrentes, pero para mí han cambiado con soberbio rigor. La juventud de hoy en día tiene una acceso desmedido y exagerado a la información que me desconcierta por completo, y me asusta también.

Se me va acumulando la lectura, y a veces leo cualquier tarde el periódico de hace ya un tiempo considerable. Eso fue lo que me ocurrió la semana pasada con un artículo que encontré en el New York Times de hace unos meses que me llamó mucho la atención. Y es que la juventud de este milenio se expresa sentimental y sexualmente mucho más desinhibida que en mi época. No quiero decir que los jóvenes de antes fueran más inocentes o menos promiscuos, pero al menos con los que yo me crié no se veía lo que se ve ahora. Precisamente en ese artículo se hablaba de la sexualidad entre los adolescentes, y pone por ejemplo a Chile, país que a mi parecer era del más elevado recato sexual. Resulta que se ha puesto de moda un club para adolescentes de 14 a 18 años, exclusivamente para besarse. En la barra piden refrescos y chicharritas porque no es legal consumir alcohol a esa edad, pero en público es pasable que se aprieten y se besen hasta la sien. Ya no es suficiente con esos métodos de internet que se marketean mediante formulas diseñadas de modo irresistible y alcanzable para atrapar a los más inocentes, sino que existe además el lugar donde físicamente se pueden entregar a las exigencias del cuerpo adolescente. Esta desmesurada explosión de contenido explícito en portales y networks sociales que abundan en la internet, están modificando la forma en cómo vivimos y cómo nos comunicamos, e inevitablemente cómo nos enamoramos.

En estos clubs también organizan unos juegos, por lo que el informe dio a entender, macabros, donde los muchacho se dejan cubrir los ojos por un pañuelo y se paran uno por uno en el centro del escenario a esperar a que todo el que quiera lo abofetee, hasta el mismo dj, quien da por terminada la prueba del beso. A continuación ese muchacho podrá elegir para besar a la muchacha que le guste, y ésta no se puede negar, sea quien sea, es el pacto que se hace al cruzar por el umbral del antro. Estos locales se han diseñado para conocer gente mediante besos. En la pista, mientras brincan al ritmo de esos ruidos musicales, se echan un sofocante vistazo y si surge un mínimo chispazo ahí mismo se entrelazan en un extraño beso, luego se determinan las próximas bases y la posibilidad de una relación. Como todo lo moderno, gratificación instantánea, y si ese beso no es de un agrado mortal, no pretendan una segunda oportunidad.

Los chicos entrevistados consideran que este proceso innovador ha de convertirse en un modelo para otras sociedades, pues facilita el contacto con la gente de su edad sin tener que rendir cortejos a nadie. Me imagino a estos chicos viendo los vídeos de Sandro, Nino Bravo, Dúo Dinámico, se morirían por lo menos de la risa con tanta cursilería romántica. En mi opinión, no es que no comprenda que los tiempos cambian y la forma en que la gente se conecta también, pero ese primer beso para mí es un instante memorable que resume el misterio que hasta ese momento sentía por esa persona. Habría que probar, meterse en una orgía de besos y ver el efecto, tal vez hay algo ahí que me estoy perdiendo.

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