Desajuste mujeril

febrero 8th, 2009 § 0 comments

Encontrar un balance en nuestra vida es posiblemente una de la operaciones más difíciles que nos podemos imponer. En primera instancia porque el balance sólo se logra a través de la constancia, que es más o menos la misma rutina que mediante una existencia equilibrada intentamos evitar y que se logra solamente con esos pequeños actos espontáneos del diario vivir, siempre y cuando nada exceda o supere otros actos, los indispensables.

Digamos que la vida es como una maqueta abundada por todo lo bueno y lo malo, y una debe elegir a qué le va a dar importancia de manera eficaz y con cierta precisión para que al final del día o de la semana o cuando quiera que se saque el balance, la caja cuadre. Se debe llevar una dieta saludable pero saber cuánto de lo dañino se puede comer. Conviene hacer ejercidos para estar sanas y duras. Debemos pasar con la familia un tiempo adecuado que se pueda considerar como calidad y no necesariamente cantidad, aunque eso también es fundamental. Es esencial mantener la relación activa entre pareja, no ser ni muy vanidosa ni muy desaliñada, dedicarnos tiempo a nosotras mismas, terminar algunos de los proyectos que hemos comenzado, ser buenas amigas pero aprender a decir no de vez en cuando, en especial si de verdad no podemos acceder a cierto caprichos.

¿Será posible que la moderación no sea otra cosa que un producto de la inconformidad?

Las mujeres somos: o muy gordas o muy flacas, o muy bajitas o muy altas, o muy blancas o muy oscuras o muy verdes o muy amarillas. Tenemos el pelo o muy rizado o muy lacio, o muy oscuro o muy claro, o muy corto o muy largo, o muy grasiento o muy seco. Normalmente queremos cambiar de pareja o hacer que nuestra pareja cambie. Si estamos solteras añoramos estar en pareja, casada y con hijos, o si tenemos todo eso sentimos envidia por las solteras que pueden hacer lo que les venga en gana. Hasta que llegamos a los treinta años no soñamos con tener diez de más, pero sí actuar como tal. Después de los treinta todas deseamos tener (o como mínimo aparentar) diez años de menos. Si tenemos experiencia es porque ya hemos perdido la inocencia. Pero la inocencia no es tampoco el mejor de los atributos, pues con ella también viene la torpeza. Además, a la inocente ya después de cierta edad se le empieza a dar otro nombre; la problemática, la solterona, la tonta, que en realidad quiere decir la idota.

Todas las mujeres nos formamos una idea distorsionada de la belleza y sólo puede regir en aquella que no encontramos en nostras mismas, sino en las que tienen piernas tulliditas o largas infinitas, o las flacas desnutridas que desfilan por las pasarelas, las que son culonas o tetonas ,o ambas, culonas y tetonas. Debemos tener labios carnosos, ojos expresivos, pezones rosaditos y pequeñitos, un cutis formidable, muslos duros y lisos. Jamás encontramos el balance sino la inconformidad, o nos sentimos muy lindas o muy pero muy feas. En el bar debemos beber alcohol medidamente. Está bien que un hombre nos compre un trago, pero también hay que tener en cuenta cuándo nos toca pagar. No debemos entregarlo todo en una relación. Es necesario luchar por nuestros derechos, y a su vez evitar consumirnos por ello. Tenemos que conducir al máximo de lo que permite la ley, de lo contrario te llamarán Miss Daisy. Es esencial demostrar cualidades de aventurera, con límites para que no te tomen por irresponsable. Es decir, vivir con pasión pero sin obsesión, encontrar un balance o si parece más fácil, evitar la conformidad.

En conclusión, cuando escucho aquello de la moderación siempre pienso que ese concepto se ha inventado para evitar los extremos, pero que en sí es quimera imposible de realizar, y que la ecuanimidad no es otra cosa que la decadencia de tanto la pasión como el abandono a toda causa, pues si hay una equilibrista por ahí que todo lo tiene bajo control, que tire la primera piedra.

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