Satanasa

enero 5th, 2009 § 0 comments

Qué feo es cuando nos cae la menstruación y algún hombre nos dice con el tono más condescendiente, de la manera más descarada, desinformada e insolente, que hemos estado actuando algo loca en los últimos días y seguro se debía precisamente a eso, a la menstruación, a esos días del mes que ni nosotras mismas nos resistimos y que si la malicia fuera medida durante esa semana, estaríamos todas bajo llave. ¡Qué ganas da de caerles a trompones en ese mismo momento! Si ellos supieran que la menstruación se trata de eso, es la señal mensual, el recado de los dioses, la forma más acertada de no dejarnos olvidar que en ellos -los hombres- no podemos confiar del todo. Ahí te das cuenta de lo equivocados que están cuando tratan de adivinarnos, cuando tratan de medir nuestros dilemas, nuestros dolores. Y ni hablar de las que hemos dado a luz.

Me reí cantidad con una amiga el otro día cuando me contaba que amaba su regla, y que al ducharse la contemplaba bajar con el mayor de los deleites, y que ahí ella veía la verificación concreta de la fecundación. Para mí ver sangre derramada que ha de desembocar de mis entrañas, directo al hoyo de la bañadera, es la prueba más ineludible de ese poder femenino que somos, en todos los contextos, pues sólo a nosotras nos pasan esas cosas tan a menudo. Cada mes, cuando una siente irritabilidad, malestar generales, dolores de cabeza, depresión, y a los días llega esa sustancia sanguínea, esos retorcijones en la tripa, esos deseos de aniquilar cuanto se nos ponga en el camino, es a mi entender lo que nos diferencia, lo que nos hace más fuertes y nos prepara de la forma más potente y varonil ante las eventualidades de la vida.

La pérdida de flujo menstrual es también una pérdida emocional que habitualmente dura entre 5 y 7 días, y se repite todos los meses con una frecuencia que oscila entre los 28 y 32 días. O sea que no hay escapatoria, y como dice mi amiga, hay que amarla, pues gracias a esa divina hemorragia llegamos todos aquí. Pero para amarla hay que conocerla y a nuestros hombres hay que enseñarlos a entendernos, como se les enseñan otras cosas, como por ejemplo a complacernos en la cama, a dividir los quehaceres de la casa, a freír un huevo sin que se cocine del todo la yema, también hay que explicarles cómo funcionamos cuando llega la visita de Satanasa. Es importante que ellos se enteren de que somos de dos maneras. De una forma durante esos días previos a la regla y de otra, seguramente más adorables, cuando por fin nos liberamos de ella. Y que esa loca en la que nos convertimos varios días cada mes, es un desajuste que nos sucede a nosotras también, y no es voluntad propia, sino las hormonas. Hay que imaginarse que es como si alguien nos oprimiera un botoncito e inmediatamente nos pusiéramos histéricas, hasta el punto que nosotras mismas no nos aguantamos, y más bien nos sentimos atrapadas en un cuerpo inflamado, amarillo y sangriento.

Las cosas son como son, y sin la menstruación adiós a la fecundidad, a la reproducción, a las salas de maternidad. Así que cuando nos vean que estamos a punto de volvernos locas, trátennos con cariño, con amor, ofrézcannos una compresa tibia y un caldito de pollo, que esa Satanasa representa la matriz de todos los que faltan por nacer. Aunque para los hombres lo ideal sería que nos metiéramos en un escaparte con una caja de chocolates, lo mejor es educarlos, explicarles el funcionamiento y de antemano cómo nos pueden ayudar, y cuales son los requerimientos para una recuperación rápida de esta expulsión periódica por vía vaginal que tiene gran significado, pero devastadoras consecuencias. Claro que como todo en esta vida hay un precio y precisamente es eso lo que muchas dejamos pasar por alto. Guía, reconocimiento y premio. A cambio de toda esa comprensión hay que dejarlos desparramarse un poco, emborracharse con sus amigos, ir a jugar golf, comprarse el último cablecito de la Apple, como mismo hacemos nosotras cuando ellos se enferman y luego de haber sido enfermeras una semana entera, al curarse necesitamos un reconocimiento y no dudamos en premiarnos, ya sea con unas cremitas o con un jean que nos haga lucir las nalgas de una quinceañera.

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